Tengo dos hijos. Ambos tienen diagnósticos de alergias alimentarias. Su tratamiento no ha sido sencillo, pero hemos visto resultados muy favorables en poco tiempo. Una vez identificado el problema inicia un tratamiento que debe ser ejecutado con todo rigor.

Para que se den una idea, su comida se cocina en sartenes diferentes, sus cubiertos también son exclusivos. No hay descansos ni reglas especiales para los fines de semana. El objetivo es ayudarles a revertir las alergias para que éstas nos deriven en problemas más delicados como asma o reflujos.

En corrupción hay una analogía similar. Se intenta controlar las actividades cotidianas para que éstas no conlleven situaciones más graves. La suma de actos cometidos por ciudadanos para evitar multas o acelerar trámites, según el INEGI en 2017, ascendió a 7 mil 218 millones de pesos. No es gratuito que el ranking de percepción sobre corrupción en México se haya deteriorado tanto en los últimos tiempos.

Mi hijo mayor tiene 4 años, lleva dos sin probar alimento con leche y huevo. Él puede “pecar” si así lo decide. Su castigo será inmediato: dolor de panza y diarrea. Quizá también reciba un regaño por parte de sus papás. Aun así, en la escuela a veces no puede resistir la tentación: la oportunidad de probar un poco de queso o una rebanada de pastel a veces es superior a su sentido del control. No podemos vigilarlo todo el tiempo.

Más allá de estas excepciones, si algo nos sorprende es como él, de forma autónoma, se autorregula. No ha ocurrido de un día a otro. Ha llorado, ha hecho decenas de berrinches, se ha frustrado por ser “diferente”, pero al final lo ha asimilado. Sabe que en función de lo que él haga o deje de hacer, revertirá su alergia más tarde o más temprano. La consistencia es la estrategia. Y ésta depende de lo que sus papás determinen y él cumpla.

En corrupción, la situación tiene muchos más ángulos. No basta con comprar sartenes. Las consecuencias no se manifiestan con dolores inmediatos de panza. Una administración dice “a” y luego llega otra y dice “b”. No hay consistencia, sí hay excepciones. Los ciudadanos quieren, pero no saben cómo realmente colaborar en el tratamiento de la corrupción. Las historias de enriquecimiento rampante de políticos no se borran fácilmente. Las alergias se pueden revertir, los recuerdos no. Si un alergólogo tuviera que dar una recomendación que ayudará a definir la política nacional anticorrupción recomendaría lo que dice a sus pacientes: limpiezas nasales dos veces al día, rigor absoluto en la alimentación para asentar el hábito y análisis periódicos para conocer el progreso (o no) del tratamiento. El común denominador de las tres tareas implica esfuerzo y disciplina. En alergias y en corrupción, los buenos deseos no bastan.

 

Francisco Michavila

Desarrolló el Museo Itinerante del Pensamiento Corruptor y genera contenidos sobre cumplimiento

@fmichavila

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