Sáquese con sus gérmenes a otra parte y no se los acarree a quienes buscan mantenerse a salvo

A mí no me estresan los periodos prolongados de cautiverio, ni mucho menos el distanciamiento social. El contacto humano –físico y social– ya me disgustaba desde mucho antes de que se pusiera de moda.

Y sobre el encierro, ya le digo, no me molesta, muy al contrario. De hecho, muchos grandes pensadores perfeccionaron mente y espíritu en el más infranqueable enclaustramiento, como Raúl Salinas o la maestra Elba Esther.

Son los cretinos quienes no pueden estar consigo mismos porque, como dicen por ahí, nomás los pendejos se aburren, aquellos que no tienen una vida interior.

Lo que sí me molesta son algunos juicios categóricos, en especial los que en medio de esta crisis tildan a México de indolente, infantiloide e irresponsable, como si fuera una característica intrínseca y privativa nuestra.

Estos juicios y comentarios no provienen del extranjero, los emiten otros mexicanos que, supongo, se sienten europeos o merecedores del primer mundo.

Es cierto, hay mexicanos muy socarrones, pero… ¿No vio acaso los videos de toda la muchachada española muy decidida a aprovechar la cuarentena en ciernes, como unas merecidas vacaciones que ya la vida les debía? ¿O a todos los gringos calenturientos, salidos de una comedia ochentera, rebelándose contra la posibilidad de que un microbio les arruinase el sagrado “sprin’bréic”?

Así es, mi querido whitexican: cabezones los va a encontrar hasta en Suecia, Dinamarca, Finlandia o cualquier nación que, por superioridad moral, sienta usted que debió ser su lugar de origen y residencia.

Por otro lado, personas responsables, conscientes y preocupadas las vamos a ver en cualquier sociedad, sí, hasta en México, incluso en Monterrey donde apenas se encontró evidencia de vida inteligente.

Y la verdad es que nadie está obligado a creer en la gravedad de la situación que al día de hoy embarga al mundo. Yo mismo soy de la idea de que hay factores de riesgo mortal mucho más elevados sobre los que la OMS jamás se ha pronunciado ni movido un solo dedo al respecto, como las defunciones por comer afuera de la central camionera.

Sin embargo, el apego a los lineamientos marcados por las autoridades sanitarias es necesario por dos razones muy elementales:

La primera, por respeto: Debemos entender que el prójimo está haciendo grandes esfuerzos y sacrificios por establecer y mantener un cerco sanitario doméstico que le permita sentirse, como dijo Gianluca Grignani, “un poquito más seguro”. Por tanto, no es de gente bien nacida ir a transgredir dicho cerco con manos puercas y saludos de beso, que si no contagian el COVID-19, sí pegan por lo menos una tifoidea. Así que sáquese con sus gérmenes a otra parte y no se los acarree a quienes buscan mantenerse a salvo y en tranquilidad.

Y la otra razón para acatar las normas dictadas por la contingencia es que éstas ejercitan nuestra disciplina social, que suele ser de lo más relajada.

Ya tendremos ocasión de verificar si el peligro fue real o nomás nos estuvieron viendo la cara. De momento es una buena ocasión para poner a prueba nuestra capacidad colectiva para seguir unas sencillas instrucciones, como lavarse bien las manoplas, guardar un poco de distancia y no salir en la medida de lo posible (si no podemos acatar eso sin caer presas de la histeria en el intento, entonces sencillamente no merecíamos ser la especie dominante del planeta).

Nadie ha declarado un estado de emergencia ni la ley marcial en México todavía (aunque algunas nenas histéricas claman por ello), nomás se cancelaron por precaución algunas actividades gregarias, que ni siquiera están prohibidas, sólo desaconsejadas (y mal vistas).

Si usted puede hacer teletrabajo, felicidades. Pertenece al segmento más afortunado de la población. De hecho su compañía y/o dependencia debería considerar el adoptar permanentemente estas prácticas incluso una vez superada la contingencia sanitaria. Quizás hasta se sorprendería de que la productividad, lejos de disminuir, se incrementa, y las calles se mantienen limpias y despejadas.

Si usted es propietario de algún comercio, es proveedor de bienes o servicios, seguramente está preocupado, pero aun así está mejor que muchísima gente a la que la cuarentena prácticamente arrojará a la inanición. Pero no es tal su caso. Sea creativo, adáptese (la supervivencia no es prerrogativa de los más fuertes, sino la recompensa de los que mejor se ajustan a los cambios). Haga llegar su producto a quienes lo necesitan y están en casa, eche mano de las tecnologías. Deje de lamentarse, usted al menos tiene algo que perder y mucho por que pelear.

Pero para toda la gente que vive al día y cuya subsistencia depende de salir a las calles a tener trato directo con la gente, le suplico mostremos toda nuestra comprensión, empatía y solidaridad.

A los pregoneros, a los que tocan puertas con la esperanza de hacer una venta, a los que tienen que salir a partírsela sí o sí, apóyelos en la medida de lo posible. Estoy seguro que por grandes que sean sus apuros, usted que lee esta columna está en una mucho mejor posición que la de ellos.

Y si prefiere no hacerlo, allá usted. Pero que no me entere que los trata con desprecio o desdén, porque soy capaz de ir a toserle en la carota nomás para ver cómo lo mata, no el COVID-19 sino el ataque de pánico.

En eso quedamos. Nos leemos el jueves, claro… si es que antes no le da –¡cof, cof!– la tos.