“Acúsome, padre, de que tengo relaciones de carnalidad con el cura de la parroquia vecina”. Eso le confesó Taisia, atractiva mujer, al padre Leovigildo, joven sacerdote. “Pecado gravísimo es el tuyo –sentenció el confesor–, culpa enorme de la cual no puedo absolverte. ¿Cómo es posible que hagas eso con el párroco vecino? ¡Ésta es tu parroquia, desdichada!”… Don Algón, el gerente de la compañía, le recriminó con acritud a Astatrasio Garrajarra, empleado: “Viene usted medio borracho”. El temulento se justificó: “Es que gano poco; si así no fuera vendría ebrio completo”… El Lic. Ántropo, abogado de don Hamponio, el narco de la esquina, lo visitó en su casa. “Le tengo dos noticias: una buena y una mala. ¿Cuál quiere primero?”. Don Hamponio puso la cara que ponía Edward G. Robinson en “Little Caesar” (1930) y respondió con determinación: “La mala”. Le dijo el abogado: “Antes de que estrangulara usted a Caramuela él alcanzó a darle un navajazo. En la escena del crimen el forense halló rastros de su sangre y la analizó. La policía lo tiene ya identificado, y en cuestión de horas lo detendrá. No hay escapatoria posible. El fiscal pedirá para usted la pena de muerte, y seguramente el jurado lo condenará. Está usted perdido”. Don Hampnio, que en el curso del relato había cambiado su expresión, de fiereza a miedo pánico, preguntó tembloroso: “Y la buena noticia ¿cuál es?”. El Lic. Ántropo le informó: “No tiene usted triglicéridos ni colesterol”… El lunes, primer día de la semana laboral, es propicio a los pensamientos pesimistas. Hoy muy temprano vino a mi mente uno: el empecinado virus que nos ha agobiado no se irá. Seguirá estando aquí, entre nosotros, como amenaza permanente. Y lo mismo sucederá en el mundo entero. De seguro se hallará una vacuna para prevenir el mal, como sucedió con otras enfermedades que apenas hace unos años eran letales, como la poliomielitis, pero aun así el peligro estará latente. Se nos olvidará el susto inicial, y al paso de los meses volveremos a la rutina cotidiana, pero el coronavirus seguirá cobrando víctimas, aunque ya no se contabilicen. Viviremos como si estuviéramos jugando a la ruleta rusa. Así las cosas, quienes creen en Dios pónganse en sus manos desde ahora, y los que no creen en él fíense al destino, ese otro dios… Una joven esposa le contó a su amiga: “El sábado por la noche mi esposo y yo estábamos indecisos. No sabíamos si ir a cenar fuera o quedarnos en la casa a tomar unas copas de tinto y luego hacer el amor. Acordamos dejar eso a la suerte. Echaríamos una moneda al aire: si salía águila iríamos a cenar en restorán; si salía sello nos quedaríamos a hacer el amor. Salió sello, pero tuvimos que arrojar la moneda cinco veces”… Don Poseidón, granjero acomodado, concedió al joven Leovigildo la mano de Glafira, su hija. Al hacerle le pidió con acento suplicante al novio: “Le encargo mucho a Glafirita. Es sumamente delicada y frágil; una rosita de pitiminí, una figurita de Tanagra, un bibelot que se puede quebrar con el mero roce de una leve brisa”. “¡Uh, señor!” –respondió el galancete. ¡No sabe usted lo que aguanta a la hora de la verdad!”… Don Chinguetas y doña Macalota fueron a pasar unos días de vacaciones. La primera noche ella se puso un vaporoso negligé y se presentó ante su marido en actitud provocativa y voluptuosa. “¡Ah no! –protestó él, que veía en la cama la televisión. ¡Estoy de vacaciones!”… Era tiempo de elecciones, y la autoridad electoral escogió por sorteo a los ciudadanos que se encargarían de las casillas. Una señora le comentó a su amiga: “A mi esposo lo insacularon”. “¡Qué barbaridad! –se consternó la amiga. ¿Y ya puso la denuncia?”… FIN.

Catón

Columna: De política y cosas peores