Ayer se cometió en Saltillo el segundo asalto bancario en lo que va del año, con lo cual la cifra de estos casi es equivalente al 30 por ciento de todos los asaltos bancarios ocurridos durante 2016, año en el cual las estadísticas arrojan un total de siete episodios de este tipo.

Dos elementos de lo ocurrido ayer deben destacarse:

El primero de ellos es que el monto del hurto perpetrado en la sucursal de banco Santander ubicada a un costado de la Central de Abastos supera el total combinado de todos los robos realizados en los últimos quince meses, pues el botín fue de cinco millones de pesos.

El segundo elemento es que, a diferencia de lo ocurrido en los últimos años, el robo de ayer implicó el secuestro momentáneo de un funcionario bancario a quien los perpetradores utilizaron como “escudo” para salir del local y huir del lugar con éxito.

¿Se trata de un simple hecho aislado o de una “evolución” en el fenómeno de robo a instituciones bancarias?

No es posible responder a la pregunta anterior sólo a partir de los hechos señalados líneas arriba, pues antes se requiere la realización de una investigación policial —y criminalística— que nos permita conocer el perfil de quienes están asaltando bancos en nuestra ciudad.

Sin embargo, de entrada se antoja pensar en la posibilidad de que los ladrones que operan en nuestra región estén “tomando confianza” —debido a la impunidad con la cual han podido actuar hasta ahora— y por ello se estén volviendo “audaces” en sus operaciones.

Valdrá la pena en este sentido que las autoridades responsables de procurar justicia en la entidad nos digan qué elementos han logrado detectar en el modus operandi de quienes han perpetrado los asaltos bancarios en la región y, sobre todo, qué estrategias están siendo diseñadas e implementadas para cortarles la “buena racha”.

Resultaría muy lamentable descubrir que la tendencia en asaltos bancarios tuviera como telón de fondo el hecho de que los delincuentes han encontrado que el sureste de Coahuila es una suerte de “paraíso” para este tipo de delitos y que existen determinadas condiciones que resultan “favorables” para sus delincuenciales intenciones.

Resultaría aún más lamentable descubrir que las condiciones “favorables” para el robo bancario fueran provocadas por las propias autoridades, o por algunos de los elementos que forman parte de las fuerzas policiales cuyo deber es combatir la delincuencia.

En cualquier caso, lo que no puede asumirse, desde ninguna perspectiva, es que los asaltos bancarios —en determinado número— son algo “normal” a lo cual todos debemos “acostumbrarnos”, pues no existe forma de que las autoridades puedan abatir su incidencia.