Yo soy partidaria del pensamiento de que el hombre es un zoon politikon, como afirmaba el ilustre maestro de Estagira. Aristóteles decía que el ser humano es un ser político, es decir, que es sociable por naturaleza, que necesita a la sociedad y a la cultura que ésta aporta para realizarse de acuerdo con las capacidades que le son propias. Y que el mejor espacio para desarrollarse a plenitud es en el seno de la comunidad. Por ello, vivir en sociedad es una exigencia de la naturaleza humana. Ergo, si fuimos diseñados física y mentalmente para no ser lobos esteparios ni ermitaños, debiera importarnos no sólo nuestro destino como individuos, sino como integrantes de un colectivo de seres como nosotros. Hoy día, triste e infortunadamente a nivel mundial –y México no es la excepción– los pueblos están padeciendo un mal que mina el tejido social, que lo ha venido fracturando a lo largo de muchas décadas, se llama indiferencia. México está padeciendo un separatismo abrumador, cada día nos importamos menos.

Indiferencia es un vocablo que remite a todo lo contrario de la palabra calidez, es carencia de afecto, de interés… bueno, hasta de curiosidad. En el diccionario de la Real Academia se le define como un “estado de ánimo en el que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado; no hay ni preferencia, ni elección”.... El destacado diplomático, escritor y político Stéphane Frédéric Hessel, en su ensayo “Indignez-vous”, se refería a ella así: “…en este mundo hay cosas insoportables. Para verlas hace falta observar con atención, buscar. Les digo a los jóvenes: buscad un poco, encontraréis. La peor de las actitudes es la indiferencia, el decir ‘yo no puedo hacer nada, yo me las apaño’. Al comportaros así, perdéis uno de los componentes esenciales que hacen al ser humano. Uno de sus componentes indispensables: la capacidad de indignarse y el compromiso que nace de ella”.

La indiferencia está presente en la desigualdad económica, social, cultural y política de un enorme conglomerado de marginados del tener, del saber y del poder, que se traduce en la falta de acceso a servicios de salud de calidad, a educación que les permita desarrollar sus talentos y habilidades para obtener trabajos mejor remunerados que les permitan vivir acorde a su dignidad de personas, que condena a muchos a migrar al extranjero, donde son tratados como escoria, o a la ciudad abandonando el campo, con la tragedia de la aculturación que deben enfrentar y que muchas veces se los come vivos. Es la maldición de la exclusión. Una exclusión que trasciende más allá de lo económico, manifestada en el racismo, la homofobia, la discriminación étnica, la ideológica, entre otras, que hace infelices, resentidos, amargados, inadaptados a millones de personas. ¿De verdad eso no nos estruja el alma?

¿Cómo llegamos a esto? Quizá lo provocó el que fuimos centrando nuestro interés individual exclusivamente en la familia y pasamos a segundo o a quinto término la comunidad, y decidimos que era algo ajeno a nosotros y se nos olvidó que al limitarnos de esa manera estábamos renunciando a nuestro derecho a intervenir en un espacio en el que suceden eventos que directa o indirectamente van a incidir en nuestras vidas, aun y cuando erijamos una burbuja que nos aísle.

Desde esta perspectiva equivocada decidimos que los asuntos comunitarios no nos competen, que eso les toca a los “políticos” y que entre menos nos “metamos” mejor. Resolvimos vivir en una especie de “limbo” voluntario. Declinamos nuestra investidura ciudadana y nos convertimos en mirones de palo de la actuación de gobernantes a los que no bajamos de sinvergüenzas y cínicos, que ni nos representan ni se ocupan de su ministerio, pero pasamos de largo la evidencia de que ese es el precio que se paga cuando te vuelves indiferente a la realidad que tienes por delante y que prefieres ignorar. Somos una sociedad enferma de conformismo y pasividad… ya nada nos indigna y, por ende, estamos abdicando del derecho a cambiar el destino de nuestras vidas como parte de un todo que se llama nación. Y sin ánimo de ser catastrofista, destaco que estamos poniendo en serio peligro a nuestra de por sí magrísima democracia.

Continuará…