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Los enemigos de las mujeres

Politicón
/ 15 marzo 2020

“Posees una inteligencia insuperable, lástima que naciste mujer”, le decía su padre a Simone de Beauvoir cuando era una niña, en “Memorias de una Joven Formal”. Fue así que a una temprana edad aquella niña aprendió que existe una construcción social de los valores que representan lo femenino y lo masculino, lo que la llevaría inevitablemente a ubicarse en un lugar menos favorecido y con enemigos natos por el sólo hecho de ser mujer.

Históricamente, las mujeres hemos coexistido con enemigos de todas las clases que van desde el patriarcado y el machismo, hasta la invisibilización, discriminación y sumisión. Y es que la opresión de género se manifiesta de diferentes maneras en distintas sociedades. Por ejemplo, el derecho romano antiguo a través del contrato del matrimonio logró legitimar “la propiedad” del esposo sobre la esposa. Lo mismo ocurrió con la patria potestad. A partir de ese momento fue como mujeres y niñas representaron una especie de mercancía, y hoy en día en situaciones de conflicto somos utilizadas como botín de guerra para que el enemigo pueda esclavizarnos, torturarnos, violarnos y dominar nuestro cuerpo y descendencia.

Por estas violaciones a los derechos humanos de las mujeres, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha reconocido que “la violación y otras formas de violencia sexual pueden constituir un crimen de guerra, un crimen de lesa humanidad o un acto propio del genocidio”. Sin embargo, son muchos los países que han utilizado este tipo de agresiones: durante la Segunda Guerra Mundial, Japón instaló “estaciones de consuelo” para los soldados japoneses secuestrando y violando a mujeres de los territorios ocupados, mientras que durante el conflicto armado en Colombia casi un millón de mujeres fueron agredidas sexualmente en lugares donde estuvo presente la guerrilla o las bandas criminales.

Además, existen otros vulgares enemigos que intentan someter a la mujer a un control económico, laboral o psicológico, bloqueando su desarrollo personal. La división de trabajo por condición de género permite ilustrar cómo tradicionalmente se ha relegado a las mujeres al ámbito de lo privado, la intimidad del hogar, el trabajo doméstico y las labores de la maternidad y del cuidado. Las estructuras sociales desiguales entre hombres y mujeres propician que ellas desempeñen trabajos de subordinación con pocas posibilidades de asumir puestos de mando o dirección. También es usual que realicen labores domésticas no remuneradas, invisibilizando la aportación económica que estas actividades generan. Asimismo, cuando tienen un trabajo remunerado, es común que obtengan un ingreso menor al de los varones, favoreciendo una brecha salarial insostenible.

En México, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo 2020 señala que mientras 77 de cada 100 hombres son económicamente activos, en el caso de las mujeres 45 de cada 100 lo son. En este mismo contexto, en el informe “Los derechos de las mujeres: una revisión 25 años después de Beijing”, ONU Mujeres concluyó que globalmente el progreso en el acceso de las mujeres al trabajo remunerado se ha detenido en los últimos 20 años.

También existen enemigos repugnantes que apelan al odio y la violencia física, psicológica o sexual, y que en su gran mayoría perpetran feminicidios. En México, 10 mujeres son asesinadas diariamente de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Según la Red por los Derechos de la Infancia México, uno de cada 10 feminicidios se comete contra niñas y adolescentes. En el informe “Violencia contra las mujeres”, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública señaló que las principales llamadas de emergencia de las víctimas son por violación, violencia doméstica, acoso, hostigamiento o abuso sexual.

Pero ¿por qué tanto odio? Son muchas las desaparecidas y muertas por condición de género. Las marchas de miles de mujeres en México y el mundo, el pasado 8 de marzo, evidenciaron el hartazgo social y la impunidad que vivimos. La protesta fue consecuente el 9 de marzo con el paro nacional “Un Día sin Nosotras”, que cumplió con visibilizar que ¡nos están matando! y que si una de nosotras desaparece, el mundo se detiene.

Debemos seguir unidas y hacer frente a nuestros enemigos a través de distintas acciones. Empecemos por lo elemental: cumplir la ley y poner fin a la impunidad juzgando a los culpables de feminicidios y ofreciendo garantías de reparación y de no repetición. Es necesario también poner fin a la violencia contra las mujeres y niñas haciendo un frente común entre organizaciones de mujeres y sociedad civil. Es recomendable invertir en medios para lograr la igualdad entre géneros y el empoderamiento de las niñas y mujeres. Así como mejorar la autonomía económica de ellas garantizándoles una paga igual por un trabajo igual, al mismo tiempo que aumentamos la conciencia pública y la movilización social en materia de violencia doméstica y de género.

Nuestros enemigos deben saber que no estamos solas: nos tenemos a nosotras.

 

La autora es directora del Centro de Derechos Civiles y Políticos de la Academia IDH. Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH.

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