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Además de ser “La reina del crimen”, experta en venenos y autora de uno de los diez libros más vendidos en toda la historia, Agatha Christie fue muchas mujeres. “Todas nosotras”, dice al referirse a sí misma: la niña Agatha Miller, de infancia idílica; la joven Agatha Miller, que inventó a Hércules Poirot; Agatha Christie, la traducida a 103 idiomas; Agatha Mallowan, la aventurera exploradora. 

En uno de sus viajes a Medio Oriente, la escritora británica se enamoró del arqueólogo Max Mallowan y se casó con él. Juntos participaron en excavaciones para encontrar restos del pasado más remoto, los orígenes de la civilización en Mesopotamia. Agatha escribió unas crónicas con una modestia asombrosa. Advierte que no se tratará de un “libro profundo”, que no aportará nada a los reinos de la arqueología, que “no habrá hermosas descripciones de paisajes, ni tratamiento de problemas económicos, ni reflexiones raciales ni historia. Es, en realidad, un entretenimiento… un librillo lleno de quehaceres y acontecimientos cotidianos”. En estas líneas dice la verdad y a la vez miente, o como apuntaría Shakespeare: a veces nos miente con la verdad.

La novelista trabajó durante varios años en la redacción de una autobiografía (palabra que le molestaba muchísimo por su solemnidad) y quiso que se publicara después de su muerte. Por otro lado, su libro de aventuras por el desierto (una especie de memorias) lo firmó con su nombre de casada en segundas nupcias y, contrario a lo que promete, abundan las “hermosas descripciones de paisajes”, los problemas económicos, las reflexiones culturales y hasta mitológicas,  en un tono de “como que no quiere la cosa”.

El título elegido es muy bello: Ven y dime cómo vives. La frase, argumenta, “es la misma pregunta que la Arqueología le plantea al Pasado” y “con picos, palas y cestos hallamos la respuesta”. Con esta analogía tan poética, Agatha explica que una vasija antigua nos cuenta cómo comían en épocas lejanas; un hueso tallado ilustra cómo cosían la ropa; un dibujo narra a qué le temían. Un día encontró una concha y quedó consternada: “¿Adornaba un edificio, o una caja de cosméticos, o un plato? Es una concha marina. ¿Quién pensaba en el mar o lo conocía aquí, tan tierra adentro, miles de años atrás? ¿Qué orgullo de la imaginación y la alfarería influyó en su creación?”, pensó. Solo tenemos esas piezas perdidas para hilar la vida milenios atrás.

La otra gran pregunta: ¿Qué hacía la escritora de novelas policiacas más famosa de la historia en largas expediciones a Siria? De hecho ella escribió el libro para contestar a lo que todo el mundo quería saber. Ven y dime cómo vives también significa eso: ¿Cómo vivió Agatha? Los relatos comienzan con ella de compras. No encuentra ropa adecuada para su viaje, y las vendedoras le hacen saber que los trajes no se acomodan a su “talla especial”. Con este tipo de cosas triviales y un montón de anécdotas sobre autos atascados en medio del camino, casas de campo repletas de ratones y cucarachas, hoteles exóticos de lujo, comidas descritas con la mayor precisión, la autora nos regala un reflejo suyo a través de los demás.

Si no fuera por algunos comentarios (como viajar con la maleta repleta de libros o necesitar una mesa para escribir) por poco y no nos enteramos de que la protagonista es escritora. Dedica capítulos enteros a narrar las excéntricas personalidades de los sirvientes o las costumbres de los trabajadores de la excavación, como si fuera una observadora sigilosa y simpática. Pero sobre su quehacer literario hay un sospechoso silencio, interrumpido por apenas unas líneas intercaladas durante el libro.

La novelista no era “una acompañante” en las misiones arqueológicas, ella se encargaba de etiquetar objetos, reconocer su valor, revelar fotografías, organizar las piezas. A la par seguía con sus novelas policiacas. En una ocasión que la molestaron mientras trabajaba contestó: “Le explico con claridad que para mí es absolutamente imposible dedicarme a mi cadáver si cerca hay un cuerpo vivo que se mueve, respira y con toda probabilidad, habla”. Además de su evidente buen humor, la autora comparte detalles de las culturas que encontró, sus religiones complejas y antiguas o su lógica oriental. Lo menciona con suavidad, como si fuera parte de su paisaje literario y no el centro de sus intenciones. 

Agatha fue hasta el corazón del mundo para hacerle preguntas a la historia. ¿Quiénes fuimos? ¿Cómo vivíamos? ¿A quiénes amábamos? Así ella se deja entrever poco y en ningún momento alardea de su saber o de su papel en el grupo. Lo sugiere, como en sus novelas, y es el lector quien tendrá que averiguarlo.