Nació mucho antes de la más reciente generación (en el año 46 del Siglo pasado para ser precisos), pero comparte con los Millenials la más visible de sus características: la adicción por la vacuidad.

¿Cómo puede un hombre de mediados del Siglo pasado parecerse tanto a un veinteañero de nuestros días? La respuesta a dicha interrogante es muy simple: porque la caracterización de los Millenials, o de cualquier otra generación, no es laudatoria ni condenatoria: es solamente descriptiva.

A despecho de quienes integra la generación de los nacidos —más o menos— del 81 pa’cá, ser Millenial —o miembro de la “Generación X”, o “Baby Boomer”— no es sinónimo de algo bueno o malo, sino apenas una referencia taxonómica diseñada por los sociólogos para caracterizar a conjuntos de humanos con rasgos similares.

Debido a ello, Donald Trump bien puede ser calificado como el primer presidente Millenial, si atendemos a la forma en la cual ha sido descrito su “estilo de vida” en un interesante artículo distribuido en la semana por el periódico ibérico El País.

“Así es la vida del presidente Trump: vive solo, adicto a la televisión y no lee libros”, fue la cabeza con la cual se difundió el texto firmado por Nicolás Alonso y en el cual se describe la jornada promedio del hombre más poderoso del mundo.

De acuerdo con el reporte, la conducta del principal inquilino de la Casa Blanca bien podría haber sido copiada de la hoja de vida de cualquier veinteañero de nuestros días —incluso si se tratara de un estudiante universitario mexicano—: no lee libros, no practica deporte y es conocido por su dieta insalubre.

Pero, aunque la descripción anterior pudiera sugerir lo contrario, Trump sí se levante temprano: más o menos a las seis de la mañana, aunque su jornada laboral no arranca sino unas tres horas después, alrededor de las nueve.

¿Cómo invierte los más o menos 180 minutos ubicados entre el momento en el cual abandona la cama y la hora de comenzar a trabajar? De acuerdo con el reporte de Alonso, quien cita como fuente a The New York Times, el Presidente Trump dedica las primeras horas del día a ver la televisión y a hojear los principales periódicos (aunque los considere deshonestos y difusores de “falsas noticias”).

Alimentado intelectualmente por los programas matutinos de la TV, Trump se dirige al ala oeste de la residencia presidencial (The West Wing es, por cierto, el título de una magnífica serie estelarizada por Martin Sheen, la cual recomendamos ampliamente) para, ahora sí, ponerse a trabajar en “hacer a Estados Unidos grande otra vez”.

Habitualmente, de acuerdo con el reporte, su jornada matutina incluye reuniones con asesores, empresarios e integrantes de su equipo de Gobierno, así como un desayuno con Mike Pence, su segundo de abordo.

Alrededor de las seis de la tarde, afirma el texto de El País, recurriendo a una publicación del Washington Post, el hombre con el permanente más permanente del planeta baja la cortina y se encamina al ala este de la Casa Blanca —donde está la residencia presidencial— a fin de desahogar su agenda personal.

¿Puede el presidente de los Estados Unidos tener una agenda personal y concluir sus responsabilidades a las seis de la tarde? Al menos el señor Trump parece constituir un ejemplo de tal posibilidad.

¿A cuáles actividades dedica el resto del día?, se preguntará cualquier lector moderadamente curioso. Según el reporte de Nicolás Alonso, el señor Trump dista mucho de tener costumbres como las de Obama —quien concluía el día dedicándole un tiempo a la lectura— y más bien cierra el día como lo comienza: colocándose frente a la caja idiota para documentar su timeline de Twitter.

Sería en ese lapso del día cuando Trump se pone productivo —siempre y cuando largar estupideces en redes sociales pueda considerarse “productivo”, desde luego—, cuando le surge la inspiración; cuando decide clavarle banderillas a sus críticos y detractores.

El reportaje de El País nos ayuda muy bien a entender la “conducta presidencial” de Trump y lo dibuja como un miembro adelantado de una generación nacida medio Siglo después de su llega a este mundo: una generación cuyo integrante promedio cree conocer el contenido de cualquier texto con sólo haber leído el encabezado y para quienes la inteligencia ya no es necesaria, “porque todo está en internet”.

Como el integrante promedio de la Generación Millenial, Donald Trump es adicto a la banalidad, a lo superfluo y al facilismo discursivo incubado en una certeza básica —y estúpida—: el mundo “real” se construye y recrea en Facebook, Tinder, Snapchat… y para ser exitoso en ese mundo, no hace falta leer ningún libro, por supuesto.

Los Millenials pueden sentirse orgullosos: han conquistado el mundo a través del decano de su generación: El Presidente Trump.

¡Feliz fin de semana!


carredondo@vanguardia.com.mx
Twitter: @sibaja3