Marcha de apoyo al ex presidente hondureño Manuel Zelaya en Tegucigalpa el pasado 28 de junio, al cumplirse un año del golpe que lo sacó del poder. Foto: AP
La Jornada
La resistencia cuestiona la presencia del hijo de Zelaya en fiesta de la embajada estadunidense
Tegucigalpa. "Minuto 94. Dios es catracho (por hondureño)", dicen las playeras que se venden todavía en Valle de Angeles, la Marquesa de Tegucigalpa, y que aluden a un gol de última hora, que el año pasado ayudó a clasificar a Honduras al Mundial de Sudáfrica. El resto lo hizo la selección de Estados Unidos al vencer a Costa Rica. Quizá por eso al lado de las playeras, las tiendas de suvenirs venden también banderas de Estados Unidos. Montones de gringos cristianos, que vienen a hacer proselitismo y a turistear las compran, al tiempo que parvadas de músicos los siguen cantando puras canciones mexicanas.

En la capital y en San Pedro Sula, casi todas las escuelas privadas llevan sus nombres acompañados de un school. En Comayagua, la ciudad cercana a la base aérea de Estados Unidos, los letreros que indican el sentido de las calles dicen "one way". Por ahí circulan los autobuses que alguna vez sirvieron para llevar a los niños estadunidenses a sus escuelas y que son el grueso del transporte público en este país. Los domingos es difícil encontrar un sitio desde el que no se escuchen cantos religiosos o los altavoces que escupen los sermones regañones de los pastores, muchos de iglesias cuyas sedes quedan muy al norte. Esos días es muy difícil hacer un recorrido de diez minutos sin toparse con tres o cuatro predicadores mormones, con sus camisas blancas de manga corta y sus anchas corbatas.

Estas pinceladas sirven para explicar la importancia que para Honduras tiene la relación con Estados Unidos. Si se añade que una cuarta parte del producto interno bruto del país proviene de las remesas de los migrantes, se entiende por qué los diplomáticos hondureños afirman: Hemos restablecido relaciones con los países que importan.

Bueno, en realidad, sólo un país importa, como lo prueba el reciente alboroto que causó entre la elite hondureña la fiesta de la independencia de Estados Unidos, celebrada en la residencia del embajador Hugo Llorens. Naturalmente, asistieron el presidente Porfirio Lobo y su gabinete, los diputados y los jueces, los militares y los policías, los líderes de los partidos tradicionales y algunos líderes empresariales. Fue notable, en ese escenario, la ausencia de los desvisados (como se conoce a aquellos a quienes Washingtonles retiró las visas por su apoyo al golpe de Estado). "Con excepción de Adolfo Facussé, no vi a ninguno de los desvisados ni a funcionarios del gobierno de facto de Roberto Micheletti", dice Víctor Meza, ex ministro de Gobernación de Manuel Zelaya y ahora parte de un grupo que negocia, con el gobierno de Lobo, el retorno del ex presidente, quien vive exiliado en República Dominicana desde el 27 de enero pasado.

Pero más que la presencia de Meza y de otros ministros del derrocado gobierno, la comidilla de estos días en los medios hondureños fue la presencia en la fiesta del hijo mayor de Zelaya, Héctor, quien fue uno de los primeros en llegar.

En los turbulentos díasde los toques de queda, los medios hondureños dedicaban buenos espacios, con un toque de morbo, a los desvisados del día, políticos o empresarios. Las notas sobre el retiro de la visa merecían notas en las cuales se destacaban el patriotismo y otras virtudes del castigado, como si estuviera camino al pelotón de fusilamiento.

Meza lo explicaba así a periodistas extranjeros: La visa estadunidense es, para los grupos empresariales y políticos locales, algo así como una tarjeta de identidad, un documento que les valida su condición nacional, su identidad local, su personalidad, jurídica o no. La visa es el documento clave, la fórmula que les proporciona personalidad, el vínculo con la existencia, con la vida social.

Claro, la visa no viajaba sola: El otro documento es la tarjeta de invitación a las festividades anuales del 4 de julio, aniversario de la independencia estadunidense. Quienes la reciben se sienten plenos, ciudadanos completos, socialmente realizados. Si el ansiado sobre no llega, el terror es abismal, la angustia es infinita y la ansiedad no cesa.

Los extremos según el presidente y Llorens

El caso es que la presencia de Héctor Zelaya en el festejo del fin de semana anterior, extraña sobre todo porque unos días antes su padre se había lanzado duro: Lo que entonces sospechamos se ha confirmado: Estados Unidos estuvo atrás del golpe de Estado. Y dijo más, en un mensaje leído al finalizar la marcha del Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP), el pasado lunes 28 de junio: Todo indica que el golpe fue planificado en la base militar de Palmerola, por el comando sur de Estados Unidos, y ejecutado torpemente por malos hondureños.

Quizá quería agradar a sus oyentes de fuera, dice un dirigente del FNRP, en cuyas filas se han comido vivo a Héctor Zelaya por asistir a la fiesta del embajador Hugo Llorens.

Desde las primeras semanas posteriores al golpe, la postura de Zelaya y sus colaboradores ha sido culpar a ex funcionarios del Departamento de Estado, los célebres halcones de Washington, pero no al gobierno de Barack Obama en su conjunto.

Incluso los oyentes de fuera no han dado ese paso. En su momento, desde el ALBA, junto a nuestros hermanos del continente, se impulsó la denuncia y la condena mundial contra este golpe de Estado, y transcurrido un año, a nadie le quedan dudas acerca de la participación de grupos de poder de Estados Unidos en esta repudiable operación, se dijo en el comunicado de los países agrupados en la Alternativa Bolivariana de las Américas con motivo del aniversario del golpe.

Mientras Héctor Zelaya brindaba en una mesa cercana, el presidente Porfirio Lobo y el embajador Hugo Llorens se echaban flores uno a otro y coincidían, con palabras muy similares, en lo dicho por el diplomático: Vemos que la reconciliación nacional es lo que la mayoría de los hondureños quiere, aunque algunas pequeñas minorías en ambos extremos, derecha e izquierda, no están de acuerdo.

Ciertamente, con Roberto Micheletti a la cabeza, la ultraderecha que obtuvo su mayor triunfo al impedir la restitución de Zelaya, sigue empeñada en esa carta, ahora torpedeando los esfuerzos de Lobo para lograr la reincorporación de Honduras a la Organización de Estados Americanos.

La Corte Suprema de Justicia y la fiscalía general, los dos órganos que podrían abrir la puerta al retorno de Zelaya desestimando los juicios en su contra, se hallan controlados por los empresarios que financiaron el golpe de Estado, sostiene el FNRP.

Los líderes del frente, por lo demás, rechazaron las invitaciones a la fiesta del 4 de julio y tampoco han aceptado reunirse con el embajador Llorens, quien los ha convocado en más de una ocasión.

Ahí es donde hace agua la estrategia de Porfirio Lobo, fincada en tres elementos centrales que el analista Eugenio Sosa traza así: Uno, es pactar todos sus movimientos con Estados Unidos. El segundo es alinearse con el grupo de empresarios que piensa que con el golpe de Estado les pudo haber ido peor y que deben sacar lecciones de la crisis aunque, claro, sin que se toque el modelo económico. Y el tercero, un pacto que Lobo hizo con los militares: No tocarlos judicialmente y tratarlos bien. Por lo pronto, Lobo les ha devuelto a los militares posiciones clave de poder que en los años 90 dejaron en manos de los civiles.

Todo, mientras la resistencia insiste en que la reconciliación no puede darse sin reconocer la verdad del golpe de Estado y de los crímenes cometidos contra los derechos humanos, que incluyen más de cien personas asesinadas; sin investigación, justicia y castigo.