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Con ambos técnicos en peligro de perder el trabajo, Aguilas y Tigres arriesgaron sólo lo necesario para no perder, pero aburrieron
Después de todo, qué se podía esperar por un par de pesetas. Nada que tuviera un valor agregado a los 50 pesos que costó cada boleto para ver el América-Tigres, un somnífero disfrazado de partido en donde las Aguilas terminaron con las plumas tan empapadas como para que Tigres las devorara, aunque con la suerte necesaria que les alcanzó para aletear por un empate a un gol.

Nada más olerse sobre el campo, ambos conjuntos supieron del mutuo miedo a la guillotina que esperaba a su técnico en caso de un descalabro.

Cierto que ayer América tomó la iniciativa, no tenía de otra, como dueño del local debía ir al frente, provocar la emoción de los poco más de 30 mil aficionados reunidos para darles un grito de gol, pero Rodrigo López es amante de la intermitencia. A veces letal, otras casi ridículo, como cuando en el minuto 10 del cotejo, Cabañas recentró un servicio de Insúa listo para etiquetarle con el nombre de López en la red, pero el uruguayo remató de cabeza desviado del arco de Cirilo Saucedo.

Fue toda la luz que aportó el primer lapso, destinado en sus siguientes 35 minutos a la medianía de unas Aguilas incapaces de abrir una doble línea de cuatro preparada para todo, menos para ganar, por el timonel felino Américo Gallego.

Porque Tigres vino al Azteca decidido a llevarse su primer punto como visitante del torneo. No por nada, a los cuatro volantes que el timonel argentino parapetó en la cintura, se les agregaba Guillermo Marino, acompañante mentiroso de Francisco Fonseca en el inexistente ataque norteño.

Por apoyo, América no tiene para quejarse. El "¡Vamos, vamos América, esta tarde, tenemos que ganar!" retumbó ilusionado en cambiar la cara a un equipo, sí dominador del terreno, pero tibio. Sin el nervio suficiente para cambiar el rumbo de un partido tan infame, como para hacer huir al sol que prometía una gran tarde, picarle los ojos al cielo y hacerle llorar, al menos durante el resto del primer tiempo.

El arranque del segundo tiempo fue casi en radiografía para Rodrigo López, ahora con un centro desde la izquierda de Juan Carlos Silva que el ex delantero del Libertad de Paraguay no pudo enviar a gol.

El aguacero arreció con un rencor casi tan intenso como el que desde hace una semana persigue a Germán Villa, quien en Torreón tuvo que ser retirado del campo para evitar su expulsión, situación que ayer, el volante ya no pudo evitar. Se enredó en un intercambio de manotazos con Kikín y el árbitro Éric Ramírez no lo pensó, los echó del campo.

No cabe duda que el futbol es caprichoso, sino, preguntarle a Gallego, quien escogió dicho momento para enseñar el tamaño de las garras universitarias. Lo había hecho justo antes de las expulsiones. Dio entrada a Jaime Lozano y a Sebastián Abreu: par que parecía ganador cuando resolvió la única de Tigres.

Fue sobre el 65', en un tiro de esquina que Lozano cabeceó cruzado para una espectacular estirada de Guillermo Ochoa que ya no pudo con el remate de Abreu para salvar la cabeza de Gallego y poner sobre una hoja de acero afilada la de Tena.

De la banca tendría que llegar la respuesta, con la entrada de Lucas Castromán, quien a minutos del final salvó, si cabe, la noche, con un centro que Cabañas remató para un insípido empate.