Electa Arenal junto a sus paredes Elena Huerta y Leopoldo Arenal, 1935. / Foto: Especial.

Hoy, cuando en Coahuila la creación se ha convertido muchas veces en farsa advenediza; cuando la noción de “transgresion” se enuncia como un presunto valor artístico; cuando la nadería, el oportunismo y la banalidad parecen sentar sus reales, avalados por instancias y medios, que sin rigor se autoerigen  como árbitros de lo que es y no es arte, o cuando la noción del género parece cotizarse como un plus en sí misma (aunque no haya mérito artístico alguno detrás), es pertinente rememorar la figura de Electa Arenal, una de las pocas mujeres artistas proveniente de una estirpe coahuilense, cuya obra supo trascender las fronteras de las épocas y la geografía.

El libro

Personaje que se vuelve pertinente a partir del medio siglo de su desaparición física y con la reciente publicación del interesante libro Buscando a Electa, del investigador cubano Ramiro Ricardo, publicado recién por la Secretaría de Cultura y el Centro Cultural Vito Alessio Robles, en colaboración con el Centro de Arte de Holguín, Cuba.

¿A cuento de qué la participación de instituciones cubanas en el homenaje a una artista mexicana? Bueno, pues, a que gran parte de su vida adulta y su tardía obra escultórica quedó como un legado para la Isla. Porque Electa Arenal no se conformó con ser sólo la hija de la prolífica muralista coahuilense Elena Huerta, sino que dedicó su breve existencia a la poesía, la gráfica, y finalmente, la escultura.

Nacida en la Ciudad de México en 1935, en medio de un ambiente paterno politizado y artístico, sobrina del genio de Siqueiros –casado con su tía  Angélica-, desde muy joven Arenal se dedicó al estudio de las artes, primero en la Academia de San Carlos, y posteriormente en La Esmeralda.

Los inicios en San Carlos.

Un recuerdo personal

Fue a principios o mediados de los noventa, cuando una periodista saltillense me invitó como fotógrafo a entrevistar a una pintora que residía en la ciudad de Monterrey. Me dijo que preparaba una biografía sobre ella.

Llegamos a una casa no recuerdo si en San Pedro u otro municipio aledaño. Aquella mujer de cabeza completamente blanca yacía en una silla de ruedas, pero su personalidad y su inteligencia eran impecables: ahí nos contó de sus viajes a Rusia, sus estancias allá en tiempos de la Segunda Guerra, el Taller de Gráfica Popular, su primer matrimonio, el primer atentado contra Trotsky. Su ferviente militancia, no por nada Diego Rivera la bautizó a ella y a sus hijas como “Las Rusitas”. Y luego, la hechura de aquel Mural, quizá uno de las últimas manifestaciones de esa escuela que durante casi medio siglo hizo escuela e impronta en el arte mexicano. Moriría pocos años después, la Universidad editaría un libro con sus memorias, también en esa década: “El círculo que se Cierra”. Aquella mujer era Elena Huerta, madre de Electa Arenal. 

Su obra escultórica en Cuba.

La estirpe, el viaje y el vuelo

Electa no solo decidió seguir los pasos de su madre, sino que además de sus colaboraciones con artistas de renombre –los muraless de Rivera afuera del Estadio de Ciudad Universitaria y el Teatro de los Insurgentes, o el mural de su madre en la Universidad Agraria Antonio Narro- buscó trascender con su propia obra.

Luego de una vida itinerante, el fin de la Segunda Guerra en Crimea y Moscú, estaciones intermedias en diversos países de latinoamérica y finalmente México, entusiasmada por el triunfo de la Revolución Cubana, la artista arribó a la Isla; ahí dibujó, pinto, fundó talleres, realizó esculturas monumentales en Santiago y Holguín: trabajó la arcilla, el yeso, la marmolina y la piedra; en el prólogo de “Buscando a Electa”, el maestro Javier Villarreal rememora unas palabras de Siqueiros dedicadas a ella:

“Quería ser útil a una mayoría, por que tenía arraigados pincipios políticos. No olvidaba la guerra, la opresión, la discriminación, la injusticia, el genocidio, por eso se aferraba a lo más positivo de su quehacer artístico en la plástica y en la poesía.”

En 1967 volvió a México.

Dos años después, el 12 de junio de 1969, a los 34 años, mientras trabajaba como ayudante en el mural de Siqueiros en el Poliforum del mismo nombre, “La Marcha de la humanidad en la tierra y hacia el cosmos”, Electa Arenal perdió la pisada desde lo alto de un andamio y cayó al vacío, perdiendo la vida.

Lo ultimo que habían estado pintando sus manos, eran los contornos de Adán y Eva.

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