Uno de los personajes de la semana es Emile Ratelband, un jovenazo de 69 años que ha emprendido una batalla ante los tribunales neerlandeses para cambiar legalmente su edad.

De acuerdo con el demandante, él se identifica como una persona 20 años más joven, se siente de hecho más joven y, lo más grave, es objeto de discriminación laboral y no se diga en las redes de cíber-ligue, en donde su edad provoca repelús a las internautas.

Así que para pertenecer a un segmento demográfico más favorecido, pero sobre todo, aquel con el que se identifica desde lo más recóndito de su ser, Ratelband exige a las autoridades le permitan cambiar la fecha de su acta de nacimiento de 1949 (año en que lo parió la cigüeña) a 1969, año en que el hombre (y la mujer…) llegó a la Luna y que mejor le sienta a su identidad y sentir.

¿Es cierto esto, columnista?

Todo indica que sí.

¿Le está tomando el pelo Ratelband a la autoridad de su país?

Pues sí y no. Imagino que a sus casi 70 años es perfectamente consciente de que, aún en caso de que la corte le conceda la razón y le otorgue una edad legal de 49 años, seguirá siendo de facto un septuagenario y que no va a ligar jovencitas en Tinder a menos que tengan “issues” con la figura paterna y anden buscando un novio-papá (o sugar-grandpa).

Quiero pensar que su cruzada tiene fines demostrativos y que lo que busca es advertirnos sobre la insensatez de que la ley le conceda reconocimiento jurídico a cualquier persona sobre lo que en un estricto y materialista sentido no es.

Ahora me adentraré a terrenos más peliagudos, con mucho cuidado para no pisar una mina que desate una guerra de odio.

No discuto ni respingo porque la ley le otorgue plenitud de derechos a todos los seres humanos por igual, incluso a aquellos que fueron abortados por algún súcubo.

Y uno de esos derechos universales es a llamarme e identificarme como mejor me plazca y convenga. Me puedo cambiar el nombre por Mohammed o Yeidckol (pero nunca me afiliaré a Morena) e incluso puedo iniciar un juicio para cambiar legalmente de sexo. Sí, de sexo, como ya hemos dicho hasta el hartazgo, el género es para las cosas, las personas tienen sexo.

Y si la legislación vigente permite que una persona cambie su sexo en función de cómo se siente (o dice sentirse), me lo pienso un momento y me pregunto:

—¿A ver, Enriquito, te afecta?

—¡Hombre! La verdad es que no.

—¿Te pensabas tú cambiar de sexo?

—Bueno, no, pues no, no lo he pensado. ¿Por qué?

—No, nomás digo. No vaya siendo, verdad…

—No, ahí mejor pa’ la otra. ¡Gracias!

—¡Buenas! “Comper”.

Con el sesudo voto mayoritario de las eminencias de siempre, nuestros diputados locales, el Congreso coahuilense aprobó, dentro de la nueva Ley de Identidad de Género, la posibilidad de que ciudadanos transgénero modifiquen sus datos y cambien su sexo determinado en el acta de nacimiento para homologarlo con el de su nueva identidad, que en realidad no es nueva porque “siempre se sintieron así… y bla bla”. Ok.

Allí sí tendría algunos inconvenientes que argumentar. Y es que el acta es un documento que da constancia de una verdad histórica que no es negociable, modificable ni flexible (o no debería serlo).

Dicha verdad está sustentada en un dictamen médico que nos dice si nació un mexicano del sexo “M” o “F”.

Hasta allí, no se azoten, amigos trans. Ya la búsqueda de la felicidad es muy personal y yo la apoyo, pero es muy independiente de lo que la naturaleza nos dotó en términos biológicos.

Pero de allí que la batalla por el cambio de edad de nuestro héroe otoñal con ganas de revivir los años 90, Emile Ratelband, aunque es de risa loca, no es del todo ridícula, ya que si los improvisados mamarrachos de nuestros legisladores tuvieran un ápice de consciencia y oficio, sabrían que esto abre la puerta para que cualquiera modifique sus generales de nacimiento de acuerdo a lo que siente que debió haber sido.

Así que ningún impedimento legal debería haber para que cambie su año de nacimiento y sea la envidia de sus amigas (“Ya lo ven, ‘perris’, les dije que era quince años más joven que todas ustedes”).

O si yo, como Agustín Lara, siento que nací con la luna de plata y el alma de pirata y decido cambiar de ciudad natal a Tlacotalpan, Veracruz, porque en mi interior sé que soy un jarocho.

¿Es absurdo? Sí. ¿Irrisorio? También, pero legalmente estaríamos facultados para hacerlo, pues un principio jurídico dice que no puede haber leyes selectivas, sólo para ciertos ciudadanos. Así que todos podremos en lo subsecuente y en consecuencia reescribir nuestra biografía a modo y el que se atreva a contradecirla estará irrespetando nuestro ser e identidad.

Lo siento pero no. Soy el primer defensor de la universalidad de los derechos humanos, pero antes que ello, soy un apasionado defensor de la verdad y falsearla no es la manera de construir una mejor realidad presente para nadie.