Madrid, España.- "No han escuchado nada todavía" fue la simbólica frase con la que Al Jolson sorprendió hace ochenta años a los espectadores de cine en "The Jazz Singer", película que supuso el certificado de defunción de los cánones de lo que hasta entonces había funcionado en Hollywood.
Los espectadores de cine pasaron a ser también audiencia activa cuando "The Jazz Singer" se estrenó el 6 de octubre de 1927 en los cines de Estados Unidos. Una sola frase en una película cuya calidad es hoy discutida pero que creó, a corto plazo, un caos babélico en una industria todavía incipiente.

En "Singin' in the Rain" (1952), Stanley Donen y Gene Kelly convertían en una ingeniosa comedia musical -género que nació, lógicamente, gracias a la llegada del sonido- una situación que apeó del "star system" a muchas estrellas de la época, que enfureció a muchos directores artesanos del cine silente y, por supuesto, dejó sin trabajo a los músicos que acompañaban las proyecciones y a los rotulistas.

Román Gubern, en su "Historia del Cine", explicaba cómo, incluso técnicamente, "los cambios, al principio fueron decididamente negativos (...) Encerrada en pesados blindajes insonoros, la cámara retrocedió al anquilosamiento e inmovilidad del protohistórico 'teatro filmado'".

"Además -prosigue Gubern- , el ritmo de sus encuadres fijos, como las viejas estampitas de Méliès, vio su fluir bruscamente frenado por su sujeción a interminables canciones o diálogos".

La imagen en movimiento, esencia del cine, perdía protagonismo por culpa del sonido y directores como Charles Chaplin, René Clair o Sergei Eisenstein mostraron su desacuerdo, que, en el caso del primero, se tradujo en una morosidad que le hizo renunciar a la palabra hasta 1936.

Entonces realizó, después de cinco años montando el sonido, "Modern Times", y cuatro años más tarde estrenaría "The Great Dictator", en la que explotó las ventajas del discurso hablado en un legendario monólogo final.

Otros directores más unidos al mecanismo industrial del cine se adaptaron enseguida a los avances tecnológicos, como Cecil B. DeMille, que se estrenó en el mismo 1927 con la superproducción "King of Kings", e incluso reharía con las nuevas tecnologías -como también hizo el español Florián Rey con "La aldea maldita" (1939 y 1942)- su clásico "The Ten Commandments", de 1923, en una versión con Charlton Heston en 1956.

Precisamente, otra frase mítica, "Señor DeMille, estoy lista para mi primer plano", cerraba el clásico de Billy Wilder "Sunset Boulevard" (1950), en la que Gloria Swanson recupera el pulso de su gloriosa carrera en la época del cine mudo como Norma Desmond, un personaje en sus mismas condiciones vitales que afirmaba: "Yo sigo siendo grande. Son las películas las que se han hecho pequeñas".

"La Divina" Greta Garbo fue de las pocas que, bajo el eslogan de "¡Garbo habla!", para su película "Anna Christie" (1930), entró con éxito en el cine sonoro, donde desarrollaría una gloria aún mayor a pesar de su acento sueco. Pero, además de a Swanson, la palabra excluyó a grandes estrellas del momento.

El humor mímico de Harold Lloyd y Buster Keaton perdió su razón de ser, mientras que estrellas como "el hombre de las mil caras", Lon Chaney -cuyos padres, curiosamente, eran sordomudos-, se quedó sin la oportunidad de remontar su carrera cuando tuvo que rechazar "Drácula" (1931), de Tod Browning, por la afección de garganta que acabaría con su vida en 1930.

Clara Bow aumentó todavía más sus excesos con la llegada de la nueva técnica y se retiró definitivamente en 1933, y Lillian Gish, la musa del considerado padre del cine americano, D.W. Griffith, se refugió en el teatro para volver al cine ya como mujer madura en "Duel in the Sun" (1946) o "The Night of the Hunter" (1955).

Louise Brooks, por su parte, optó por marcharse a Alemania, donde realizó una destacada carrera gracias a polémicas cintas como "Die Büchse der Pandora" (La caja de Pandora) (1929), en la que su voz no tenía que ser todavía escuchada.

Cineastas europeos, como el alemán F.W. Murnau -cuya película "Sunrise" es la única cinta muda que ha conseguido el Oscar a la mejor película-, enterraron con la palabra su carrera en Hollywood y la hasta entonces fácil exportación de los filmes al extranjero dio un vuelco radical.

La cuestión idiomática intentó solucionarse, en el caso del habla hispana fundamentalmente, pero también con muchas otras lenguas, reutilizando los mismos platós de las películas de Hollywood pero con actores y guionistas españoles o latinoamericanos, como el dramaturgo Enrique Jardiel Poncela y el actor Juan de Landa, ambos españoles, o la intérprete mexicana Rosita Moreno.

El siguiente paso, más económico, fue la creación de los subtítulos, mientras que la invención del doblaje tendría una desafortunada consecuencia durante el auge fascista, a partir de los años treinta, cuando fue utilizado por los gobiernos como método de censura, manipulación política y consolidación del espíritu nacional.