Al Dr. José Luis Martínez

Maceran los dientes arena de las dunas. Es el último día de nuestra estancia en el sureste del desierto de Coahuila. Silba el viento que eleva granos cristalinos. Sentados en las bancas de maderos, niñas, niños y madres nos comparten lo que siembran con agua escasa: sandías, melones, maíz y frijol. Son las niñas quienes explican cómo colocan las semillas con cuidado entre la tierra. Una uña es la medida que usan para depositar cada semilla. Si llegaran a hundir más los dedos, la semilla no podría salir; el suelo arcilloso se volvería tan duro con la humedad en unión con la fuerza del sol, que la ahogaría. Saberes que son mundos en sus manos.

Así nos enteramos por un padre de familia que los más dulces melones son de Bilbao y de Santa Ana de Hornos. Es a causa de las sales del suelo que beben las semillas. Esa es la mezcla más efectiva.

Fuimos a contarles sobre lo que significa biodiversidad, algo de la conservación de suelos. Les hablamos del ciclo del agua, de la sequía, de las funciones de algunas especies de fauna; de cómo han viajado las cactáceas a través del tiempo por el continente hasta llegar aquí. Y salimos con los sentidos plenos de sus experiencias. 

Les compartimos sobre la pobreza o riqueza del suelo según sus colores y los tiempos de descanso, sobre cómo generar nutrientes no químicos para evitar contaminar el agua que toman. Al escucharlos, fuimos eco de su necesidad de conservar espacios tan valiosos como las dunas, pues el pago de 30 pesos por persona que tanto necesita el ejido, no da derecho a dejar plásticos, ni botellas de cerveza. No importa si el decreto de protección ha vencido ya. Ellos son depositarios de la tierra y quien ingrese, debe hacerlo con respeto.

Rubén y yo hicimos estos viajes, invitados por la Dirección de Investigación y Posgrado de la Universidad Autónoma de Coahuila que da vida a uno de sus proyectos con una visión que integra a comunidades: el Centro de Investigación y Jardín Etnobiológico en Viesca. Pues Viesca es un municipio que alberga entre otros, a un minúsculo poblado llamado Santa Ana de Hornos. Allí nos llevó Alma y nos presentó a Yoya y Yaya, quienes prepararon guisos servidos con tortillas de harina tan grandes, que puedes colocar sobre ellas, tus dos manos abiertas. Hay luces escasas en este pueblo que como Viesca, sufre apagones y falta de empleo desde hace muchos años. La capilla como pulcro tesoro del patrimonio de Coahuila, se conserva bajo el cuidado de Gaspar, uno de los habitantes.

En otro ejido, en Boquillas del Refugio, donde el sol coloca su espejo blanco al mediodía, hasta allá llegaron para escucharnos, niñas y madres de los ejidos San Isidro y 4 de marzo. Mientras observaban muestras de fósiles y tejidos vegetales en un microscopio o se distribuían Rex (una hoja de divulgación que contiene artículos, un cuento, fotografías e ilustraciones) algunas mujeres preparaban una discada para compartir, pues es fiesta llenar ese salón de clases que en tiempos de pandemia es visitado por un maestro cada vez que entrega los ejercicios a las madres para que sus hijos hagan los ejercicios. Solo regresa por las tareas que calificará lejos este sitio.

Niños pequeños que requieren la presencia de maestros para aprender a leer y escribir. Niños ávidos de compartir cómo usan el agua para dar de beber a las vacas. Mujeres que nos comparten que no solo los padres, sino también las madres quienes, junto a sus hijos se van a los quemantes horizontes a cortar orégano.

El Ejido San José del Aguaje, a cuatro horas de la cabecera municipal, y los ejidos Santa Rosa y Santa Rosalía viajaron al Jardín Etnobiológico de la universidad. Allí, junto a niños y jóvenes de Viesca, también fueron parte de estas charlas que nos permitieron conocer cómo el río Aguanaval, que corre seco muchas veces, resguarda ojos de agua fría y caliente.

Uno de los hombres de Villa de Bilbao, ejido que compartió guisos de arroz y asado rojo aromado por naranjas luego de la charla final, pronunció una frase: “Estamos a llano abierto”. Y así están, en contemplación de su contexto y sus complejidades; abiertos a charlas en las que sus hijos incrementen sus saberes, abiertos a compartir lo que conocen. Abiertos a transformar sus prácticas con datos nuevos. Abiertos a ir con José Luis y Daniel en vehículos diversos, para que sus hijos conocieran el jardín que sigue en proceso. 

 

Nosotros de las dunas, tomamos carretera. Rubén rompió el silencio: ¿Te acuerdas de Juan Rulfo? Cómo no, dije. Ahora él y yo íbamos a llano abierto. Remolinos blancos en el paisaje. Monte tras monte. Sales de otras vidas.

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