Consumo y ahorro son dos valores en tensión.

Es buen proyecto fomentar el consumo de lo nacional contra los gastos que privilegian lo extranjero. Pero es también buen propósito el fomento del ahorro para cancelar futuros endeudamientos evitables.

Los abaratamientos del Buen Fin, con los plazos sin intereses, son atractiva tentación para el consumidor ingenuo. Busca “tener lo que se debe aunque se deba lo que se tiene”. “Goce ahora y pague después”, le dice su subconsciente. Eso lleva al tarjeteo fácil. Al desembolso compulsivo. A buscar lo superfluo.

Los ingresos de la economía familiar son usualmente exiguos, insuficientes. Muchos se acostumbran a vivir de prestado y a deber todo lo que se disfruta. Después, en tiempo de urgencias, se suman los empeños y los préstamos que hacen un agujero para tapar otro. Lo que podía ahorrarse se gasta en esa pantalla grande para entretenimiento de toda la familia.

No tienen buen fin los aguinaldos adelantados, la quincena recién llegada si no se aparta algo para hacer crecer el “guardadito” o la cuenta bancaria de ahorro. Es acertado que los bancos hagan ofertas también a los ahorradores. A unos ya se les ocurrió el ahorro automático en cada compra. Las empresas de las marcas que se escogen al comprar hacen un depósito mensual para sorpresa del cuenta-habiente.

La solvencia familiar es resultado del trabajo bien remunerado, unido a una inteligente distribución de los egresos. Se encuentran esposos que, al recibir sus remuneraciones laborales, se van a los sobres ya rotulados para introducir en ellos billetes con destino preestablecido. Ahorro, Renta, Comestibles, Combustibles, Abonos, Repuestos, Salud, Recreación, son algunas de las etiquetas en los sobres de la distribución.

En lo nacional, el ahorro es el resultado del combate a la corrupción, la austeridad que renuncia a lujos y superfluidades, las entregas sin intermediarios y los presupuestos ajustados. Se suprime así el endeudamiento externo y el alza de impuestos. Se trata de sanear las compras reduciéndolas a las convenientes e indispensables.

El tiempo de ofertas no es precisamente un agujero negro que todo lo devore, pero si realiza una succión a carteras, portamonedas, tarjetas y cuentas bancarias para acrecentar el tener de todos los gastadores que quieren estrenar, renovar y remodelar, echar fuera lo viejo y sentir el regocijo de la mejoría.

Se supone que todo lo que entra empuja algo hacia fuera, por venta, por donación o por desecho. Puede ser el Buen Fin de los más despojados. No van a una tienda, pero tienen oportunidades de recibir gratuitamente o adquirir lo que buscan con precio a su alcance. El acaparamiento es el resultado de comprar sin desprenderse.

El equilibrio administrativo no es cosa sólo de empresas. Todos los hogares requieren una capacitación para no cometer errores de despilfarro o de carencias por falta de información. La virtud de la moderación es un tipo de justicia porque puede dar a cada cosa sólo la importancia que le corresponde. Ni tacaño ni manirroto. Ni usar confeti como papel higiénico ni echar la casa por la ventana. Que el Buen Fin no sea el fin de todo lo bueno que podría tener mejor destino...