Letras, vocablos de entonación de un sólo color: gris, y no pocas veces oscuro. Palabras y vocales negras. Esto y no otra cosa es el fado luso. Es la famosa “saudade”. Una nostalgia perenne, una soledad sonora y una melancolía irreparable. Y quien elevó el fado a género clásico fue su reina, la reina del fado: Amalia Rodrigues (1920-1999). Atentos lectores, como usted, el cual hoy me favorece, han pedido nuevas letras para completar el rostro de un mito, la cantante de fado portuguesa la cual es una leyenda viva, y no muerta, en la historia de la cultura universal. Grabó más de 170 discos, de los cuales para mi desgracia sólo tengo tres completos y algunas piezas sueltas en antologías de música portuguesa. Y como mi ignorancia es mucha, me voy enterando de su participación en alrededor de 40 y tantas películas. No he visto ninguna. Espero suplir tan grave deficiencia de formación y gusto.

Su vida misma es una novela. Un fado bien entonado. Triste y en jirones. Este ritmo, este género musical se consideraba entonces propio de los arrabales lusos, ritmo para las clases bajas. Amalia venía de una familia muy humilde de la ribera del Tajo, cuentan sus biógrafos, y cantaba todo el tiempo. Caminaba de la mano de su abuela y ella, la niña, cantaba. Y todo mundo se detenía a escuchar su canto. A cambio le daban monedas, frutas. Vendía ella a la vez, limones, frutas, ron. Y lo hacía cantando. En una entrevista para un diario español antes de morir, lo dijo tal cual: “Cantaba en el puerto y en las viejas tabernas de Lisboa para ganar algunas monedas”. Mujer apasionada, se casó dos veces en su vida. La primera a los 16 años con un guitarrista. El matrimonio duró un suspiro, una canción. Luego se casaría de nuevo a los 40. En su época de esplendor internacional (décadas de los cincuenta a los setenta del siglo pasado), enamoró a todo mundo, incluyendo a Hollywood, donde cosechó “muchos admiradores y pretendientes, como Anthony Quinn, quien me escribió decenas de cartas”.

Amalia Rodrigues es la voz de la saudade, la voz del fado. Su tristeza era del tamaño de su fuego interno. Su cólera se evaporaba al cantar eso llamado fado, música del arrabal, música del obrero, del hombre y la mujer de mercado; música de los barrios marginados de Portugal, la cual ella y nadie más elevó a categoría de clasicismo. En su momento se presentó en el mismísimo Festival Internacional de Edimburgo (1962). Pero también se presentó en Ciudad de México y en Guadalajara. En París, en Brasil, giras en Estados Unidos; presentaciones en Inglaterra, Angola, Mozambique, el Congo, Belga… y un descubrimiento más: Amalia Rodriguez compartió escenario y voz con esa otra artista marcada con una cruz de ceniza en su frente, el gorrión Edith Piaf. Ambas, ofendidas y ninguneadas en sus países de nacimiento; ambas, despedidas como reinas de Estado en el momento de su funeral.

ESQUINA-BAJAN

Pero caray, así es el arte, el verdadero arte. ¿Deberíamos de asombrarnos? No. Así es el mundo y así son las pulsaciones humanas. A doña Amalia Rodrigues se le acusó de simpatizar con el régimen dictatorial de António de Oliveira Salazar. Fue vetada, perseguida y señalada en su momento. Nada más lejano de la realidad. Años, años después –en fin, así es la vida–, en 1999, el Nobel de Literatura José Saramago en una entrevista declaró: Amalia hizo llegar dinero, donaciones, al Partido Comunista Portugués (PCP), es decir, “al enemigo del régimen”. La declaración textual del autor de “Ensayo sobre la Ceguera” es la siguiente: “Es cierto que apareció a los ojos del mundo como que vivía en paz con la situación política de entonces, pero por intermediación de otras personas hizo llegar dinero al PCP por años en la clandestinidad”. ¿Importa eso? ¿Le importaban medallas a doña Amalia? No, absolutamente no. Podía haber vivido en cualquier lugar del mundo o de Portugal, eligió residir en su misma calle popular de toda la vida, en Lisboa (Rua de Sao Bento de Lisboa), casa amarilla la cual hoy es un museo y se conserva tal cual como la dejó la cantante de fado al morir en 1999.

Y caray, sólo sucede con artistas, genios de este tamaño. Amalia celebraba dos veces su cumpleaños, el 1 y 23 de julio. Se registró su nacimiento en la segunda fecha, pero había nacido el 1. Usted lo sabe y aquí se lo he repetido varias veces: el tiempo no se rige por fechas ni horas en el calendario, sino por acontecimientos. Y un acotamiento y grande, fue el nacimiento de doña Amalia Rodrigues. Cuando ella le preguntaba a sus padres cuándo había nacido, ellos contestaban: “En la época de las cerezas”. Por eso, en su casa amarilla de siempre, mandó a pintar cerezas en las paredes y repetirlas como bucle en las molduras.

Al final de sus días, aquí recibía a sus visitas de todo el mundo, nunca dormía antes del amanecer del día siguiente. Bebía té y no alcohol, pero sí fumaba a pasto. Las reuniones y cantos de bohemios se prolongaban diario hasta ver la luz del día. Luego se retiraba a sus habitaciones a descansar y tomar fuerzas, para luego recibir a nuevas visitas las cuales le tributaban y pedían cantos de fado de su poderosa voz de mezzosoprano. “Soy una máquina de coser tristezas”, espetó en una entrevista. Le creemos. Aún hoy le creemos. Pájaro entregado a su canto, Amalia cantaba con un puñal atravesado en su pecho. Dijimos letras atrás: el fado es triste, melancólico y preñado de infelicidad, como en una tragedia griega. Ella misma es el único y verdadero ejemplo: se quiso suicidar comiendo cerillas por un regaño de su abuela. Luego, por el amor de un guitarrista ingirió matarratas. En 1984, al enterarse de su cáncer de pulmón, otro intento de suicidio más. Caray, más tristeza y desesperanza no puede haber.

LETRAS MINÚSCULAS

¿Le pido un favor? Escuche usted “Com que voz” (1970). La perfección.