Tengo pequeños paraísos a los que acudo cada vez que puedo. Uno de ellos es la calle de Donceles, en el centro histórico de la Ciudad de México. Tres o cuatro veces cada mes voy a la Capital, a perorar. Generalmente mis presentaciones son por la noche.

-¿A qué horas quiere que le pongamos su vuelo de venida, licenciado?

-A las 7, por favor.

-Perdone, licenciado: la conferencia es a las 9 de la noche. Si sale usted a las 7 de la tarde no va a llegar a tiempo.

-No. Quiero decir que me pongan el vuelo a las 7 de la mañana.

Y es que volando a esa hora llego a México al filo de las 8 y media. Así tengo todo el día para mí, y puedo visitar mis paraísos en esa Ciudad que ayer fue de los palacios y hoy es de las manifestaciones.

Entre esos paraísos, dije, está la calle de Donceles. Ahí se hallan algunas de las mejores librerías de viejo que en parte alguna se pueden encontrar. En una de ellas di con un curioso librito que se llama “La noche de bodas”. Editado a fines de los años veinte del pasado siglo, contiene sabias advertencias para quienes van a contraer matrimonio, sobre todo para los varones. Reí como loco -es decir reí como sabio- cuando repasé algunas de las páginas de ese libro. Especialmente el capítulo relativo a la virginidad es abracadabrante, o sea fantástico y sorprendente. Si digo lo que ahí dice, ustedes me dirán que no es posible que lo diga. Transcribo entonces, palabra por palabra, algo de lo que en ese libro leí:

“...Hay quien pretende haber adquirido por la experiencia suficientes luces para juzgar de la virginidad o la desfloración de una joven sólo con su examen exterior. Demócrito era una de esos profundos adivinos, cuyo encuentro no debía ser muy agradable a las mujeres. Refiérese que habiendo saludado un día a una muchacha dándole tratamiento de doncella, al día siguiente volvió a saludarla como si fuera casada, por conocer en el aspecto de su rostro que la noche anterior había perdido su virginidad.

“Cuéntase también que había en Praga un monje que por el puro olfato podía distinguir, sin equivocarse nunca, a una mujer virgen de otra que no lo era. Ciertamente la naturaleza no concede a muchos individuos ese don que permite descubrir, por las emanaciones del organismo, los cambios que el cuerpo experimenta...”.

Seguidamente el sesudo autor de “La noche de bodas” enumera una serie de indicios por los cuales se puede saber indubitablemente si una mujer es señorita o no:

“Indicios de virginidad-. Ojos: alegres y levantados. Globo de los ojos: brillante. Nariz: carnosa. Voz: clara y bien timbrada. Cuello: delgado. Senos: medianos. Pezón: color de rosa. Vello: liso. Orina: clara.

“Indicios de desfloración-. Ojos: tristes y bajos. Globo de los ojos: empañado. Nariz: afilada. Voz: bronca. Cuello: más grueso. Senos: abultados. Pezón: rojo oscuro. Vello: retorcido. Orina: turbia”.

En este punto no puedo ya seguir. He recordado sin querer a la señora que le contó a una vecina: “Poco después de que murió mi esposo me visitó un compadre. En la sala me dijo que yo le gustaba. Y yo seria, seria. Fuimos al comedor. Ahí me volvió a decir que yo le gustaba mucho. Y yo seria, seria. En la cocina me dijo lo mismo: que yo siempre le había gustado. Y yo seria, seria. Luego fuimos a la recámara, y me repitió la misma cosa: que yo le gustaba”. Le dijo la vecina: Y usted seria, seria”. “No -respondió la viuda algo apenada-. Ahí sí ya me ganó la risa”. Pues a mí también la risa ya me ganó, por eso aquí termino.