La palabra es un instrumento que puede producir concierto o estridencia.

Puede sonar con desafinación o con armonía. Puede convertirse en chirrido insoportable o en tesitura que genera serenidad y fascinación.

Tiene la palabra los caminos de sonido y de escritura. La lectura predominante hoy no es de página sino de pantalla, no de párrafos sino de frases. Se escribe en chateo de WhatsApp, en twitteo o en mensajería recíproca. No tanto ya en correo electrónico o en el olvidado fax. Llena la palabra páginas grandotas de diarios y hojeables de revistas. Ya hay libros electrónicos de bibliotecas ambulantes que caben en un teléfono multiusos, pero aún se ojean, en diagonal y consultando índices, los libros editados en papel.

Mensaje y twit, de estructura breve, se contaminan fácilmente de un estilo pedestre, vulgar, impulsivo y ofensivo, irónico y cáustico.

La palabra se grita, se habla y se canta. Se dan ámbitos y niveles de privacidad en comunicaciones de amistad o de noviazgo y alianza esponsal, en grupo familiar o de compañerismo. En la Academia sigue resonando, entre medios audiovisuales, la palabra del conductor, coordinador, motivador que informa, capacita y orienta. Las transmisiones radiofónicas son captadas por los automovilistas. Buscan cantos, noticias, chismes y dimes y diretes de aquí y de allá. Hay palabra pública en manifestaciones, conferencias, entrevistas, y en ese sonsonete interminable publicitario que salpica la impaciencia de los oyentes.

La televisión acerca la palabra lejana y la lleva no sólo a la sala sino hasta la cocina. Por los canales llega toda la verborrea mundial. Sólo el televidente que sabe discernir y seleccionar se libra de la adicción obsesiva a la palabra acompañada de imagen.

Se esparce sin moderación el uso de la palabra no respetuosa ni amigable. Es una corriente sana la crítica que señala lo que se puede mejorar por todos los caminos posibles. Pero se establece por las redes sociales una competencia a ver quién mete la mejor zancadilla. El que logra la ridiculización más chocante, el que exhibe mejor lo pésimo. Hay fuego cruzado de descalificaciones suponiendo cada quien, en su adversario, las peores intenciones y las mayores perversidades estableciendo además una generalización totalmente injusta.

Se requiere aquella recordada pedagogía de la comprensión que recomendaba Schokel para evitar la deshumanización de la comunicación. Cuando no hay actitud de respeto recíproco dentro de las diferencias, las oposiciones y las separaciones se cancela la comprensión.

Quedan sólo las señaladas actitudes de un dogmatismo sin autoridad divina que siempre quiere decir la última palabra. O se cae en la actitud polémica que ve en todo interlocutor un adversario.

No es difícil tropezar con la actitud dilemática que todo lo reduce al simplismo del sí o no, blanco o negro, todo o nada. O en la apologética que siempre está en posición defensiva aunque no reciba ataques, tomándolo todo como alusión personal.

De vez en cuando surge, como un destello milagroso, la actitud dialógica de la verdadera comunicación. La que sabe escuchar sin estar sólo esperando el momento de insistir. La que se deja invadir por el pensamiento del interlocutor para ver la realidad con sus ojos. La que no busca etiquetamientos y títulos para motejar y logra captar lo valioso y lo aceptable de su contradictor y puede decir, sin fingimiento: “En eso tienes razón, gracias por tu aportación”...