Ilustración: alejandro medina

Pasó el día del libro sin pena ni gloria. A veces no sabe uno si es bueno tener tantos días con dedicatoria: del niño, del medio ambiente, de la Tierra, del compadre, del agua, de la uva y de mil otras temáticas. No podía haber faltado uno dedicado al libro. Como quiera que sea, siempre es bueno saber que a alguien le vendría bien ponerse a leer. Se me ocurrió pensar en que estamos viviendo un parteaguas, querámoslo o no, en demasiados rubros, entre éstos lo referente a la lectura. Con todo y la metafórica declaración de Paco Ignacio Taibo II, un tanto pelangoche, de inmediato se puede comprobar que algo ha cambiado. Por desgracia en la publicación de libros también hubo no pocos actos de corrupción en el pasado (cercano y lejano). Empiezo recordando que Paloma Sáiz, esposa de Paco, lleva muchos años promoviendo la lectura con los mejores resultados. Esto lo ha hecho en la Ciudad de México. Creo que podríamos seguir acá su ejemplo.

Hace dos días estuve en la librería Carlos Monsiváis, del Fondo de Cultura Económica, una filial más a cargo de Paco. Escogí, me parece, siete obras y me acerqué a la caja con cierto sentido de culpa por lo que tendría que pagar. Me cobraron la mitad porque los libros están en proceso de promoción nacional a la lectura.

Hace poco apareció el libro de Gerardo Segura “Invítame a leer” que tengo entendido se presentó con éxito en la Feria del Libro en Minería, el segundo en importancia en el País. La obra expone la opinión de 29 lectores acerca de los libros o de la lectura. Hablan de sus inicios como lectores, sus autores preferidos, sus obsesiones librescas, sus intimidades frente al texto, sus propios escritos publicados y algunos ejemplos acerca de la promoción de la lectura.

Gente de muchos estados y de edades muy desiguales, pero todos gustosos de haber adquirido el vicio solitario menos pecaminoso y más encantador. Un buen número de los entrevistados tiene tras de sí una vida entera de lector. La mayoría se inició en esta práctica desde niño gracias a que sus padres leían, que tenían algunos libros en casa o a una buena maestra que los condujo hacia las letras.

Hay constantes, a pesar de la enorme distancia entre ellos, por ejemplo, muchos se iniciaron por medio de los libros de Emilio Salgari o de Edmundo de Amicis. Otras constantes estriban en los grandes autores: Dante, Cervantes, Tolstoi. Uno confesó que el mayor en su altar es “La Guerra y la Paz”, otro dice que la novela de novelas es “El Conde de Montecristo”, uno más confiesa que de todos los autores leídos se queda con Antón Chéjov, como el máximo.

Resulta muy interesante saber la trayectoria de cada uno porque siendo personal nos lleva a ingresar en los secretos: alguien aprendió versos malditos para hacer enojar a su madre, otro reniega de autores leídos que ahora aborrece; tres, al menos, declaran que aprendieron a leer sin que nadie les enseñara, etcétera.

Me entusiasmó la entrevista de uno de los más grandes expertos en bibliotecas en México, Adolfo Rodríguez, con no pocas publicaciones, doctorado, premios prestigiosos y demás, que declara que cuando le preguntan cómo lo deben presentar al público dice: indique nada más que soy de Piedras Negras.

Digan lo que digan, estamos viviendo en un País distinto del que nos dejó la etapa de barbarie de Peña Nieto, Calderón, Fox, De la Madrid y Salinas. Con todo, considero que López Obrador no debe dormirse en sus laureles. Hasta el día de hoy el nuevo proyecto educativo para el sexenio no aparece por ningún lado y más bien se percibe dentro de una tibieza preocupante. Muy bien que no se repruebe a los pequeños pero muy mal que el secretario no sea capaz de definir ante las cámaras la diferencia entre “civismo” y “valores”. Una idea que expresó me gusta: la educación será “humanista”, que tampoco ha logrado explicarnos. ¿Habrá leído a Erasmo, Lutero, Moro, Campanela, Vitoria, Las Casas, los poetas del 27, el joven Marx? No se le nota.

Estamos esperanzados con “El Peje”. Cierto que da unos vuelcos de miedo, pero avanza en la denuncia. ¡Qué país nos dejaron!, casi casi sin futuro porque, claro, nuestro presente es una casa en ruinas. Y cada quien tiene que apuntalarla antes de que caiga sobre nuestras cabezas.