Armando Fuentes Aguirre "Catón"
"Aquí es Colima, y aunque no haya cocos".
Esa frase es muy usada por los colimenses, y también por la gente de Jalisco. Se emplea para decir algo así como: "¡Aquí mero!" o: "¡Pa' luego es tarde!". Según se cuenta, la expresión la inventó in illo tempore una recién casada que con su desposado -la boda tuvo lugar en Guadalajara- fue a pasar su luna de miel en Colima. Iban en un carrito de caballos, y el novio ardía en ganas ya de consumar el matrimonio. Le pedía a su mujercita que se hicieran a un lado del camino para entregarse a los deliquios del amor. Ella, naturalmente, se negaba.
"Aquí es Colima, y aunque no haya cocos".
Esa frase es muy usada por los colimenses, y también por la gente de Jalisco. Se emplea para decir algo así como: "¡Aquí mero!" o: "¡Pa' luego es tarde!". Según se cuenta, la expresión la inventó in illo tempore una recién casada que con su desposado -la boda tuvo lugar en Guadalajara- fue a pasar su luna de miel en Colima. Iban en un carrito de caballos, y el novio ardía en ganas ya de consumar el matrimonio. Le pedía a su mujercita que se hicieran a un lado del camino para entregarse a los deliquios del amor. Ella, naturalmente, se negaba. - Cuando lleguemos a Colima- le decía. Preguntaba con ansiedad el anheloso joven: - ¿Y cómo sabremos que ya estamos ahí? -Cuando veamos cocos- indicaba la muchacha. Mas vino a suceder que hicieron un alto en el camino a la hora de comer.
Buscó el recién casado un sitio soledoso, y sobre la muelle grama -quiero decir el zacatito- se pusieron a consumir las viandas que llevaban. Sería el romántico paraje, sería el rojo vino que bebieron, sería la ocasión, el caso es que la novia largó todos sus escrúpulos y se lanzó de pronto sobre su galán, poseída de súbitos ímpetus eróticos, al tiempo que decía con vehemencia:
- ¡Aquí es Colima, y aunque no haya cocos! Hace un par de semanas fui a Colima, invitado por la Universidad y por la Asociación de Escritores y Periodistas Colimenses. Peroré en el hermoso teatro universitario ante un público amabilísimo y cordial. Al terminar alguien me dijo que don Garganta había estado ahí, y que disfrutó mucho mi plática.
- ¿Don quién?- pregunté yo, pensando que había oído mal.
-Don Garganta- repitió el amigo. Y me contó la historia de aquel singular mote usado por todos los que conocen a ese señor para nombrarlo, y además con su consentimiento.
Sucede que el señor se había retirado ya de los negocios. Los dejó en manos de sus hijos. Para gozar cumplidamente su descanso se dedicó al galano arte de beber, lo cual hacía con gran competencia y encomiable asiduidad, aunque sin perder jamás la compostura. Por eso dije "el arte de beber". Su esposa, señora de buena sociedad, no tenía otro afán más que el de manejar un coche grande -el más grandote que hubiera en el mercado- pues eso, a su parecer, mostraba la medida de su estatus. Cada año cambiaba el coche por otro de igual tamaño, o aún mayor. Un día los hijos le dijeron: -Mamá: los negocios no andan bien. El próximo año, cuando cambie de carro, le vamos a comprar uno compacto. El que usa usted sale muy caro, pues el motor es de cuatro gargantas y gasta mucha gasolina. Debemos controlar los gastos.
-Miren, cabrones -les contestó la dama-. Controlen la
garganta de su padre, y tendrán para comprarme un carro con motor hasta de 10 gargantas. De ahí le vino el apodo a su consorte: don Garganta. Es un segundo nombre que él lleva con orgullo. Por eso, amigo lector, lectora amiga, me gusta andar en la legua: porque me entero de cosas de mucha gracia y donosura que puedo luego compartir contigo.