Lo siguiente que encontrará el lector es una iniciativa de la Universidad La Salle de la pluma de un par de sus estudiantes. Se llama “La Voz de Universitario”, dos personajes anónimos que estarán redactando cartas a su maestro, no a uno en especial, sino al maestro de universidad, de toda universidad.

El objetivo es dar voz y visibilidad de ciertas realidades que pueden ser atestiguadas sólo por la persona del estudiante universitario, y que pueden llegar a ser ajenas al maestro, pero que están repercutiendo en la experiencia de quien estudia una carrera, sobre todo de quien también está formando su persona en el espacio del aula universitaria.

Ya pasó el primer mes de clases, acabaron los exámenes y se puede percibir cómo disminuye la intensa vibra de estrés de mis compañeros y mía; no puedo dejar de pensar en sus primeras clases, al principio parecía alguien agradable, abierto de pensamiento y con un conocimiento real para compartir con nosotros, yo, a decir verdad, me emocioné, imaginé sus clases como muestras de oratoria, dignas de cualquier filósofo, como una real cátedra, pero no, tuvo que llegar a conectar su laptop y comenzar a leer sus diapositivas repletas de información, recuerdo que dijo que en nuestras exposiciones no podíamos leer, que esto nos bajaría puntos; si mi opinión le importara tenga por seguro que le reclamaría por no aprenderse de memoria su presentación.

De cualquier modo pasé por alto la ironía en la que sus actitudes recaían y dispuse a poner atención en las siguientes clases, que habrían sido de provecho sino hubiese hecho esa broma absurda sobre la equidad de género, entiendo que nos vemos aún como niños en comparación suya, pero vi cómo mi compañera Valeria tomó muy apecho el comentario pues, aunque fuera una broma, ella lo sintió como una dosis de machismo reprimido y créame que cambió toda percepción que ella tenía sobre usted.

Pese a ello mi percepción hacia usted aún seguía clara, pero cuando llegó a la siguiente clase y le extendí mi mano para saludarlo, sosteniéndole la mirada, vi cómo usted no se molestó en hacer lo mismo, quizá porque no recordaba mi nombre y evitó decirme “joven” para que yo no me diera cuenta, ahí supe que usted es un maestro con “anteojeras”, uno al que la rutina ya lo ha alcanzado, que sólo llega a su escritorio a impartir lo que usted llama clase y se va sin molestarse realmente por conocer a los jóvenes que está educando durante cinco o seis horas a la semana, uno al que a su vocación ya quedó opacada por el trabajo.

Es el primer mes y no puedo creer que ya me empezaron a cansar sus clases, créame que realmente quiero poner atención, pues no porque sea joven significa que debo tener energía todo el día, todos los días. Por ejemplo, el otro día se burló de mi compañero Alejandro por quedarse dormido en clase, pero lo que no sabe es que él trabaja después de la escuela, va de tres de la tarde hasta las 11 de la noche y se desvela estudiando o haciendo tareas y, aunque no recuerdo la infortuna por la que él tiene que hacer ese sacrificio, sé que el esfuerzo que hace es insólito y no me parece justo que se burle de él y exponga sus suposiciones con comentarios como “¿estuvo buena la fiesta?” o “¿pero qué tal anoche?”, que bueno que Alejandro es educado, pues de lo contrario le respondería: “pues mal, me dormí a las cuatro de la mañana estudiando sus diapositivas repletas de información que tan amablemente nos mandó por el correo”.

Pero bueno, de verdad espero que se dé cuenta que no somos tan ingenuos como cree, que sus bromas las entendemos y si supiera nuestra manera de pensar, no las haría, pues tendría respeto por nuestras ideologías. Quiero que sepa que sus alumnos esperan mucho de usted y si alguna vez recupera la pasión por su profesión, deseo inmensamente que sea en este ciclo escolar.

Atte. El ultimo alumno en la fila.

 

Néstor Juárez Montoya

Alumno de la Universidad La Salle Saltillo

@ULSASaltillo

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