“Todos Los Poetas Son Santos”. Usted lo sabe, es el título, el nombre de un libro de poemas de Gustavo Cobo Borda. Afirma el poeta peruano del hálito divino y de santidad los cuales rodean a los aedos: le creo. Atormentados por el aguijón de la melancolía y la depresión; acicateados en las noches más altas por el demonio el cual los enamora y seduce diario con su lengua de engaños y bisutería barata, a los poetas sólo les queda encomendarse a Dios y no a Belcebú. Satanás convive a diario con ellos; a Dios es necesario acercarse paso a paso, con ritmos cadenciosos y finos, cantar los Salmos, pronunciar los mantras de los proverbios, leer a diario el pequeño breviario de oraciones, ayunar, orar… leer a Concha Urquiza (1910-1944).

Llegué a la poesía de la santa Concha Urquiza vía descubrimiento de su lector más atento y memorioso, el poeta y artista plástico Víctor Calderón, hoy avecindado desde hace varios lustros en la convulsa Venezuela. Calderón, por cierto, vivió una larga temporada aquí en Saltillo, practicando el periodismo cultural en diarios y revistas; y en silencio, de manera morosa, como se hace la luz dentro del ojo, cultivó la poesía, publicando luego un opúsculo de impecable factura: “Del Amor Ejemplar”. El prólogo de dicho libro corrió a cargo de otro poeta, acaso también tocado por Dios por un largo tiempo, Javier Sicilia. Quien dejó la pluma para empuñar las banderas de la siempre reprimida sociedad mexicana. Recuerdos éstos de dos décadas pretéritas de los convulsos ochenta y noventa del siglo pasado. Época en la cual toda lectura era materia inflamable y todo trozo de papel o libreta ajada no era despreciado y sí valorado por un motivo: acaso allí y sólo allí, en sus adormiladas hojas, se podía gestar el secreto de un arte mayor.

No había internet y para descubrir joyas, perlas de buenos libros, se iba a las librerías de ladrillo y hormigón, hoy casi inexistentes en todo el País. Horas, por horas uno escudriñaba anaqueles y oteaba aquí y allá para descubrir el libro perturbador el cual nos marcaría y para siempre. Fue el caso del descubrimiento de la santa, de la poetisa michoacana Concha Urquiza (diciembre de 1910-junio de 1945). Apenas 35 años sobre la tierra, pero dueña de una poesía mística arrebatadora, fuego purificador, la cual no pocas veces raya en un erotismo al rojo blanco. Urquiza es considerada la mejor poeta mexicana sólo después de sor Juana Inés de la Cruz, así, de este tamaño es el valor de su parca obra poética la cual fue escrita una gran mayoría en servilletas, guardadas amorosamente por sus amigos. Estos papeles sueltos fueron el sustento del rescate de su poderosa obra literaria de la cual y, maldita sea, no encuentro en mis repisas su libro completo, sólo una antología enjuta de páginas, pero intensa y con médula.

ESQUINA-BAJAN

Gabriel Zaid le atribuye un papel fundamental e inaugural en la producción poética en el siglo 20. Para la inocente Rosario Castellanos la cual murió por andar buscando la luz en una lámpara eléctrica y no buscar dentro de su alma, Concha Urquiza fue “la piedra angular” del movimiento poético femenino el cual se desarrollaría plenamente en la segunda mitad del siglo 20. Los académicos, los cuales saben mucho de dos puntos y seguido, llaves, entrecomillados y corchetes, los cuales sirven para sujetar en precarios conceptos lo inasible, como lo es la poesía, hablan de lo siguiente: Concha Urquiza cultivó una alta “poesía mística”, otros hablan de “poesía religiosa” o una poesía emparentada con lo religioso y lo erótico. Concha Urquiza cultivó la poesía, así de sencillo: “Conozco que he nacido para amarte / que dejarte de amar será mi muerte, / y más quiero perderme con perderte / que mi torpe placer sacarificarte”. Reza uno de sus cuartetos de un soneto fechado en 1939. ¡A otro público con semejantes versos endecasílabos!

En tiempos de falsas libertades y un peripatético verso libre el cual esconde por lo general todas las deficiencias de los “poetas” contemporáneos, Concha Urquiza cultivó la égloga, el soneto, el romance, la lira y la canción. Lea y disfrute este generoso vino, estos dos cuartetos añejados en ubre clásica: “Hijas de la ciudad, que vais ceñida / la carne con alburas celestiales, / los pechos con ardores estivales, / los rostros con el rayo de la vida: / Decidle que de amor estoy herida / si llegáis a posar en sus umbrales, donde cuelgan las águilas caudales / y dormita la cierva perseguida…”. Mientras la poetisa se regocijaba en su amado (amada en el amado transformada), viendo una luz divina y alta, la vida real era otra: eran los años veinte del siglo pasado y en esos años estaban de moda los bailes de salón, el blues, el foxtrot, el jazz, el pelo a la “bob”, los ojos endulzados con harto rímel…

Con paciencia franciscana, Gabriel Méndez Plancarte fue su primer antologador y fue quien reunió los textos los cuales sobrevivieron a ella misma. Ya luego se publicarían un diario y sus cartas. Su espíritu no le cabía en el pecho. Se volcaba en su pluma. Aunque quiso tomar los hábitos en su momento en la congregación de las Hijas del Espíritu Santo, en Morelia, finalmente lo dejó por “no poder dejar ni la cerveza ni el cigarro”, confesaría en una carta. “Ven como el mar que se desborda y brama, / rompe por mis entrañas con gemido / y en espumosas ondas te derrama…”. Caray, pues sí, entre el erotismo y lo divino, la exaltación de su canto es una impresionante relectura del “Cantar de los Cantares” y “Los Salmos”. Este años se cumplen 75 años de su muerte… ¿o suicidio?

LETRAS MINÚSCULAS

No obstante de ser buena nadadora, murió ahogada en la mar de Baja California. Su cuerpo, luego de días de búsqueda, incorrupto, sin mácula alguna, fue devuelto por unas olas amorosas, estivales y lentas…