Las mentiras y la desconfianza son, sin duda alguna, dos de las causales más abonan al abstencionismo. Son las que han llevado a que la gente pierda interés en la participación política y a que la política sea considerada como lo más despreciable que existe en este País. También han provocado un hartazgo que conduce a la gente a tal estado de coraje o de desesperanza que catapulta al poder a individuos que no tienen ni una pizca de estadistas, para mal y daño de los gobernados. El engaño le ha servido a tiros y troyanos para arruinarle la vida a millones de personas, no sólo en política. También se valen del mismo las compañías, me vienen a la mente las tabacaleras, que en el pasado mintieron para desprestigiar las investigaciones médicas que vinculaban el cigarrillo con el cáncer. O las encuestas que se inventan los cínicos para engatusar a la ciudadanía –vuelvo a la política– para impulsar sus obsesiones enfermizas en nombre del bienestar para el País. Y esto no es nuevo. En todos los tiempos los políticos sin escrúpulos prometen el oro y el moro para ganar elecciones, aunque sepan de antemano que no es factible cumplir lo prometido. En esto se llevan las palmas los partidos populistas, de izquierda o de derecha, cuyos programas se hacen en función de lo que los electores quieren oír. Un programa populista “exitoso” contiene un 50 por ciento de mentiras programáticas del gusto del respetable, y el otro 50 por ciento restante atiborrado de sapos y culebras (descalificaciones) en contra del adversario para que se genere animadversión por aquel. Y también mienten las instituciones, ocultando errores o distorsionando información, haciéndola tan confusa que resulte una verdadera odisea tratar de despejarla, verbi gratia, las cifras que se ventilan hoy día en seguridad o sobre las finanzas y el desarrollo económico del País.

Se acercan elecciones en Coahuila, elecciones para elegir diputados locales. La fecha fijada es el domingo 7 de junio, es decir, dentro de cuatro meses. Pronto nos veremos inundados por las campañas, los candidatos, la propaganda con las propuestas. Al ciudadano le toca analizar todo esto y decidir a quién le va a pagar el sueldo por los próximos 3 años, que es lo que dura el periodo en el Congreso local. Yo lo invito a que llegado el momento se centre usted en averiguar de verdad quienes son los suspirantes y lo que han hecho para aspirar a ser sus representantes. Será más fácil elegir con este parámetro, vaya a las personas, a su hoja de vida. Tómese el tiempo también para conocer las propuestas, es importante porque serán el instrumento para calificar la actuación del que llegue a una curul y lo número uno para la rendición de cuentas, que está usted en todo su derecho de exigir. Ya no sea espectador, conviértase en protagonista. Vuélvase implacable en su selección.

La mentira en la política se ha aposentado como un mal inevitable, por eso reconocerla y exhibirla debiera ser parte de las tareas cívicas de los gobernados. No esperemos que los mentirosos reconozcan su perjuicio y confiesen, por eso tiene que permear en la idiosincrasia de los gobernados, hurgar, reclamar información y exigir transparencia. Se trata de un ejercicio que sanea a las instituciones de gobierno. ¿No está usted hasta la ídem de tanta oscuridad? El político, como decía, Hannah Arendt: “es un actor por naturaleza, dice lo que no es porque quiere que las cosas sean distintas de lo que son”. Las mentiras ya son impunes en nuestra tierra porque la gente calla cuando le mienten y no se va como fiera contra los mentirosos. El Estado ha crecido, y no para de crecer frente a los gobernados, y éstos cada día se van volviendo más pequeñitos e insignificantes.

Un sistema corrupto tiene a la mentira como su principal aliada. ¿Qué no? Se dice que los impuestos son importantes para invertirlos en mejorar la vida de los habitantes, pero resulta que van a parar a cuentas bancarias o inversiones inmobiliarias de quienes están en el poder, y luego se declara con el mayor desplante que no se roba; se ubican a parientes y/o amigotes en cargos públicos, aunque no sepan ni hacer un café; se miente en la cuenta pública, se informa lo que se quiere o como se quiere valiéndose de medios de comunicación sometidos con dinero público, etc. Y no se castiga a nadie. Incluso demandan a los que se atreven a restregarles sus raterías en la cara.

“El político debe ser perspicaz, inteligente, perceptivo, estratega, hábil e ingenioso”, como apunta el escritor suizo Hans Küng, pero no un traidor, no un canalla con quienes lo llevan al cargo público y le pagan el sueldo. Y esto último lo digo yo.