Es un hecho casi científico que los gadgets portátiles, adminículos electrónicos, teléfonos móviles y otros enseres “inteligentes” debilitan nuestra memoria.

Es decir, los cacharros son inofensivos per se, pero nuestra dependencia hacia estos sí ha mermado algunas de nuestras habilidades cognitivas de las que antes hasta alarde hacíamos.

Verbi gratia, yo solía recitar de memoria el elenco de todas las series de televisión de antaño, incluso de aquellas que no me gustaban.

Hoy en cambio, no he memorizado un sólo nombre nuevo desde “Friends” y ya todo el reparto está entrando en la tercera edad.

Y es que es portentoso tener cualquier base de datos, en cualquier campo o disciplina, en la palma de la mano, sí, pero en la misma proporción va ello en detrimento de nuestras facultades más ancestrales y… y… (*consulta un sinónimo en wordreference.com)… y básicas.

La cantidad de memoria, capacidad y datos de los que disponemos en nuestros equipos es directamente proporcional a la que dejamos de utilizar y se nos atrofia de ojos pa’dentro.

Mientras más inteligente es el teléfono, más pendejo es uno. Y no lo digo como una queja, sólo consigno un hecho duro, que por estas cosas sólo los más viejitos plañen y ellos, como sabemos, se quejan hasta porque el pan de ayer no está suficientemente duro.

La gente ordinaria, por supuesto –como usted y como yo– es la que ha venido experimentando este menoscabo intelectual, porque la gente que manda, la gente importante, la gente pudiente, jamás se ha tenido que preocupar por recordar minucias o insignificancias.

Los de la clase más sácalepunta no tuvieron que esperar a que se inventaran los teléfonos inteligentes, porque desde siempre le han pagado a alguien para recordar por ellos las cosas más engorrosas, como los números de teléfono, los compromisos, las fechas importantes, el nombre de sus hijos, etcétera; para que así ellos puedan dedicar sus neuronas a asuntos cruciales como disfrutar la vida, comprar en tiendas exclusivas, seducir mujeres, mejorar su golf o respirar.

Llámese secretario particular, achichincle, Sócrates, gato del gato, desde tiempos inmemoriales, algún subalterno mal pagado y peor apreciado se ha encargado de la agenda del señor, por lo que, en el transcurso de varias generaciones la capacidad de retención de la clase acomodada ha disminuido hasta casi igualar a la de la pescadita Dory.

Así que la próxima vez que sienta que un ricachón está faltando a su palabra, muéstrele un poco de compasión y empatía, ya que no es que se esté haciendo maje, sino que es el triste resultado de una involución transgeneracional.

Es por ello que al legislador coahuilense y presidente de la Comisión de Energía del Senado de la República, nuestro Thomas Wayne agropecuario, Armando Guadiana, tenemos que hacerle varios recordatorios.

Primero. Que si al día de hoy ocupa una curul en la Cámara Alta, no es porque sea una máquina de cosechar votos, sino que llegó allí gracias a la inercia del tsunami lopezobradorista.

Segundo. Que si el grueso del electorado votó por AMLO –no tanto por el Senador–, quizás a ese mismo electorado le gustaría ver cumplidas algunas de las promesas hechas por el hoy Presidente y una de éstas, especialmente concerniente a la entidad que Guadiana representa, era el no autorizar la explotación de gas shale mediante la fracturación hidráulica, alias “el fucking”… o que diga, “el fracking”, sólo porque la evidencia apunta a que es una actividad tremendamente perniciosa para el medio ambiente.

Tercero. Los efectos que ha tenido la fracturación hidráulica en otras latitudes son la razón por la cual es una actividad vetada en muchos países, principalmente en aquellos donde no les gusta lavarse los dientes con un chorro de lumbre saliendo del grifo, porque está demostrado que es perjudicial para el esmalte de los dientes.

No estaría tampoco de más recordarle al Senador que es un hombre rico y que va a seguir siendo rico toda su putrillonaria existencia. Negocios más, negocios menos, es muy improbable que lo veamos comprando en las ofertas de carne para asar o llenando sus números del melate (pero si compra capaz que se lo saca el muy).

El caso es que no hay negocio que justifique traicionar así a un pueblo reiteradamente traicionado como es el de Coahuila. No hay ganancia que valga el envenenar su escasa agua, no hay dinero que pague el ecocidio que significa el fracking.

Por favor, recapacite y alinéese con la postura de la plataforma política de la campaña, que fue la oferta por la que se votó.

Se lo digo de buena fe, en atención a ese mal que aqueja a los de su privilegiada condición, una crónica deficiencia retentiva; consciente de que usted es tan sólo un pobre hombre rico sin memoria.

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