A mi esposo, a mis hijos,

a mis nietos, a mis hijos

políticos, a mis amigos.

Y a mi madre hasta el cielo.

 

Estamos en pleno diciembre, mes en el que abrimos nuestro corazón a la alegría de celebraciones tan significativas para los mexicanos, como son la conmemoración de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, las posadas, la Navidad y el advenimiento del Año Nuevo. Los tiempos cambian y las costumbres también. Me vienen en tropel los recuerdos de mi infancia, me parece que entonces todo era más simple, y en esa sencillez radicaba el encanto que hoy saboreo en la memoria. La Navidad empezaba en mi casa cuando mi madre sacaba del closet las cajas en las que se atesoraba cada figurita del Nacimiento que ponía con tanto amor en la mesita del centro de la sala, el portal, la Virgen y San José, la cunita de paja en la que el 24 por la noche ocupaba el cuerpecito del niño Jesús, la vaca, el burro, que me contaba mi madre que calentaban el sitio para que Hijo de Dios no tuviera frío, los pastores, los ángeles, el riachuelo, la estrella por todo lo alto y los tres reyes magos inclinados ante el Rey de reyes en profunda adoración, flanqueados por el elefante, el camello y el caballo… ah y sin faltar un pinito diminuto, de no más de 60 centímetros de alto, cargado de luces, serpentinas y esferas. Me emociona evocar los 8 días de posadas, del 16 al 24 de diciembre. Eran días de villancicos, de procesión con el portalito en andas, de mi traje de ángel con aureola y alas con el que recorría igual que otros chiquillos de mi barrio las casas en las que íbamos pidiendo posada, y luego la piñata y los aguinaldos en aquellas bolsitas colmadas de dulces, con su espantasuegra y serpentinas. Y los gritos y la algarabía cuando pasábamos uno por uno a darle a la piñata rebosante de cañas, naranjas y tejocotes, regalo de la señora que nos recibía. Y las aguas de horchata, de Jamaica y de tamarindo para calmar la sed después de tanta gritería. Y los tamalitos de pollo, de puerco, de queso y de dulce… me encantaban estos últimos, hasta la fecha. A los mayores les ofrecían champurrado, que olor de la canela y el piloncillo… La nostalgia casi me derrumba… me recuerda que existo, que fui y que soy. Y veo en el rostro de mis nietos la semilla que sigue germinando… Bendito sea Dios… ¡Qué maravilla es la genética!

Viene a mi memoria también la noche del 24, cuando tomada de la mano de mi madre acudíamos a la iglesia, a la misa de las 12. Me hacía la remolona porque lo que quería era jugar con la muñeca que era la misma, nomás renovada con el vestidito monísimo que creaban las manos de mi Rosario, además ya bien “panaleada” con el pollito enchilado a las brasas, que le quedaba de rechupete y la rebanada generosa de pastel, lo que apetecía esa dormir… claro después de jugar un ratito con la muñequita. Pero mi mariscal de campo me cuadraba, y “corriendito” a la Soledad, a cantarle al Niño recién nacido y a escuchar el sermón del padre Parra, párroco de la catedral del puerto. Siento el abrazo de mi madre cuando me apretaba contra ella y me decía emocionada también, “Feliz Navidad, María”. El María me lo decía de cariño…como mi marido y yo le decimos Lola, a nuestra hija, aunque se llame Claudia. Me quedo también con las navidades de mis hijos, con mis hijos, con mi marido, con las cenas que entonces a mí me tocaba preparar. Ni me cansaba con el trajín, la mesa era grande porque la festejábamos en la casa de mis suegros, con los cuñados y los sobrinos. Que cosa más bella, la emoción de los chiquillos al correr por los regalos cuando alguien anunciaba que había un montón en el porche. Yo no sé quién disfrutaba más, si ellos, o nosotros. Y es que aquella gritería, y los ojitos brillantes y las caritas sonrientes y las manitas rompiendo el papel y arrancando moños…Este el gozo del pasado que se guarda en la memoria y que te genera nostalgia por lo que no ha de volver y alegría porque lo tuviste.

Este 2020 tendremos una Navidad distinta, me parece… Pero igual agradezcamos a Dios por estar aquí y ahora, ya vendrán tiempos para abrazarnos, para besarnos, para sentir la calidez de la cercanía… con toda la elocuencia del amor y la ternura, porque estoy segura de que esta pandemia nos ha empujado a valorar hasta el gesto más pequeñito de alguien que amamos y nos ama y que antes nos pasaba desapercibido. Que bendición tener esos amores. ¡Gracias Dios por la familia y los amigos! Sin ellos la vida sería un campo yermo. ¡Feliz Navidad a todos!