En su libro "¿Qué es el populismo?", Jan-Werner Müller (2017) describe las características de quienes comparten esta forma de hacer política.

En dicha obra, Werner habla de la manera en la que se apoderan de las instituciones y las rentas del Estado, y las utilizan para practicar un clientelismo masivo. Dicho de otro modo: los gobiernos populistas roban, pero reparten el botín para mantener el poder. Señala que muchas veces los políticos no populistas hacen algo parecido con los recursos públicos —en México así gobierna el PRI—, pero que “lo que hace a los populistas distinguirse de otras formas de clientelismo, es que ellos adoptan esas prácticas abiertamente y con justificaciones de moral pública, porque para ellos sólo algunas personas son realmente el pueblo y por lo tanto sólo ellas merecen el apoyo de lo que es legítimamente su Estado".

El populismo no siente culpa ni vergüenza ante la corrupción de los suyos, porque ante sus contradicciones saca su propia narrativa del pueblo contra "la mafia del poder". Basta ver lo sucedido en días recientes con el escándalo que envolvió a Layda Sansores, senadora con licencia y candidata a alcaldesa por Álvaro Obregón (la demarcación en la que vivo). Una de las principales razones por las que mucha gente dice que va a votar por López Obrador y su partido es "la honestidad". Pero la senadora, cercana al candidato populista, no dio muestras de esa virtud al meter como gastos necesarios para su labor legislativa una serie de costosos y lujosos caprichos personales. Ahora nos enteramos de que el contribuyente pagó “tintes para el cabello, desodorantes, pasta de dientes, ropa, almohadas, sábanas, un refrigerador, cortinas, toallas, comedor, una estufa, una licuadora, compras del supermercado (comida mexicana tradicional, como el bacalao noruego y jamón serrano) y hasta una muñeca de más de 4 mil pesos", según una nota de Animal Político (https://goo.gl/tdZrWD).

Los medios también registraron una adquisición que para muchos rebasa todos los límites de la incongruencia: una mascada y un vestido de diseñadora con el rostro de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa.

Más allá del desorden en el propio Senado, la respuesta de Layda Sansores vino en clave populista. Sí abusó, pero por una causa noble: ayudar a los pobres. Las respuestas de la senadora son una joya: que las compras fueron para la cena de fin de año de los trabajadores, "quienes reciben un ingreso quincenal como de 1,700 y no tienen prestaciones laborales" (https://goo.gl/WXnk58). Tal vez una senadora de la República hubiera podido hacer algo más que desviar cientos de miles de pesos para "ayudar" a los más necesitados, pero los caminos de la misericordia populista son misteriosos.

Ha sido revelador ver, leer y escuchar las respuestas de quienes dicen que estarán a cargo de la función pública o de quien se postula a jefa de Gobierno o de quien quiere ser presidente de México. Esta vez dieron paso a justificaciones ridículas de 3 tipos. La primera es que Sansores "robó poquito" comparado con "la enorme corrupción de miles de millones de pesos del PRIAN". La segunda es que se racionaliza la conducta de Sansores y se justifica como "parte de un sistema de abuso y dispendio en todo el Senado". Y la tercera, la que adoptó AMLO, es la salida clásica del populismo: las acusaciones "son un complot de la mafia del poder". El viejo recurso del chantaje y la victimización populista. Por lo visto, parece que con los populistas las escaleras no se barrerán de arriba para abajo ni de abajo para arriba.
POR CIERTO: Jugaron con el corazón y con inteligencia, hicieron trabajo en equipo, los vimos conseguir un triunfo histórico. Felicidades a la Selección Nacional de México y que vengan otros más, que nuestro país necesita buenas noticias.