El cantaor Juan Pinilla ya tiene en su haber uno de los premios de flamenco más prestigiosos de España, la Lámpara Minera. Foto DPA
Laura del Río/DPA
Entre fandango y alegría, el joven cantaor va desgranando sobre el escenario sus inquietudes y experiencias.
Madrid, España.- Acaba de cumplir 30 años y ya tiene en su haber uno de los premios de flamenco más prestigiosos de España, la Lámpara Minera, que cada año otorga el Festival Internacional de Cante de las Minas de La Unión (Murcia) y él ganó en 2007. Pero la voz de este cantaor de Granada no sólo se alza para entonar murcianas, malagueñas o levanticas. También se eleva, y muy alto, para denunciar las injusticias.

Como en el concierto que recientemente dio en el Festival de Flamenco del Ateneo Republicano de Vallecas (Madrid). Allí recordó no sólo al recientemente fallecido Enrique Morente, uno de los referentes del flamenco. Sus palabras emocionadas fueron también para Marcelino Camacho, padre del sindicalismo español, que también murió en 2010. Y para las víctimas de los accidentes laborales, a quienes ya hace tres años dedicó el premio de La Unión.

Entre fandango y alegría, el joven cantaor va desgranando sobre el escenario sus inquietudes y experiencias. Como un concierto en Sudán, en el que, a pesar de haber firmado que no hablaría de política, al final no pudo contenerse y acabó refiriéndose a la difícil situación que vive la población del país africano.

"Creo firmemente que un artista puede contribuir a cambiar algo las cosas, a sensibilizar las conciencias", asegura después en entrevista con dpa. "Pero el ciudadano tampoco puede estar con los brazos cruzados esperando que alguien venga a empujarle". Muchos jóvenes de su generación, señala, ni siquiera se conmueven "con la crueldad de los acontecimientos", llevados por "la uniformidad de pensamiento que se asienta en Europa y que, paradójicamente, se vuelca en no hacer pensar".

Pero su mirada crítica no se agota en lo social y político. También se enfoca en su mundo, el del flamenco, al que está vinculado desde su niñez, pues era la música que escuchaba su padre, muy aficionado al género.

"Hoy hay muy buenos intérpretes, pero no tan buenos cantaores, ni bailaores, todo el mundo quiere ser el primero, el más rápido, y nadie se para a emocionar, a hacer de verdad arte", explica tras recordar a sus referentes: la Niña de los Peines, Vallejo o Tomás Pavón. "Aún hay mucho por hacer, sobre todo concienciarnos de que es imposible la evolución sin el estudio y el conocimiento". Por eso participa en ponencias y cursos, como el que el pasado septiembre impartió junto a varios profesores universitarios para enseñar a reconocer, en 30 horas, los palos fundamentales del flamenco.

También ve mucho trabajo por delante en lo que a política cultural se refiere. "Se han hecho algunas cosas, pequeños intentos, pero lo político predomina sobre lo artístico, y los que tienen asegurado el trabajo son aquellos que están afiliados o con carné del político gobernante". El conservador Partido Popular en el caso de Madrid y el socialista PSOE en el de Andalucía. Y aunque asegura que él no puede quejarse del trato que ha recibido en Granada, admite que en España los artistas no suelen ser profetas en su ciudad de origen.

Tampoco le impresiona el reciente reconocimiento que la UNESCO ha hecho del flamenco al declararlo Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. "Llega tarde", apunta. Y en realidad, señala, "no es la UNESCO quien ha dado luz al flamenco sino al revés", es el flamenco el que ha aportado prestigio a una institución que considera "bajo mínimos". Aún así, confía en que quizá sirva para animar a cuidar más este arte, que en otros países se cultiva más. Como en Alemania.

Precisamente allí, en la ciudad de Düsseldorf, fue donde el cantaor dio su primer recital en el extranjero. Traductor de formación, Pinilla habla inglés, francés, algo de italiano y también alemán, que aprendió de forma prácticamente autodidacta, en parte por amor, comenta entre risas.

Con su cante ha llegado hasta Irán, Israel o Japón, donde el público es "impresionante" y le va de perlas su dominio idiomático. "Es fundamental para explicar lo que estás haciendo desde el escenario, el público lo agradece". Como en España, donde además de aplausos por su voz, llega a arrancar carcajadas con su sentido del humor y con su entusiasmo es capaz de poner en pie a todo un auditorio para corear "Anda Jaleo", de Federico García Lorca.

En lo artístico, el futuro próximo le depara un disco sobre el poeta inglés Gerald Brenan, que estuvo asentado en la Alpujarra granadina, y otro sobre cantaores que fueron represaliados durante el franquismo.

Más allá del flamenco, apuesta por aprender árabe y Derecho. "Lo considero esencial para explicarnos el por qué de muchas cosas, y para tener ciertas nociones que nos permitan no ser engañados, como ocurre a diario en cualquier aspecto de la vida". ¿Qué de dónde saca el tiempo? De restarle horas "al sueño y al descanso", explica. Pero, alejado como está de la imagen de artista excesivo, no parece importarle mucho ese sacrifico: "Soy una persona que ocupa su tiempo libre en no tener tiempo libre".