ESMIRNA BARRERA
Las redes sociales y otros tantos medios a los que estamos expuestos son necesarios, pero estas tecnologías nos han puesto en la frontera de un profundo despeñadero

En memoria de mi madre

“Cuando era niño me gustaba imaginar que era astronauta o marino, caballero de la Edad Media o gladiador… Después crecí y me encontré inmerso en el mundo de los adultos. En él todos los juegos estaban inventados, con sus reglas para vencedores y vencidos. Un día, mientras los adultos jugaban a que nunca ocurría nada, decidí leer un libro; lo abrí y, apenas había comenzado, sentí que viajaba y sorteaba miles de peligros y rescataba a la princesa del castillo. Me gustó tanto que al día siguiente leí otro libro y otro más. Cuando leí tantos que, juntos, no cabían en la habitación, me puse frente al papel y dejé volar la imaginación. Escribí mi historia pensando en ti: sin tu ayuda, ninguno de los personajes cobraría vida. ¿Quieres jugar conmigo?”. Con estas sugerentes palabras José Francisco Viso, autor de “Don Caracol Detective”, da la bienvenida al mundo de la imaginación a sus jovencísimos lectores.

REGALO

Posiblemente mi apreciado lector se podrá preguntar la razón por la cual he invitado a este autor a la columna de esta semana y le diré que, por lo menos, tengo tres motivos. Primero, porque una pizca de mi alma aún es de niño (quisiera tenerla toda entera) y esa parte, de repente, se apodera de mi pluma.

Segundo, porque ustedes estarán de acuerdo que este hermosísimo prólogo, encierra una verdad inmensa: leer es vivir, imaginar, aprender a ensoñar la realidad, pero, sobre todo, significa darnos un inmenso regalo para ser creativamente más humanos.

Y finalmente debido a que observo, para la fortuna de los educandos (y la nuestra), que hoy muchas escuelas y universidades tienen programas de lectura las cuales pretenden, entre otros objetivos, que los estudiantes desarrollen el gusto, la pasión, el amor -diría yo- por la lectura.

La verdad es que, de las cosas buenas que hacen las escuelas, particularmente me maravilla la actual urgencia de poner a los muchachos en la senda de la lectura, porque el acto de leer, es parte de la esencia de vivir.

Indudablemente, las redes sociales y otros tantos medios a los que estamos expuestos en la actualidad son necesarios, pero también es justo reconocer que estas tecnologías nos han puesto en la frontera de un profundo despeñadero; o tal vez, ya nos han empujado hacia sus profundidades y es aquí, exactamente, en donde la lectura -que siempre invita a la reflexión-, ofrece la inmensa posibilidad para volver a mirar el cielo, para regresar a conversar mirándonos a los ojos. La lectura puede ayudar a recuperar lo mucho que como humanos hemos extraviado: los sueños que motivan a vivir despiertos y animados. Entusiasmados. Enamorados de la existencia.

Ya lo dijo atinadamente Vargas Llosa: “Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría”, sin duda la lectura “crea, recrea y transforma. Una buena selección de libros es como una buena selección de alimentos: nutre”.

¿ANALFABETISMO?

Y díganme si no hemos perdido el hábito de la lectura. Por ejemplo, es penoso ver a muchos jóvenes que obviamente saben leer, pero no necesariamente comprenden el significado de las palabras que leen.  Con maestría usan la computadora y manejan espléndidamente el móvil; pero, en muchísimas ocasiones, si a alguno de ellos se les pide que redacten un ensayo “a mano” la frustración suele arribar.

Sin duda, infinidad de muchachos son duchos en el uso de los juegos electrónicos y las redes sociales, pero qué sucedería si les pidiéramos que realicen alguna composición obtenida de sus mismísimos pensamientos.

A ellos hay que hacerles saber que el mundo se construye mediante la palabra escrita y que la lectura es prólogo para arribar a mundos fascinantes, inimaginables. Hacerles saber que la lectura ayuda a vivir el presente, conocer el pasado, pero sobre todo imaginar y construir futuros posibles.

¿CÓMO?

Y qué decir de la palabra hablada, lamentablemente veremos que son innumerables las groserías con las cuales, inyectan a su lenguaje cotidiano. Creo que, en muchos casos, la manera de hablar de infinidad de jóvenes (hombres y mujeres) es un lodazal repleto de vulgaridad. Y esta realidad podría cambiar si ellos se sumergieran en los libros y la belleza de las palabras.

Según INEGI, en el año 2020, de cada 100 personas 40 dijeron haber leído por lo menos un libro en los últimos doce meses, pero en 2015, eran 50.  Las nuevas generaciones leen 4.2 libros al año y 6.5 libros si son universitarios, contra 3.8 que es la media nacional, mientras que un 54 por ciento de los jóvenes en México de entre 10 y 19 años pasan la mitad del día usando su celular.

En sólo una década, las redes sociales pasaron de no existir a convertirse en la principal actividad de los jóvenes cuando navegan por Internet, y habría que decir que, en muchas ocasiones, estas redes socavan sus espíritus con chismes, barbaridades, banalidades y   miles de tonterías que ahí -perdónenme la expresión- literalmente se vomitan.

Por otro lado, ¿cómo queremos que los muchachos lean si ellos escasamente ven a sus maestros, papás y en general a la sociedad mexicana, hacerlo? ¿Cómo infundirles ese gusto si ahora también los adultos vivimos enchufados a la inmediatez de las redes sociales?

HOSPITALES

Sospecho que muchos de ellos inclusive odian la lectura, porque en las escuelas se han ocupado en obligarlos a leer, transformando esta actividad en una experiencia trillada, antipática y hasta asfixiante. Por ello aplaudo a esos programas que se basan en desarrollar la pasión y no la obligación por la lectura.

También, indebidamente, nos la hemos ingeniado para inventarles que el amor a los libros se encuentra asociado con la erudición (“solo nerds”), con el nivel cultural y como antídoto contra el aburrimiento. Situación por demás absurda y hasta soberbia, porque el hábito de la lectura, aunque guarda algo de trabajo y sirve para muchos fines, creo que, ante todo, es una experiencia reconfortante y gozosa.  Es un alimento inagotable para el alma, porque permite comprender el significado y la profundidad de la palabra, obtener nuevos conceptos, aprender de otras épocas y de escritores fuera de serie y así pensar lo inimaginable.

Otra situación peculiar que en la actualidad irrumpe en contra del hábito de la lectura es que a casi todo le queremos encontrar una utilidad sonante, sobre todo material, pero por favor ¿quién leería a Cervantes, Isabel Allende o a Octavio Paz para obtener algún beneficio tangible? Más bien, los frecuentamos porque los buenos libros son -como dirá Martín Descalzo– “los hospitales del alma”.

UN LIBRO

Recuerdo que en una ocasión escuché lo siguiente: “una persona le pregunta a un amigo cuéntame ¿de qué trata el libro que justamente acabas de leer? a lo que su compañero contestó perdóname, pero los libros no se cuentan, pues son como los amores ¡personalmente hay que vivirlos!”. Totalmente cierto. De ahí que el mejor camino para convertir a los muchachos en adictos a la buena lectura sea mediante el ejemplo: viviendo los padres y maestros las páginas de los libros, rompiendo con todas las formalidades y mitos que hemos forjado en torno a la lectura “obligatoria”.

Por mi parte, seguiré con una de mis mayores pasiones vitales: me sentaré tranquilamente en mi sillón favorito, abriré un libro (se me antoja releer “Confieso que he vivido” de Neruda o el fantástico libro de Camus “El primer hombre”), escucharé a Mozart y, entonces, serenamente empezaré a gozarlo, al tiempo de asegurarme que la mirada de alguno de mis hijos, ocasionalmente, se cruce con el ir y venir de las páginas cuyas palabras escritas no caducan y jamás se agotan.

Tal vez, al aventurarme en las palabras del incomparable poeta que fue Neruda, o del gran Camus, me imagine a mí mismo siendo un astronauta o un marino o, ¿por qué no?, un caballero de la Edad Media, tal como lo expresa José Francisco Viso, en el libro “Don Caracol Detective”.