Las autoridades deberán asegurarse de que el líder criminal permanezca en prisión, y que no pueda desde allí, seguir operando su imperio delincuencial

La pregunta que habita en todas las mentes —en México y el mundo— desde que el pasado fin de semana se diera a conocer la reaprehensión del capo Joaquín Guzmán Loera, es cuánto tiempo pasará antes de volver a enterarnos que ha logrado huir de la cárcel.

Se trata de una pregunta inevitable por los antecedentes del propio líder criminal, así como por los de las autoridades que en México han tenido a su cargo la custodia del criminal más buscado: han sido capaces de capturarlo, sí, pero han sido incapaces de mantenerlo tras las rejas.

Está, por otro lado, ese señalamiento —inevitable también— según el cual el arresto de líderes criminales como Guzmán Loera no son producto de una investigación profesional de las autoridades sino la consecuencia de un “pacto” establecido entre éstas y los delincuentes.

Como diría un ex secretario de estado: el “sospechosismo” constituye el hilo conductor de los argumentos que sobre hechos como éste se vierten en todas las mesas de análisis y ello ocurre porque las autoridades mexicanas han sido consistentes en la tarea de proporcionar los elementos para que se considere como infalible la conseja según la cual se acierta pensando mal.

Además, en este caso está el elemento perturbador añadido por la publicación de la revista estadounidense Rolling Stone, que en su más reciente número ha incluido una entrevista que le hicieran a Guzmán Loera —mientras se encontraba prófugo— los actores Sean Penn y Kate del Castillo.

Todos estos elementos ponen la mesa para que se piense —sin más evidencia que nuestra proclividad por sacar conjeturas que “suenen” lógicas—que todo esto es un montaje, un intento por “distraernos” e invitarnos a fijar la mirada en el apetitoso bocado que representa la recaptura de un delincuente del calibre de “El Chapo”.

Pero al mismo tiempo que este episodio sirve para recrear una vez más nuestra  vocación por armar teorías conspirativas, también representa una oportunidad para las autoridades federales mexicanas: la oportunidad de reconstruir la credibilidad ciudadana haciendo que —como señala también la voz popular—la tercera sea la vencida.

Ésta es la tercera ocasión en la que se coloca a Joaquín Guzmán tras las rejas. Es la tercera ocasión en la cual el Gobierno de la República “tiene éxito” en el proceso de capturar a un criminal particularmente huidizo y con una inmensa capacidad corruptora.

Tendría que ser la definitiva. Las autoridades deberán asegurarse —ahora sí —de que el líder criminal permanezca en prisión y que no pueda, desde allí, seguir operando su imperio delincuencial.

Y si no creen tener éxito en esta empresa —en la que ya han fracasado en forma escandalosa— lo mejor sería que se lo entreguen a la justicia estadounidense con la cual también tiene cuentas pendientes.