J. A. Vela del Campo/El País
La ópera es el desafío principal del Festival de Salzburgo, lo que define sus señas de identidad. Cuatro nuevas producciones, dos reposiciones y una ópera en concierto -con Daniel Barenboim- componen la actual edición.
Salzburgo, Austria.- El Festival de Salzburgo ha visto este verano las orejas al lobo. La sangre no ha llegado al río, pero sí se han activado las primeras alertas. La demanda de entradas está por debajo de lo esperado y se pueden encontrar localidades para casi todos los espectáculos el mismo día de las representaciones. Luego prácticamente se llenan los conciertos y óperas, pero no es normal esta facilidad de acceso. Los hoteles también han acusado la disminución de reservas, especialmente algunos de los más emblemáticos que se han visto obligados a plantear ofertas de última hora con una considerable reducción de las tarifas.

En cuanto a los restaurantes el efecto de la crisis es evidente. En un lugar tan carismático como Pfefferschiff se ha podido reservar mesa para su cotizada terraza con tiempo soleado el mismo día. Y en lugares de moda como Carpe Diem, en la misma calle donde nació Mozart, es decir, a unos pasos de las salas de concierto, se podía encontrar mesa después de las funciones sin reserva previa.

Un restaurante medio y prestigioso como Purzellbaum tuvo ocho clientes para almorzar el pasado jueves y un hotel de lujo como el Goldener Hirsch se encontró una noche sin dar una sola cena. Quizás este clima de inquietud explica las declaraciones de la presidenta del festival, Helga Rabl-Stadler, el pasado jueves recordando que el Festival de Salzburgo financia la mitad de su presupuesto, es decir, 25,2 millones de euros, con la venta de entradas, y genera cada verano 227 millones de euros en producción y negocios secundarios. La Cámara de Comercio de Salzburgo realizará, como viene siendo habitual, un estudio detallado de qué es lo que está pasando, si es un efecto de la crisis económica general, o solamente se limita esta situación a la ciudad de Mozart.

La programación del festival es, como siempre, apabullante. Las mejores orquestas, los mejores directores, los mejores solistas. También hay un ciclo importante de teatro y varias manifestaciones paralelas que no tienen nada que envidiar a las que se presentan como estelares. El punto de mira principal del festival se sitúa, no obstante, en la ópera. Es el género con mayores incertidumbres artísticas.

A las de las puestas en escena se une el estado general de las voces y el carisma más o menos determinante de los directores de orquesta.

 
La ópera es el desafío principal del Festival de Salzburgo, lo que define sus señas de identidad. Cuatro nuevas producciones, dos reposiciones y una ópera en concierto -con Daniel Barenboim- componen la actual edición.

El Festival de Salzburgo presenta este verano cuatro nuevas producciones. Las dos estelares, en la Grosses Festspielhaus, están dedicadas a un oratorio de Haendel escenificado y a una ópera francesa de Rossini.

Ni Haendel ni Rossini son autores habituales del festival. Theodora está interpretada por la excelente Orquesta Barroca de Friburgo, con la batuta ilusionada y enérgica de IvorBolton. No es la sala ideal para este tipo de música, por mucho que cuente el reparto vocal con una artista tan sensible como Christine Schäfer y un contratenor tan distinguido como Bejun Mehta. El director de escena Christof Loy hace del oratorio un ejercicio de estilo muy particular, que, en su intención de raro ritual cotidiano y casi coreográfico, dispersa más la atención que favorece la concentración en la maravillosa música de Haendel. El resultado artístico es, al menos, distante.

También de ejercicio de estilo se puede calificar la puesta en escena de Jürgen Flimm para Moise et Pharaon, de Rossini. Es estática, gris, poco inspirada. No favorece la comprensión de la obra. Pero a la batuta está Riccardo Muti, al frente de la Filarmónica de Viena, y con él, con ellos, el glamour está garantizado.

El director napolitano está primoroso en este Rossini en cierto modo sinfónico. El reparto vocal no es para tirar cohetes. Sobresalen Ildar Abdrazakov, Nicola Alaimo, Marina Rebeka y Juan Francisco Gatell. La estrella fue, en cualquier caso, Muti, que concentró las ovaciones más apasionadas. A la première asistieron desde Stéphane Lissner hasta Gérard Mortier.

El director escénico Claus Guth cierra con Cosi fan tutte su trilogía dedicada a las óperas de Mozart con libreto de Lorenzo da Ponte. Es su trabajo más completo de este ciclo. Con una estructura de comedia elegante y fondo escéptico, integra en ejemplar síntesis elementos de lenguaje de las óperas anteriores como las mascaras, la naturaleza destructora, las escaleras, el ángel. Teatralmente es imponente, vocalmente bastante menos -con Skovhus, Petibon y Persson, en papeles destacados- y orquestalmente cuenta con una Filarmónica de Viena dirigida por Adam Fisher, tan correcto, artesanal y profesional como poco imaginativo.

La cuarta nueva producción del festival está dedicada a la acción escénica Al gran sole carico d'amore, de Luigi Nono. Pero eso, como la música del último siglo, requiere tratamiento aparte. Baste citar la inmejorable impresión causada por Esa- Pekka Salonen, al frente de la Filarmónica de Viena, en la Sexta, de Bruckner, y en un impresionante Alban Berg con la colaboración de una imponente Angela Denoke.