La trágica historia de Claudia tendría que obligarnos a realizar un alto y reflexionar respecto de lo que todos debemos y podemos hacer para evitar que más adolescentes se sumen a la estadística funesta

Se ha dicho en múltiples tonos y el señalamiento ha sido profusamente acompañado de datos puntuales: en sociedades como la nuestra, las mujeres padecen condiciones que impiden, a muchas de ellas, la posibilidad de concretar un plan de vida acorde a sus sueños y aspiraciones.

El fenómeno ha sido ampliamente diagnosticado y sus más visibles síntomas son denunciados cada vez con mayor frecuencia –y en no pocas ocasiones con estridencia justificada– por colectivos de mujeres que no desean esperar a que se transforme la realidad por casualidad. 

Los gobiernos de todos los signos ideológicos y de todos los órdenes publicitan –a la menor provocación y sin escatimar gastos– las políticas, estrategias y medidas presuntamente diseñadas para garantizar la igualdad y el acceso de las mujeres a una vida libre de violencia. 

Con insana frecuencia, sin embargo, la evidencia nos confronta de forma violenta con la cruda realidad: la vida cotidiana de muchas mujeres sigue estando caracterizada por elementos que las condenan a ser poco más que un objeto del cual puede disponerse a placer.

El comentario viene al caso a propósito del reporte que publicamos en esta edición, relativo al trágico caso de Claudia Iveth, la adolescente de apenas 14 años que, pese a su corta edad, estaba gestando a su primer hijo y habría sido asesinada a manos de su propia pareja.

La historia de Claudia tiene todos los elementos de la cultura machista: una pobre educación sexual que la llevó a concebir a una edad en la cual debería estar en la escuela; una familia que la habría empujado a convertirse en ama de casa y madre en lugar de ofrecerle alternativas y una suegra que consideraría “normal” la violencia física de su hijo hacia su pareja.

Se trata de un caso trágico, sin duda. Pero lo peor es que no estamos ante un hecho excepcional o ante un caso aislado cuya atipicidad nos obligue a voltear a ver, sino ante una historia común, una historia que cotidianamente es escrita por miles de adolescentes condenadas a vivir una vida sin opciones.

¿Qué estamos haciendo realmente frente a esta realidad que, además de truncar la historia de mujeres que aún son niñas, en no pocas ocasiones deriva en asesinatos como el que hoy reseñamos?

El resultado de esta historia es un producto de nuestra sociedad, de los valores y antivalores que nos significan; de las ideas que defendemos y de aquellas que hemos decidido rechazar; de los compromisos que hemos incumplido en el proceso de convertir, de verdad, a nuestros niños y jóvenes en el presente y el futuro del País.

La trágica historia de Claudia tendría que obligarnos a realizar un alto y reflexionar respecto de lo que todos debemos y podemos hacer para evitar que más jóvenes adolescentes se sumen a la estadística funesta de quienes se convierten en madres a una edad inconveniente para ellas y sus hijos, y eventualmente, como ocurrió ahora, terminan perdiendo la vida a manos de un individuo que solamente las concibe como un objeto.

“Ni una más” es una exigencia puntual y clara. Pero no puede quedarse sólo en exigencia, sino que debe convertirse en realidad ya.