Hace algunos años, un inocente cantante preguntó a Guadalupe Parrondo —genio y figura del piano—: “¿Y usted, cuántas horas toca al día?” La maestra, con su categórica entonación y una sonrisa de irónica amabilidad, contestó: “Yo no toco, yo estudio”.

“Hay que estudiar con lupa ese pasaje, Alexis”, solía decirme el maestro Gerardo González cuando llegaba el momento peliagudo de la sonata. Y si acaso surgía un problema durante mi interpretación en el escenario, clarificaba su garganta, sonreía y me decía: “hay tres razones posibles por las cuales eso sucedió: falta de estudio, falta de estudio o falta de estudio”.

Batuta en mano —o lápiz, en el caso de que ésta llegara a faltarle— la implacable Teresa Rodriguez “Beba” suele decir a los músicos de la orquesta: “vamos a repasar esta pieza, porque lo que no se estudia no sale”.

A menudo, caseros y vecinos caen en el tierno pensamiento de que, si el nuevo inquilino es un filarmónico, tendrán horas gratuitas de buena música y que posiblemente dejarán de pagar la suscripción a Spotify. Pero a los pocos días de que el notable músico se haya instalado, la desilusión y el fastidio comenzarán a instalarse en sus oídos. ¿Cuál es la razón?

Estudiar es el pan diario de los músicos profesionales. Decía Chopin (o se dice que decía) que el estudio es como las tripas de una ostra: lugar intrincado, complejo; pero que de cuyo entramado indescifrable brota —brillando en su sencillez—  la perla, es decir, una buena interpretación.

Estudiar es atender constantemente el desarrollo y tonificación de los músculos implicados en la ejecución del instrumento; es desmenuzar la obra, fragmentar la pieza en unidades mínimas, invirtiendo en cada una de ellas tiempo de práctica y de digitación, así como de experimentación con el fraseo, la respiración, la dinámica y la articulación. Estudiar también significa analizar la forma, procurar el estilo y clarificar el cauce interpretativo personal. El estudio se delata y delata: si en el escenario todo fluye bien, sabremos que está oculto bajo la tapa del piano o dentro del violonchelo; en cambio, si resulta desastroso, allí estará el estudio señalando con mano inquisidora al intérprete, castigándolo por atreverse a prescindir de él, la máxima autoridad del dominio musical.

Por eso no será otra cosa sino el rumor obstinado del estudio lo que escucharán los cándidos vecinos. Oirán escalas, arpegios, trinos, notas sin sentido, errores, intentos, intentos, más intentos, tantos, que probablemente los memorizarán y querrán exorcizar de sus mentes tan nefandos murmullos. Probablemente despertarán en la noche profunda, sobresaltados, creyendo haber soñado con el terco palpitar del estudio, pero cuando su espíritu se adapte a las formas de la realidad reconocerán que en la atmósfera realmente se agita aquel pasaje de la sonata que había que revisar con lupa. Tal vez un día la cólera los cegará, comenzarán a renegar, agitarán la silla donde se habían sentado, haciéndola rechinar sobre el ruido; pero el ruido dominará siempre de una manera muy marcada. ¡Más alto… más alto… más alto! Entonces tomarán el teléfono y llamarán al casero diciendo: ¡Basta ya de fingir! ¡Confieso mi ingenuidad! ¡Expulse a ese músico! ¡Ahí está… ahí! ¿Escucha? ¡Es el latido de su horrible estudio!