Foto: Cuartoscuro
Se asegura que la campaña oficial seguirá en picada mientras Meade no rompa con el presidente y se convierta en un abanderado sólido que deje de ser una extensión del sistema

Hasta este momento no se avizora un cambio de candidato. Está claro que el PRI apostará a lo que sabe hacer desde que nació como partido: robar elecciones. Y todo indica que tienen preparado un megaoperativo electoral para el próximo 1 de julio, el día decisivo.

El principal problema de Meade –dicen los políticos consultados –es que no ha marcado distancia con respecto del presidente Enrique Peña Nieto, cuya imagen como mandatario –desgastada, cuestionada y mancillada por los escándalos de corrupción y desgobierno –en nada ayuda al abanderado del PRI, por el contrario, es una sombra que opaca todavía más al descolorido candidato oficial.

Meade necesita romper con Peña, sacudirse el lastre sexenal y endurecer su discurso con respecto a los temas que más le duelen al país: la inseguridad, el narcotráfico, la corrupción institucional y la maltrecha economía que no termina de equilibrarse.

Lo que pasa con el candidato del PRI es que él es parte de este sistema, fue uno de los principales impulsores de las reformas y sería demasiado evidente ante los ojos de la sociedad que el propio Meade se negara así  mismo y con ello toda su contribución como parte del equipo cercano de Peña Nieto.

El fracaso de Enrique Peña Nieto como presidente es al mismo tiempo el fracaso de José Antonio Meade: carga a cuestas los resultados negativos de un gobierno que no supo sacar al país de la inequidad, del desorden, de la corrupción, de la violencia del narcotráfico. Es claro que durante el gobierno de Peña los cárteles tuvieron un claro repunte. Es el caso, por ejemplo, del cártel de Jalisco Nueva Generación, la organización que encabeza Nemesio Oceguera y que ya controla quince estados del país, entre otros, el Estado de México, donde gobierna Alfredo del Mazo, primo del presidente.

No le hemos escuchado un discurso claro a José Antonio Meade para enfrentar al crimen organizado, ni una sola tesis puntual sobre el tema, ni siquiera una receta sobre cómo apagar la exacerbada violencia que atenaza al país desde hace varios años.

José Antonio Meade es el candidato de los discursos cortos, casi lacónicos, el que responde a López Obrador que está equivocado con su Constitución Moral, el que dice que sólo él sabe como detonar los empleos y robustecer la economía, pero sus planteamientos parecen exposiciones de estudiante de preparatoria: sin profundidad, sin énfasis, sin alma, sin tocar las fibras sociales, las células que más le duelen a la sociedad y que al tocarlas haría que todo un pueblo se entusiasmara con las propuestas. Eso no ocurre.

Meade no parece un candidato comprometido con las causas sociales, al menos no lo transmite, no lo sabe transmitir porque su candidatura está vacía de proyecto, despojada de un discurso que sume a las masas. Lo único que Meade puede garantizar es la continuidad de un proyecto sexenal que se empeña en defender y con el que se niega a romper porque él representa los intereses de esa ultraderecha racalcitrante, representa los intereses de los poderosos que, por años, han saqueado la riqueza del país hasta el límite del hartazgo.

De ahí que el candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador, lleve una ventaja que parece inalcanzable, pues el tabasqueño no tiene empacho en cuestionar al poder y gritarle a la cara a Peña Nieto “que es un corrupto y que su gobierno ha llevado al país al despeñadero”.

Una realidad es insoslayable: el PRI y su abanderado no tienen los argumentos para ganar la elección. Ha sido mucho el costo político que se ha pagado en este sexenio. La sociedad está verdaderamente lastimada ante la falta de resultados en los temas centrales –economía, seguridad y empleo –, y aunque se diga en el discurso que todo va bien en los hechos ese bienestar que se pregona y que se mira desde las cúpulas no se refleja en la realidad. La mentira oficial permea por todas partes.

Y sigue lloviendo sobre mojado. Ahora Rosario Robles, extitular de las Secretarías de Desarrollo Social (Sedesol) y de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu) es blanco de un escándalo por el presunto desvío de recursos públicos por la vía de lo ya conocido: las empresas fantasmas, el esquema sexenal de saqueo.

 

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De acuerdo con las observaciones de la Secretaría de la Función Pública (SFP), la exjefa de Gobierno de la capital del país, al parecer, habría incurrido en las mismas prácticas que tienen en la cárcel a Javier Duarte y Roberto Borge, exgobernadores de Veracruz y Quintana Roo, respectivamente, y que mantienen prófugo, también, a César Duarte, exgobernador de Chihuahua, uno de los estados donde mejor de acreditó el desfalco con fines electorales.

Todos ellos –según las acusaciones de la PGR –desviaron dinero público presuntamente para las campañas del PRI y para sus cuentas personales, a través de sus testaferros. Ahora la ASF sostiene que lo mismo se hizo en Sedesol y Sedatu e implican a Rosario Robles, aunque llega lo niega y asegura que nada tuvo que ver con esas presuntas malversaciones.

Y lo dijo en forma categórica: “Desmiento el hecho de que a mí se me acredite, a ´mí, Rosario Robles, un esquema de triangulación de recursos que es absolutamente falso”.

Esto lo dijo cuando arribó a la delegación de la Procuraduría General de la República, donde esperó por lapso de veinte minutos a los abogados del periódico Reforma, donde se publicó la información sobre esos probables desvíos.

Los señalamientos contra Robles, de resultar ciertos, reviven aquellos tiempos cuando ella terminó enredada en la presunta corrupción que al interior del gobierno del Distrito Federal –que ella encabezaba — tejió el empresario de origen argentino Carlos Ahumada.

Por ahora y quizá en lo que resta para la elección, las campañas políticas seguirán centradas en una guerra sin tregua. Dentro del PRI preocupa la ventaja de López Obrador, pero también preocupa mucho Ricardo Anaya. De ahí que ahora se estén filtrando por todas partes trozos de expedientes e investigaciones por lavado de dinero que antes se mantuvieron celosamente guardados.

Las instrucciones desde Los Pinos y desde el PRI es que “hay que bajar a Anaya de la contienda, descarrilarlo”, esto quizá pensando que José Antonio Meade pueda repuntar y colocarse como segunda fuerza detrás de López Obrador, lo cual se ve bastante difícil.

De acuerdo con lo anterior, al interior del PRI están más preocupados por Anaya y López Obrador que por apuntalar la endeble campaña de Meade, cuya candidatura avanza arrastrando los pies: al abanderado del PRI lo hunden demasiados anclajes: el maltrecho PRI cuestionado por la corrupción, el gobierno de Peña Nieto –que entró en agonía en su segundo año –y una sociedad que ya no cree en las vacías promesas de campaña.

Y mientras José Antonio Meade no rompa con Peña, menos posibilidades tendrá de repuntar.