Es sólo cuestión de tiempo. Y lo es porque se trata de un hecho irreversible: de acuerdo con las proyecciones de votación al momento de enviar esta colaboración a la imprenta, el demócrata Joe Biden ha ganado la elección presidencial en los Estados Unidos y asumirá el cargo el próximo 20 de enero.

Donald Trump ha sido botado de la Casa Blanca. Y no lo ha derrotado Biden, también debe decirse, pues el nativo del norteño estado de Delaware, veterano senador y vicepresidente por dos períodos fue un candidato más bien mediocre quien realizó una campaña caminando -y a paso muy lento- mientras su adversario era atropellado por el coronavirus y su ego.

A Trump lo derrotó su enfermiza obsesión por la polarización social, el insulto fácil, la agresión permanente a sus adversarios, la estigmatización de los medios de comunicación y su afición patológica a decir mentiras. En otras palabras, lo derrotó su propia personalidad.

Su indeseable forma de conducta, es trágico reconocerlo, lo mantuvo al frente de un contingente humano cuyo tamaño no se achicó a lo largo de los últimos cuatro años, sino al contrario: de 2016 a 2020 su base de votantes creció en al menos 7.1 millones, con los números hasta anoche. No es poca cosa.

Dicho de otra forma: Trump fue para decenas de millones de ciudadanos estadounidenses el mejor candidato de 2016 y un candidato aún mejor cuatro años después… a pesar de todo.

La mala noticia para él y quienes como él razonan es la forma en la cual su conducta también acicateó al resto de la sociedad norteamericana provocando una concurrencia masiva a las urnas y convirtiendo a su oponente en el candidato más votado de la historia: 74.2 millones de sufragios hasta anoche, es decir, 4.7 millones por encima del récord obtenido por Barack Obama en el año 2008.

No puede negarse entonces lo exitoso del “modelo Trump”: logró convencer a poco más de 7 millones de votantes adicionales de apoyar su candidatura luego de cuatro años. Pero también convenció a otros 8.3 millones de personas de sumarse a los casi 65 millones para quienes Hillary Clinton fue favorita en los comicios de 2016.

La combinación de cifras desinfla de inmediato el globo: persistir en ser un impresentable reditúa en una sociedad en la cual una porción importante de sus integrantes ha decidido entregarse a la frivolidad de creer en un demagogo, pero también despierta a quienes, por una razón u otra, decidieron antes mantenerse al margen.

La lectura anterior no es importante para regodearse con la derrota de Trump, sino para usarla como elemento de análisis de nuestra realidad política, la de México, en donde otro demagogo lleva ya casi dos años reproduciendo exactamente las mismas conductas de su homólogo del norte.

Porque fuera de la evidente diferencia física, Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador son dos tipos idénticos: unos pubertos mentales para quienes el ejercicio del poder no demanda una conducta ajustada a las normas vigentes y los principios democráticos, sino la oportunidad de convertir en realidad su propia visión del mundo a cualquier costo.

Falsos demócratas en cuyo interior rebullen permanentemente las pulsiones autoritarias, Trump y López representan lo más despreciable de una despreciable clase política convencida de haber sido bendecidos para el ejercicio patrimonialista del poder público.

Incapaces del menor acto de humildad y, en consecuencia, convencidos de su propia infalibilidad, no pueden encontrar sino en la confabulación de aquellos han quienes han decidido identificar como sus adversarios, la explicación única para sus yerros y fracasos.

Sus reacciones son idénticas y por ello, ante la inconcebible derrota electoral, gritan “¡fraude!” anunciando de paso una batalla legal sin cuartel para “demostrar” la veracidad de su posicionamiento: si los votos se cuentan bien, yo gano; si se anuncia mi derrota es porque me hicieron trampa.

Todavía faltan por verse algunos episodios de esta pataleta degradante. Falta ver la forma en la cual transitará Trump los días de aquí al 20 de enero cuando deba transmitir el poder. Aún tendrá oportunidades para rectificar… o para hundirse más en su propio fango.

Pero vuelvo a lo nuestro: la derrota del demagogo sirve para tener claro cómo los instrumentos de la democracia pueden imponerse al final y evitar con ello el atropello de las instituciones por parte de quienes sólo buscan destruirlas para perpetuarse en el poder.

Dentro de poco menos de siete meses, los mexicanos tendremos una primera cita con la historia para derrotar a nuestro demagogo de pantano. Su base militante, sus acólitos, seguirán allí vociferando las bondades de contar con un líder iluminado a quien los mismos cielos parieron para salvarnos. Quienes tenemos clara la mentira contenida en dicha afirmación debemos perseverar en el señalamiento permanente de esta.

Perseverar, esa es la fórmula. Y la noche del 6 de junio próximo veremos los resultados, aunque el demagogo seguramente gritará “¡fraude!”.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

carredondo@vanguardia.com.mx

Carlos Arredondo Sibaja

Columna: Portal 

Periodista con más de 30 años de experiencia en medios de comunicación impresos y electrónicos. Ingeniero Industrial y de Sistemas por la Universidad Autónoma de Coahuila y Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México. Además, es máster en Administración y Alta Dirección por la Universidad Iberoamericana y tiene estudios concluidos de maestría en Derechos Humanos en la Facultad de Jurisprudencia de la UAdeC. Se ha desarrollado profesionalmente en el servicio público, la academia y el periodismo. Integrante de la Comisión de Selección del CPC, del Sistema Anticorrupción de Coahuila.