Catón
La justicia que tarda es injusticia. Así reza un proverbio popular. En su cláusula 40 dice la Carta Magna de 1215, hablando de la justicia: "A nadie la negaremos. A nadie la venderemos. A nadie se la retardaremos". Yo, filósofo pardo, pienso que la justicia siempre es justicia, aunque demore. Hace unos días, en mi ciudad, Saltillo, tuvo lugar un acto de justicia que tardó en llegar, pero al final llegó. El gobernador del Estado, profesor Humberto Moreira Valdés, impuso el nombre de don Oscar Flores Tapia a un importante bulevar, y develó una estatua del recordado saltillense.
La justicia que tarda es injusticia. Así reza un proverbio popular. En su cláusula 40 dice la Carta Magna de 1215, hablando de la justicia: "A nadie la negaremos. A nadie la venderemos. A nadie se la retardaremos". Yo, filósofo pardo, pienso que la justicia siempre es justicia, aunque demore. Hace unos días, en mi ciudad, Saltillo, tuvo lugar un acto de justicia que tardó en llegar, pero al final llegó. El gobernador del Estado, profesor Humberto Moreira Valdés, impuso el nombre de don Oscar Flores Tapia a un importante bulevar, y develó una estatua del recordado saltillense. Es de tamaño heroico ese monumento, o sea que tiene estatura mayor que la del hombre, y retrata a la perfección la figura y talante de don Oscar. Es justo el homenaje. A Flores Tapia se debe el despertar de Saltillo. Antes adormilada, introvertida, soñándose a sí misma y evocando pasadas glorias idas, la ciudad ya casi no vivía: sobrevivía apenas. Llegó Oscar Flores Tapia, un hombre vendaval, y convirtió su amor por Saltillo -en uno de cuyos barrios más pobres vio la luz- en pasión arrebatada de gobernante constructor. Usó todo su poder; puso también en ejercicio su sensibilidad de maestro y escritor, y transformó aquella ciudad colonial en capital moderna, guardando al mismo tiempo sus bellezas de población antigua y recoleta. Ahora mi ciudad vive una nueva etapa de esplendor. Advertirá eso, por encima de juicios y prejuicios, quien visite hoy la capital de Coahuila. El gobernador Moreira ha hecho una labor que reconocen todos; incluso, aunque sea a regañadientes, sus adversarios en política. También él es profesor, como don Oscar. Percibe, entonces, las inquietudes de la comunidad. Por eso recogió un sentimiento de los saltillenses: pensábamos que no se había hecho un reconocimiento pleno a Flores Tapia y a su obra de gobierno. El reconocimiento está hecho ya, y en forma plena. Justicia poética hubo también en eso: el bulevar que ahora se llama "Flores Tapia" se llamó alguna vez "José López Portillo", el presidente que con inquina persiguió a don Oscar hasta hacerlo renunciar. Me alegra esta valiosa acción del profesor Moreira. Los saltillenses vemos por fin reconocido a quien ocupaba ya un lugar privilegiado en nuestra memoria y en nuestra gratitud... El monaguillo va corriendo a donde estaba el padre Arsilio, y le dice lleno de excitación: "¡Padre! ¡Un hombre entró en la iglesia apoyándose en sus muletas! ¡Llegó a la pila del agua bendita, y se echó agua en las piernas! ¡Y luego aventó sus muletas!". "¡Qué maravilla, hijo mío! -exclama entusiasmado el sacerdote-. ¡Acabas de ser testigo de un milagro! Dime: ¿dónde está ahora ese hombre?". Responde el monaguillo: "Tirado de espaldas en el piso"... Una mujer estaba regando la maceta de geranios que tenía en ventana de su departamento, en el piso 30 del edificio. Perdió pisada, y se precipitó al vacío. Un hombre estaba en su balcón del piso 25, y alcanzó a recogerla entre sus brazos. Le preguntó el sujeto a la mujer: "¿Follas?". Ella, indignada, respondió que no. Ante esa negativa el sujeto la volvió a arrojar. Otro hombre que estaba en la ventana de su departamento en el piso 20 la detuvo en su caída. Le preguntó: "¿Practicas el sexo oral?". "¡No!-contestó la mujer con el mismo enojo de la vez pasada-. El tipo hizo lo mismo que el anterior: volvió a arrojarla al vacío. Mientras caía, la mujer se resignó a morir. Pero otro hombre se hallaba en el balcón de su departamento en el piso 15, y alcanzó a también a tomarla en sus brazos. La mujer no quiso ya tentar su suerte. Así, antes de que el hombre pudiera preguntarle algo, se apresuró a decirle ansiosamente: "¡Follo, y practico el sexo oral!". El hombre entonces la volvió a arrojar al tiempo que le decía con disgusto: "¡Mujer perdida!"... FIN.