Estaba en su apogeo el asunto de la crisis política y económica en Venezuela.

Y las imágenes en las redes sociales de las revueltas, de los cadáveres atestando las morgues, de la gente buscando comida en los camiones de la basura, de las noticas sobre niñas que se prostituían por un bocado, estaban a la orden del día.

En ese entonces comenzaba un fenómeno de migración venezolana en Saltillo.

Poco a poco empezaban a formarse comunidades de venezolanos que llegaban a la ciudad en busca de oportunidades, de una oportunidad, el sueño mexicano.

Entonces se me ocurrió que podía realizar un perfil de un venezolano que hubiera encontrado refugio en Saltillo.

Alguien me dijo de un señor que tenía un remolque, de comida venezolana, en las cercanías del Tecnológico de Saltillo.

Se llama Edwin y le didcen El Monstruo.

Resultó ser un hombre cuarentañero y de un carácter jovial que había huido, como tantos, de la debacle, del desastre en su país.

Él había sido una entre las muchas víctimas de la boyante inseguridad en el reino del dictador Nicolás Maduro.

Pero antes él había sido en su país un próspero empresario del autotransporte, además de un destacado profesional en el campo de la administración.

Hasta que un hombre se le acercó para proponerle un negocio.

Él le conseguiría, prometió, una flotilla de autos baratos y de buen modelo para su empresa de taxis, a cambio El Monstruo le daría una cantidad de dinero, no sé cuánto.

Edwin, que con mucho sacrificio se había hecho de varios carros pasados de moda para su empresa, vio en aquel negocio una oportunidad y le entregó, de buena fe, la plata a aquel desconocido con facha de ejecutivo decente.

Pa cuando acordó el hombre se había esfumado con el dinero y él se quedó chiflando en la loma.

De por sí la vida estaba difícil en Venezuela, se había puesto más peliaguda para él.

Y decidió irse, dejar la tierra que lo había visto nacer y crecer.

Un día llegó a Satillo.

Hizo de todo para sobrevivir, desde vender botanas casa por casa, hasta preparar burritos en un restaurante de burritos.

Pero Dios no abandona a sus hijos, oiga.

Y un día El Monstruo se encontró con una mujer, Ana, que le planteó formar una sociedad para poner un negocio de comida venezolana.
Y así lo hicieron.

Con los días el negocio se expandió y Edwin y su socia, no sin esfuerzo y mucho trabajo, lograron instalar por la ciudad dos remolques de comida y un local.   

Hoy El Monstruo lucha por mantenerse en un ambiente aun desconocido para él.

“Ta difícil, pero aí va saliendo, como quiera sale, nunca cerramos en ceros”, dice cada vez que lo visito en su remolque de la zona universitaria.

Pero no se raja.

Su sueño ahora, me cuenta, es abrir muchas sucursales de su negocio en todas partes y poner en alto su orgullo por la comida venezolana.

Y ésta fue la historia del hombre que perdió todo en Venezuela y la arma en grande en Saltillo.

Jesús Peña
SALTILLO de a pie