El espectáculo de la muerte. Somos una sociedad necrológica. Aquí en México se ama y se quiere más a los muertos y no a los vivos. Por eso en el calendario la celebración mexicana conocida en todo el mundo es el “Día de Muertos”. La muerte es nuestra compañera, nuestra amiga y confidente. Nos comemos a la parca en nuestro mexicanísimo y gustado pan de muerto. Pues sí, a los mexicanos “la muerte nos pela los dientes”. Pero caray, hay de muertes a muertes. De muertos a muertos. En este caso, la muerte del cantante José José duró la friolera de 11 días. Bueno, tenía un año postrado y no se sabía si estaba vivo, muerto o en un estado intermedio, indeterminado. La disputa televisiva donde se litigó su cuerpo duró 11 días, de creer que de verdad murió lo que quedaba de él ocurrió el 28 de septiembre. Ya luego, vino el circo, el espectáculo de su muerte.

Su cadáver, decía la mitad de sus hijos, no aparecía. Estaba secuestrado por su otra hija. Me recordó aquella fenomenal novela de Tomás Eloy Martínez sobre hechos reales, “Santa Evita”. Basada en el cuerpo momificado de Eva Perón en Argentina. José José estaba en bancarrota, arruinado, simplemente sus hijos lucraban con el cadáver y luego con sus cenizas. Y claro, su muerte me recordó a otros muertos del espectáculo que son idolatrados y beatificados lo mismo en Palacio de Bellas Artes que en la Basílica de Guadalupe o en las calles, donde de verdad late el pulso y pulmón de los mexicanos. Me recordó la muerte de Juan Gabriel. Ya beato o de plano un santo más en la galaxia del universo mexicano. Por cierto, hace días, justo cuando por fin le lloraban a José José (a mi parco juicio este cantante nunca superó aquel LP perfecto, con letras de Manuel Alejandro, recuerdo, “Secretos”, donde aparecía vestido de un blanco inmaculado) en México, tuve mi tradicional almuerzo y tertulia con el pintor, con el artista plástico Rubén Cadena Gil. El maestro está afinando un proyecto de proporciones centáureas para ofrecer una retrospectiva de su vasta y exitosa carrera como artista. Y como parte de su propuesta estética se va a editar un libro de su autoría, a matacaballo, entre el ensayo, las memorias, la crítica de arte, la reflexión puntillosa, la poesía y la aportación de otros artistas, como Jaime Torres Mendoza, quien le pone acento, tonos y música a varios textos y pinturas del maestro Cadena Gil.

El libro del pintor y escritor (ojalá el maestro me disculpe esta infidencia) se titula “La Felicidad No Es Un Destino. Una Sentencia Íntima”, un libro de más de 180 páginas donde pone a cada quien en su justo sitio. Y no es ajuste de cuentas, sino puntualizaciones, vaya. El libro ya trae a medio mundo artístico de Coahuila de cabeza al irse colando a cuenta gotas el contenido del mismo. ¿Es necesario decirlo? Las siempre burocráticas instituciones de cultura estatales son masacradas en este trabajo de gran calado artístico e intelectual.

ESQUINA-BAJAN

Antes, siempre antes de entrar en materia de charla espinosa: el arte, la cultura, la literatura, las vanguardias y los yerros y aciertos de éstas, el maestro Rubén Cadena y quien esto escribe hablamos del sol y las estrellas. Es decir, parlamos de todo y de nada. Por lo cual, con la risa de sus mejores días, el maestro me soltó lo siguiente en la mesa: “¿Oye, Cedillo, que murió Juan Gabriel? Me lo acaba de platicar mi peluquero hace una semana…”. Pues sí, el maestro Cadena apenas se estaba enterando que había muerto Juan Gabriel y ahora José José. ¿Es importante este tipo de noticias, podemos acusar al maestro Cadena Gil de estar fuera de moda y foco mediático? ¿Es trascendente el homenaje a Juan Gabriel o José José? ¿O es más importante la muerte de Celso Piña aquí con los vecinos regios?

Rubén Cadena, como muchos otros artistas y amantes del arte en general, habitan otro mundo, otros años, otra época; sus placeres y apuestas son otras, más finas y trascendentales a esta nimias y zafias que nos agobian mediáticamente hoy, pero que mañana son una voluta de humo y luego, nada. Decía que en México son más importantes los muertos a los vivos. Es más importante el espectáculo de la muerte de José José o Juan Gabriel que… el apoyar verdaderas manifestaciones de arte vivo. Ignoro si la señora de las culturas, Ana Sofía García Camil (tiene tres sexenios en el cargo), anduvo arrebozada y llorando a moco tendido en el homenaje a José José en Bellas Artes en México, pero lo que sí sé es lo siguiente (nueva infidencia): luego de tres meses solicitando entrevista de trabajo para programar la posible edición del libro y la exposición multimedia, la señora de las culturas no recibe al aristas plástico Rubén Cadena. Ni sí ni no, sino todo lo contrario. Importan los muertos, no los vivos.

El espectáculo vende. La muerte vende. En los años noventa, el llamado “Príncipe de la Canción” vivía arruinado en un taxi. Dentro del taxi. Vivía con otros amigos de parranda y desahuciados como él. Un día en que amaneció con una resaca (cruda) terrible, le preguntó a uno de sus compañeros de juerga: “¿Por qué no nos hemos muerto todavía?” A lo cual, el interlocutor le espetó: “Por las calorías del alcohol”. Tal vez y desde entonces, José Rómulo Sosa (1948) ya estaba muerto. Era cuestión de fechas, ajustarlas. Esperar. Sólo esperar un poco, un poquito más… y la fecha desgraciadamente llegó. Pero aquello se convirtió en un embrollo. No aparecía el cadáver y hubo búsquedas televisivas en Miami y sus funerarias. Hasta AMLO, populachero como es, le entró a la puja, mandó un avión del Ejército Mexicano para traer un puñado de sus cenizas.

LETRAS MINÚSCULAS

En México importan más los muertos a los vivos. AMLO lo sabe y por eso mandó un avión oficial por los despojos del llamado “Príncipe de la Canción”. Segunda parte, el próximo sábado.