Italia está viviendo el resultado electoral más complejo en la historia de su democracia moderna: los partidos más moderados quedaron muy lejos de los votos que esperaban y dos partidos populistas, que hace algunos años obtenían unos cuantos votos, emergen como las dos opciones más viables para formar gobierno.

La primera de estas opciones es el Movimiento 5 Estrellas que obtuvo más del 32 por ciento de los votos. Fue fundado hace 9 años por un cómico llamado Beppe Grillo, pero ahora es dirigido por Luigi di Maio, quien antes de ser diputado era técnico informático y acomodador en el estadio del equipo de futbol S.S.C. Napoli. El gran problema de dicho partido es que su programa político está plagado de propuestas populistas, algunas contradictorias entre sí, de hecho, muchos analistas políticos son incapaces de decir si se trata de un partido de izquierda o de derecha.

El otro gran ganador del pasado domingo fue el partido Lega Nord, que obtuvo poco más del 17 por ciento de los votos y cuyo programa original propugnaba la independencia del norte de Italia (más industrializado y próspero) de la parte sur, que tiene menos ingresos. En la actualidad, dejó a un lado su petición independentista, pero ahora su programa se basa en reivindicaciones xenofóbicas y antiinmigrantes.

Lo anterior significa, para efectos prácticos, que Italia tendrá un primer ministro que es un novato en la política u otro con un discurso abiertamente racista, porque las posibilidades de que los exprimeros ministros, Matteo Renzi y Silvio Berlusconi, formen gobierno se ven lejanas, ya que requerirían del apoyo de al menos uno de los dos partidos ya citados.

Ni siquiera es viable una gran coalición entre partidos moderados, los números no dan, no sólo porque sumados Lega Nord y Movimiento 5 Estrellas tienen más de la mitad de los escaños, sino porque además tendrían que hacer que convivieran en una sola coalición profascistas y procomunistas, quienes también obtuvieron una pequeña proporción de los escaños. 

Otra opción, que no es nada alentadora, es que ninguno de los partidos logre formar gobierno y los italianos tengan que acudir de nuevo a las urnas. Con 
los costos y el desgaste político que ello
significa.

Es decir, que suceda lo que suceda, cada vez queda más claro que el resultado del pasado domingo va a tener efectos negativos para los italianos y en el corto plazo se vislumbran escenarios de inestabilidad política. 

Otro aspecto que se debe considerar es que el caso italiano refuerza un fenómeno que se ha estado repitiendo en la mayor parte de las democracias. Los partidos moderados y tradicionales se están enfrentando a crisis de credibilidad y esos espacios están siendo llenados por partidos o candidatos populistas, que después en el ejercicio de gobierno tienen un desempeño deficiente como es el caso de Donald Trump. Por lo que a futuro los partidos moderados de Italia tienen ante sí el reto de renovarse.

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