En el viejo Santiago del Saltillo la línea divisoria entre la Villa de los españoles y el Pueblo de los tlaxcaltecas era una acequia que bajaba de la parte sur de la población por la calle que hoy es de Morelos, torcía hacia el oriente en la actual de Victoria y seguía hacia el norte por Allende. En el recodo que la acequia hacía en la dicha calle de Victoria quedó una plazoleta. Ahí estuvo el Parián, o sea el mercado de la ciudad.

Se formó al principio con varios “cajones”, es decir, pequeñas tiendas. Todas estaban a cargo de españoles, y en ellas se vendían mercaderías diversas: cosas de comer y beber; telas; aperos de labranza y todo lo demás de que la gente de entonces había menester para su diaria subsistencia. Fue ese el primer mercado que hubo en el Saltillo. Otro estuvo frente a la plaza de Tlaxcala, llamada luego “de los Hombres Ilustres”, que hoy se conoce como plaza Acuña o del Mercado. Es antecedente del que todavía sirve a la ciudad con el nombre de Mercado Juárez. A mediados del pasado siglo el tal mercado solía quemarse puntualmente cada año, de modo que los periódicos tenían siempre dispuesto el titular que daba cuenta del incendio.

Lo recordamos como era antes, con su techo de lámina, en el centro una especie de tapanco desde el cual todos los domingos por la mañana los músicos de una pequeña orquesta tocaban las piezas más de moda mientras las señoras y señores, y las criadas, llamadas “gatas” (“Deme un tostón de pellejos pa'l gato, por favor”. “¿Se los envuelvo o se los va a comer aquí, preciosa?”), hacían sus compras, porque entonces qué súper ni qué nada.

Ese mercado estuvo frente a las que fueron las casas de gobierno de los tlaxcaltecas, en Allende y Manuel Pérez Treviño. Ahí hubo antes una plaza de toros. Un poco más al sur, donde luego estuvo el Hotel San Luis, se construyó a fines del siglo antepasado el Teatro Acuña.

Fue Saltillo punto obligado de paso de las expediciones que iban en pos de nuevas conquistas, y de los misioneros que iban a evangelizar. Estuvo aquí don Luis de Carvajal, que hizo muchas poblaciones en Coahuila y Nuevo León, porque venía enviado por Felipe II a fin de establecer un nuevo reino. Tiempo después don Luis sería acusado de judaizante. Fue sometido a enconado proceso, y hay quienes dicen que murió de tristeza en las cárceles que en México tenía la Inquisición. Familiares suyos tuvieron suerte aún más acerba, pues murieron quemados en hogueras de ese terrible tribunal. De los españoles judaizantes que vinieron al norte recibimos nosotros herencias muy diversas: ese pan que en Saltillo todavía se hace que llamamos cemitas y que acemitas se llaman en verdad; palabras tales como “güerco”, que sirve para designar a un muchachillo, y sobre todo ese manjar sabroso que es el cabrito al pastor, y que, judío o no, es vianda exquisita en la mesa de los saltillenses.