Primero el crecimiento económico y después distribuir la riqueza es el planteamiento lógico para la dinámica económica y para elevar el bienestar de la sociedad mexicana en los estratos sociales bajos y medios.

El crecimiento promedio de 2.3% en décadas ha sido insuficiente para la creación de empleo, pero también para dinamizar el mercado interno en un círculo virtuoso: oferta (inversión de capital)–demanda (consumo)–reembolso de capital y acumulación… oferta (…). La reforma laboral de noviembre de 2012 fue una estrategia para facilitar la contratación, reducir los costos salariales –para precios competitivos– y así generar más empleo formal, lo que mínimamente se logró puesto que en cinco años el empleo informal se redujo de 63 a 57%, sin embargo, el ingreso agregado se redujo y se incrementó hasta 70% el número de personas que obtienen de uno a tres salarios mínimos (alrededor de 37 millones de personas), mientras que de cuatro en adelante se ha reducido (alrededor de 16 millones).

Según la Comisión Económica para América Latina de la ONU, en 2016 el 10% de las familias mexicanas acumulaba dos terceras partes de la riqueza nacional y el 1% de esas familias contaba con más de un tercio de dicho patrimonio. Para el 2018, con Panamá y Brasil, México es de los tres países con más concentración de la riqueza en el subcontinente.

Lo anterior implica que uno de los aspectos –entre otros como las elevadísimas tasas de interés crediticias– del insuficiente crecimiento del producto interno bruto (PIB) es precisamente la debilidad de la demanda agregada o la caída del ingreso agregado, es decir, contradictoriamente la competitividad económica basada en salarios reducidos es también una de las causas del magro crecimiento.

En efecto, la inversión de capital es el primer eje para generar crecimiento, en este sentido –de 2015 a junio de 2018– la inversión fija bruta experimentó una línea casi horizontal en su tendencia de crecimiento, en un promedio de poco más de 2.5%, es decir, insuficiente. En 20 años el promedio de crecimiento en la actividad industrial fue de 1.52%. La máxima neoliberal de que “la mejor política industrial es la que no existe” resultó negativa para la economía mexicana.

Por tanto, en términos generales, actualmente para el crecimiento económico es necesario: el efecto multiplicador del gasto público, sobre todo en infraestructura productiva, para establecer condiciones físicas para la inversión directa privada nacional y extranjera; progresivamente incrementar el salario mínimo verificando el posible impacto negativo en el nivel inflacionario y en la tasa de interés crediticia; y distribución del ingreso vía transferencias directas del Gobierno a través de programas sociales. Lo anterior para fomentar la inversión que genere empleo y para elevar el ingreso agregado para impulsar la demanda agregada, es decir fortalecer el mercado interno.

Como estrategia, la política industrial (aparte de la política agropecuaria, que es otro asunto) se requiere para reconocer la vocación y el potencial económico de las regiones del País; para determinar la infraestructura productiva específica a efecto de promover la inversión directa; con apoyo crediticio para proyectos de inversión efectivos con retorno de capital –sobre todo para micro, pequeñas y medianas empresas–; y posibles estímulos fiscales que incentiven dicha inversión.

Con las condiciones actuales de la economía global y con la guerra arancelaria provocada por Estados Unidos –que de una u otra manera afecta las exportaciones mexicanas–, en el futuro cercano es posible que el crecimiento económico no sea el que necesita nuestra economía, sin embargo, con las estrategias antes comentadas, sí de oferta pero también de demanda, se pueden establecer condiciones de un eventual crecimiento sostenido endógeno para promover la inversión de capital, fortalecer el mercado interno, contrarrestar la desigualdad en el ingreso y provocar bienestar en las familias mexicanas. Hasta ahora el recién llegado Gobierno Federal apunta en este sentido. Al tiempo.