Salen temprano de su casa y van con paso lento al parque. Le dan una vuelta –nada más una, porque ella se cansa– y luego regresan con la misma lentitud.

Él lee un libro. Para poder leerlo usa una lupa. Ella teje. En seguida él va al pequeño jardín de la casa. Riega las plantas y se agacha penosamente para arrancar una hierba mala que salió junto al rosal. Ella, mientras tanto, hace la comida: una sopita, un guisadito, los frijolitos, el arroz con leche que –dice– él no perdona.

Después de comer duermen la siesta. Luego, al despertar, toman el cafecito y juegan a las cartas. Conversan al terminar el juego: “¿Te acuerdas?”. No cenan ya. Ven las noticias en la tele y se van a dormir tras de rezar cada uno su oración.

Ambos abrigan un temor: que el otro muera. Ninguno de los dos sabría qué hacer solo. Pero no se comunican ese miedo porque ninguno quiere angustiar al otro.

Amanece un nuevo día, y atardece. Ellos atardecen también. Va cayendo la tarde. La vida va cayendo. Se irán ellos. Pero regresarán. Son eternos. Ellos son la vida.

¡Hasta mañana!...