Hay un cuento maravilloso de Julio Cortázar en su libro “Final del juego” titulado “No se culpe a nadie”, es la historia de un hombre que lo complica el frío y que no tiene otro remedio: “…hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando”. El cuento trata de las vicisitudes del personaje principal para ponerse un suéter en una mañana cualquiera, lo que parece ser una rutina se convierte en un relato de poco más de una cuartilla de manos entrelazadas, calores sofocantes, mangas que se atoran en la garganta, y desesperación comprensible: “Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver, lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga”. El final es trágico, (spoiler alert) en el cuarto donde se desarrolla la historia hay una ventana, el pulóver termina derrotando al hombre “…para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos”. Simplemente No se culpe a nadie.

¿Por qué hablo de este cuento? Porque me parece la metáfora perfecta de lo que sucedió en Estados Unidos el martes por la noche, lo que parecía una votación de rutina, un trámite de otoño (por lo menos así nos lo hicieron pensar los pronosticadores) se convirtió en una pesadilla incomprensible. No hay nadie a quien culpar, los americanos se asfixiaron solos, de pronto se vieron sofocados por 60 millones de vecinos que creyeron en un fascista, se enredaron en racismo, en miedo, en violaciones a derechos humanos, en desprecio a la mujer, en ilegalidades, y tendrán el mismo desenlace que el hombre del pulóver, será como lo llamó el escritor británico John Carlin  “la caída de un imperio”.

Insisto, no se culpe a nadie más que a los americanos.