Cuando mi novia desapareció yo fui el primero a quien interrogó la policía. Me tuvieron detenido 14 horas, y cuatro agentes se turnaron para hacerme preguntas. Uno llegó a decirme: “¿Por qué la mataste?”. Otro me amenazó: “Di dónde está, porque si no te va a ir peor”. Yo era el principal sospechoso. De no haber llegado mi papá con un licenciado no sé qué habría sucedido. Quizá me habrían torturado. Pienso que al final se convencieron de que no sabía nada. Lo mismo le dije a su familia: “No sé dónde está, se los juro”. Ellos también me creyeron. De esto hace ya dos años y no la han encontrado, claro. Al principio pensaron que alguna banda la había secuestrado, y que les pedirían un rescate. Luego, cuando eso no sucedió, la prensa especuló que de seguro había sido víctima de un asesino, posiblemente un psicópata sexual, que luego de abusar de ella y darle muerte habría hecho desaparecer su cuerpo. Todas esas teorías estaban equivocadas. Yo sé cómo desapareció, y por qué. Más importante aún: sé dónde está. Pero no lo voy a decir, por dos razones. La primera: me tildarán de loco. La segunda: muy pronto me voy a reunir con ella, y nadie debe saber dónde estaremos. También yo voy a desaparecer. Iré a su lado, y seremos felices en ese sitio maravilloso donde ella está ahora y a donde yo también quiero ir. Dime una cosa: ¿tienes iPad? Te lo pregunto porque ahí está la explicación de todo. Ella se la pasaba todo el tiempo con su iPad. Con él jugaba; en él oía música y veía películas; lo usaba para comunicarse con sus amigas y conmigo. La tableta era como una parte de su cuerpo, una extensión de su mente. Hablaba a través de ella; pensaba gracias a ella. A mí me sucedía igual. También yo dependía de mi iPad para todo. Un día nos hallábamos en el café al que solíamos ir algunas tardes. Estábamos chateando. No me lo vas a creer, pero en vez de hablar el uno con el otro conversábamos a través de las tabletas. Cara a cara no podíamos comunicarnos. Teníamos que hacerlo por medio de mensajes. Y otra cosa te diré que te parecerá increíble, y que seguramente te hará reír: nunca nos tocábamos. Nuestro modo de acariciarnos, de besarnos, consistía en juntar nuestras tabletas. Las rozábamos una con la otra. Esa era nuestra máxima expresión de amor. Fue esa tarde cuando ella desapareció. Yo la vi desaparecer. De pronto empezó a diluirse, como si se derritiera, y su iPad la absorbió. Eso, extrañamente, no fue motivo de sorpresa para mí. Menos aún me asustó. Lo vi como cosa natural; como algo que debía suceder. Nadie se dio cuenta de su desaparición. Salí llevándome su iPad. Es decir llevándola conmigo. Ahora nadie sabe dónde está. Yo sí lo sé. Cada día la veo. Hablamos por medio de mensajes, como antes; nos acariciamos, como antes, con nuestras tabletas. Me preguntas si me duele su ausencia. ¿Cuál ausencia? Está aquí, conmigo. Su presencia es ahora más presente. Antes me parecía un fantasma. Ahora que vive dentro de su iPad es real;  tiene existencia verdadera. Pronto me encontraré con ella. Siento que mi tableta me está llamando; cualquier día me absorberá para llevarme allá donde las cosas y los seres son reales, no como aquí, en que todo es apariencia, fantasía, ficción. No te entristezcas, sin embargo, por estar en este mundo donde nada es cierto. Un día las tabletas acabarán por absorbernos a todos, y nos conducirán a esa realidad que llamamos “virtual”, pero que es la única realidad verdadera. Ahí te espero… FIN.