Les platico:

El empresario aquél, muy solícito se le ofreció al caudillo para servirle como enlace con los empresarios de su país y comenzó a prometer igual que si fuera el mismo candidato. Bueno, el candidato a la presidencia era el caudillo pero él se abanderó también con las promesas sin ton ni son de quien, para intentarlo por tercera vez, se había dado el lujo de fundar un nuevo partido político.

Ese empresario era agrónomo, se había casado con la hija de un prominente líder de la IP de su país y presumía tener las más amplias relaciones con lo que el caudillo llamaba “la reacción” y a sus nombres, “los reaccionarios”.

Tenía dinero y le gustaban los caballos; hasta un hipódromo había en sus feudos al norte del país y aparecía todos los días en la prensa rosa social, la de las bodas rimbombantes con cardenales y arzobispos casando a los cazados; la de los gustos y pasiones vestidos de bota larga con pantalón metido en ellas; la de las grandes comelitonas de “beneficencia” con la cual pagaban diezmo a sus desmanes; la de los bautizos y primeras comuniones en catedral; la de los funerales de los santones que se morían no cuando querían, sino cuando podían, como decía el General Aureliano Buendía del benemérito de las letras, el buen Gabo.

Un compañero de sus andanzas al que le decían “La Botarga” -porque solía disfrazar sus palabras de tal modo que buscaba parecerse a los que frecuentaba en busca de negocio- aseguraba que al agrónomo “enlace IP” del caudillo, también le gustaban los burros y las mulas, por su gran capacidad de trabajo, pero no lo decía públicamente para no mancillar con esos nombres su elegante afición por los caballos.  

Entonces, el empresario de quien les cuento, era conocido y conocedor en esas lides y el caudillo se sirvió de él, dándole una especie de salvoconducto plenipotenciario de la transformación revolucionaria que quería imponer en el país, del que era súbdito nacido en el sur.

Ese pasaporte, el empresario aquél lo uso para plantársele enfrente a todo industrial que anduviera buscando cómo colársele al caudillo, que tenía todos los visos de ganar -ahora sí -las elecciones, porque el pueblo estaba hasta la madre de las corruptelas de los presidentes anteriores, y más aún de los últimos dos.

Se las ingeniaba para desplazarse a los eventos de la campaña política presidencial, volando en sus aviones y helicópteros privados y sedujo al caudillo para hacerlo volar igual, en privado y en primera clase por todo el país.

Batalló para acostumbrarse a las rutinas populacheras del candidato, a sus comidas sin cubiertos y con las manos, porque de pronto los lugares a donde su “jefe virtual” iba, no tenían sillas ni mesas donde sentarse. Manteles y servilletas, menos.

Pero como se las daba de muy listo, escogía los itinerarios, de tal forma que los más rústicos y silvestres recorridos de la campaña los evitaba y escogía codearse en aquellos que se daban en los clubes industriales, campestres o de banqueros.

Pero sufría la gota gorda, porque lo de él eran los lujos y el relumbre de la cuchillería de plata, aunque a veces aguantaba a duras penas la de alpaca.

Decía que tenía enemigos en todos lados y era cierto, pero había una extraña habilidad en él para que con esa misma facilidad, se hiciera de “amigos” de los llamados escaladores sociales, como él lo había sido antes de casar tan bien.

Uno de ellos era un periodista, que se le fue metiendo de tal forma, que logró venderle el 50% de las acciones de un nuevo medio que acaba de lanzar.

Ese periodista fue uno más de los seducidos por el poder económico del “enlace IP” del caudillo y terminó haciéndolo su socio; al fin y al cabo, qué más le daba si al fin y al cabo de noticias había vivido toda su vida y ésta era una más en su repertorio: la de su amistad con “el señor de los caballos”, como también le decían; bueno, y según el incidioso de “La Botarga”, de los burros y las mulas, también.

Por debajo de la mesa, el “enlace IP” buscaba la posibilidad de hacer un día su buen negocio con el gobierno del caudillo, y por encima de la mesa, él decía muy ufano que si andaba en esas lides era porque le interesaba el bien, el desarrollo, la seguridad, la educación, la salud y el crecimiento de su pueblo.

Finalmente, el caudillo ganó las elecciones y nombró al “enlace IP” como jefe de su gabinete, pero no duró mucho en el puesto, porque era tanta la presión de los empresarios a los que había embaucado para que apoyaran a su candidato, que no sabía qué hacer cuando le exigían la debida compensación.

Es que ninguna de las promesas que alimentaron la campaña del caudillo se cumplía y tampoco se hacían realidad las ofertas de hacer negocio con el nuevo gobierno, que el “enlace IP” les había ofrecido a sus compañeros empresarios.

El mismo agrónomo estaba sacadísimo de onda porque el caudillo no le daba chance de hacer sus “movimientos” dentro del nuevo gobierno revolucionario. Pasó un año y nada, y entonces, se le ocurrió una idea:

En su estado natal habría elecciones para gobernador y pensó que podría desquitar$e si abanderaba la causa de un diputado que era muy querido por el caudillo.

Él mismo había impulsado a ese legislador al puesto donde estaba, así que como ya lo mencionaban como posible candidato a gobernar esa provincia, armó un plan con su socio el periodista.

Desde adentro del sistema de gobierno donde estaba instalado, el “enlace IP” filtraba información a su socio para que la publicara, a favor del legislador al que querían como gobernador y en contra de los que se le atravesaran en el camino.

El final de todo esto se los diré si me preguntan de quién hablo.

CAJÓN DE SASTRE

Camilo Martín Espinoza Ramírez fue enlace de Hugo Chávez con la IP venezolana. Es egresado de la Facultad de Agronomía de la UCV, la Universidad Central de Venezuela.

Siendo Coordinador del Frente Nacional de Empresarios y Productores de ese país, al triunfo de Hugo le añadió al final el apellido “Chávez” al título de su organización.

Su Estado natal es Miranda, al norte del país y fue nombrado por Chávez jefe de su gabinete, puesto en el cual duró menos de un año. Huyó a Miami, perseguido por las amenazas de muchos de los empresarios a los que prometió hacer negocios con el gobierno revolucionario de Chávez. El mismo no pudo hacerlos y también por eso se fue.

Perdió buena parte de su fortuna en el intento y hoy es prestanombres de Elías José Jaua Milano -uno de los dueños del Venezuela revolucionario, junto a Diosdado Cabello- en el antro “Twelve Miami LLC”.

Es el “propietario” de la empresa Florida Limited Liability, cuyo registro de contribuyente en el IRS gringo es L16000023363, con domicilio para oír y recibir notificaciones en 7335 NW 36th, de Miami FL, 33166.

Su último manifiesto público en Caracas en 2014, dice a la letra: “No se equivoquen, apátridas, vamos a cumplir o hacer cumplir la Constitución, la democracia participativa y las normas del poder electoral. ¡Chávez vive!, la lucha sigue, porque todos somos Chávez”. Todo esto al ratificar su apoyo a Maduro como candidato a las elecciones del 14 de abril de ese año, mientras subía apresuradamente al avión de la fuerza aérea venezolana que lo llevó a la CDMX y de ahí a Miami.

¿Y el periodista que era su socio en el plan de hacer gobernador de Miranda, al legislador con el cual buscaba desquitarse de no haber podido hacer negocios con Chávez?

Lo abandonó a su suerte.

“De Camilo Martín es de quien les platicamos ¿o de quién creían ustedes?”, dice la irreverente de mi Gaby, dándole luz a la asamblea.

placido.garza@gmail.com
Por: Plácido Garza