El doctor Víctor S. Peña llegó puntual, como siempre, el pasado 24 de diciembre a nuestra cita anual de abrazos de navidades. Garboso, vestido de un impoluto negro y con la elegancia de sus mejores días, Peña Mancillas trae una barba hirsuta a medio crecer. No parece, es lo que aparenta: un intelectual venoso y en la mejor etapa de su vida. Amén de dilatarnos mucho tiempo en nuestra charla y almuerzo, el cual se prolongó casi hasta la tarde, al momento de repasar agenda de amigos y conocidos, lecturas, música ya escuchada, por supuesto el tema de la salud, la familia y un largo etcétera. Amén de ello, Víctor S. Peña me lo dijo así como si yo lo supiera: “Oye, maestro qué tremendo y terrible la muerte de María Luisa Alvarado”.

Me quedé mudo. Silencio. Luego, la nada. No podía digerir la noticia. No. No estaba enterado. S. Peña me dio la noticia, la infausta noticia ese día. Hoy, al momento de escribir estas torpes y mustias palabras, aún no lo puedo digerir. Murió hace apenas días. No me enteré de su partida y de las condiciones de su muerte. El doctor Peña Mancillas me dijo que por las redes sociales se había enterado que estaban solicitando sangre en donación para ella. Luego, se enteró de su partida. Vio y leyó palabras de despedida en su honor de varios amigos y compañeros de María Luisa, entre ellos Lucía Sánchez y el hombre de teatro y radio, Víctor Antero Flores. Prófugo de las redes sociales a las cuales no pertenezco ni quiero jamás habitar, días después y en voz de Peña, me entero de la muerte de mi amiga y hermana. Una tragedia.

Todo mundo le decía “Lichis”. Nunca me han gustado los diminutivos o apodos de cariño; así sean de cariño. Para mí siempre fue María Luisa Alvarado. Nombre bello, fuerte, completo y potente. Así le decía siempre, por su nombre completo. Era mi amiga y hermana. Lo sigue siendo hoy. Lo va a seguir siendo. Con alguna frecuencia me invitaba a comer a su casa en compañía de su compañero de vida y andanzas, el “Güero Alonso”, rockero de cepa y linaje escogido. También, con cierta frecuencia y debido a los compromisos de ellos, íbamos a algún restaurante a merendar. Con ellos, realicé algún par de viajes a esa zona arbolada de Monterreal donde el clima es bello y la temperatura siempre fresca. Hoy atesoro dichas anécdotas en mi memoria por su recuerdo.

En este generoso espacio de VANGUARDIA, una y otra vez le he dicho (me he quejado, realmente) de que lo realmente importante no es la política y su miserable condición con la cual se practica en México y en Coahuila. La política en mi caso, le ha ganado terreno a mis letras en cuestiones más importantes como la cultura, la reseña de libros y exposiciones, el comentar aquí las novedades musicales importantes y claro, hablar siempre de aniversarios y festejos de verdad insoslayables. Eventos que hacen de nuestra vida un mejor estado de existencia a éste patético y actual que no pocas veces nos mutila, nos castra en vida misma al robarnos la sorpresa, la cultura, el gusto, las apetencias, el asombro.

ESQUINA-BAJAN

María Luisa Alvarado escribió por un buen tiempo en las páginas de este diario. Fue una de sus reporteras más sagaces y de buenas letras. Claro, en las páginas de sociedad y cultura. Ya luego, realizó una fructífera carrera en el área de comunicación social en el Instituto Coahuilense de Cultura donde fue un puntal en varios lustros de trabajo. Al irme yo a vivir por años a la ciudad de Monterrey y a México, nos veíamos esporádicamente, pero con la amistad acerada intacta. Al regresar este escritor un poco más de tiempo completo a esta ciudad de Saltillo, retomamos nuestras charlas, pero ella en ocasiones tenía ritmos de trabajo muy pesados y fue cada vez más difícil vernos con tiempo y holgura.

Agregue usted eso de las llamadas redes sociales y pues el panorama desolador está completo. Hablé con ella por teléfono por un dato que ella me solicitó. Nos saludamos como siempre y quedamos de vernos a la brevedad posible para actualizarnos en todos sentidos. Luego y días después de su llamada, me mandó y le mandé mensajes cortos SMS (la prehistoria, pues, pero son los únicos que salen de mi celular de museo) puntualizando los datos que me había solicitado, fue todo. Conforme avanzó el calendario, una y otra vez pensaba en la inminente reunión con ella y acoplarme a su agenda. No fue posible y hoy, me entero de su muerte. Una tragedia. Los amigos se cuentan con los dedos de una mano (y sobran dedos, no pocas veces) y lo que no tenemos nosotros, siempre lo encontramos en la amistad y mano tendida de un amigo. María Luisa Alvarado era mi amiga. Lo sigue siendo. Me ha dolido sobremanera su partida. Me ha dolido en esa región –de existir– llamada alma. ¿Ir a visitarla al panteón? Jamás.

Soy de la idea del poeta José Emilio Pacheco de “acabar con los panteones y su intolerable perpetuación del olvido”. Por lo demás, no voy a los cementerios. Aunque aquí en México, el culto a los muertos es parte de nuestra vida misma. Paradójicamente. Pero, yo no voy jamás a un cementerio. Muy a mi pesar tal vez vaya cuando me muera. Prefiero ser cenizas. Cenizas arrojadas al aire y vagar libre en el mundo. Sin ataduras ni tiempo de por medio. Así era María Luisa Alvarado, libre como el viento y uno de los mejores seres humanos que he conocido en mi vida. De hecho, se fue joven ella. Muy joven. Vivió su vida a plenitud y eso es el mejor recuerdo de ella: viva y libre, no la lápida fría y una cruz de metal en el cementerio del olvido.

LETRAS MINÚSCULAS

Descansa buena y gran amiga… descansa María Luisa Alvarado.