Se quiere presumir que el populismo es alternativa al neoliberalismo. En esto hay una flagrante confusión. Hay quienes, desde el (neo)liberalismo, acusan a las propuestas económicas que favorecen el crecimiento a partir de la inversión y la regulación pública, de ser populistas. Y hay quienes desde propuestas alternativas de política económica sostienen que el populismo se justifica precisamente porque busca crecimiento y distribución con un rol importante del Estado en el proceso. Eso no es populismo, eso es propuesta alternativa de política económica en competencia democrática.

El populismo es un fenómeno enteramente político. Consiste en hacer un llamado al pueblo para defenestrar otras opciones políticas; todas las que no compartan su ideario, y quedar al frente de la conducción del Estado sin rivales incómodos que puedan ser vistos favorablemente por la ciudadanía. El populismo, una vez en el poder, se apoya en movimientos de masas que siguen al líder que los convoca, un personaje mesiánico, que los convence de satanizar toda alternativa política que se le oponga. En este aspecto se aproxima al totalitarismo. Sin duda, pretende justificarse por las condiciones inaceptables, económicas o sociales, y el cierre de canales para manifestar y hacer valer la inconformidad con la cerrazón de las élites. En este punto se produce una bifurcación. Mientras que en democracias maduras es posible reabrir estos canales por vía de las instituciones democráticas, en sistemas precarios, pobremente equipados y con ciudadanos de baja cultura democrática, el providencialismo de líderes mesiánicos aprovecha la oportunidad.

Cuando logra instalarse en el poder, lo concentra, elimina los pesos y contrapesos y hace un acto de magia: convence a las masas que el poder les pertenece dado que encarna en la persona del mesías. En realidad con esto quita a la sociedad el control del poder. La economía es también tomada por asalto. Más allá de regular mercados para evitar monopolios y estancos que encarecen y empobrecen, reparte ilusiones que al principio se satisfacen hasta que esta política se vuelve insostenible. Venezuela Bolivariana es un caso extremo, con todos sus mercados desquiciados, con escasez e inflación, elevación de los tipos de cambio, mercado negro de divisas. Los más afectados son los "dueños" del poder, o sea, las masas, mientras que el líder y sus acompañantes son sorprendidos con millonarias cuentas en el extranjero. Eventualmente, cuando no resistan más, se darán a la huida si no son detenidos y enjuiciados. Así, en vez de haber modificado los pactos políticos para mejorar el salario, el empleo y en general las condiciones sociales de la mayoría, el resultado son desastres que recaen sobre los hombros de generaciones que tarde o temprano tendrán que darse a la tarea de reconstruir su país, y que lo harán en peores condiciones que en el punto de partida.

La denuncia de la democracia como "formal" y no "sustantiva" es un tic crónico y un error epistemológico con consecuencias trágicas cuando se lleva a la política. Esa denuncia es común desde el populismo y las izquierdas que lo acompañan. No hay nada de formal en las instituciones de la democracia contemporánea. Por más deficiente que sean muchos aspectos del funcionamiento de las instituciones, las luchas continuas por su captura desde diversos grupos que las quieren para sí, las formas de control del poder (como la división de poderes), son aspectos sustantivos que desarrollados favorablemente empoderan a la ciudadanía. Lamentablemente las estructuras democráticas están inmersas en jaloneos polarizados que deben sustituirse por consensos civilizados en el marco de la discusión política para el empoderamiento de los ciudadanos.

Twitter: @pacovaldesu