Los artistas de principios del siglo 20, entre las guerras, la depresión económica y la insistencia de los modelos académicos por perpetuar un arte que no representaba la realidad decidieron romper con todo lo establecido de una manera que marcó el mundo y que aún en la actualidad sentimos en las creaciones contemporáneas, con diferentes síntomas en cada área.

El cisma en la música, por ejemplo, parece haber sucedido como un estallido de cuyas ruinas se generaron incontables expresiones que reconciliaron las bases técnicas de antaño con las exploraciones de la actualidad.

La semana pasada tuve la oportunidad de entrevistar al guitarrista Costas Cotsiolis, quien estuvo en Saltillo para abrir el Festival Internacional de Guitarra de México. A mi pregunta sobre cuál era su perspectiva sobre las vanguardias y las propuestas contemporáneas derivadas de ellas mencionó que, precisamente, fue en estos movimientos que inició su trayectoria como guitarrista.

Fue a través de Leo Brouwer que la conoció, tan cercanos como siempre han sido, y comentó que el cubano aseguraba que los músicos querían “salir de la casa, de lo que tenían como tradición, de los clásicos, de los románticos“ y que saliendo creían que podrían cambiar al mundo “y de repente vieron que eso es solo un color, la vanguardia. No es un tipo de música que tiene construcción. Tienes muchísima libertad, pero queda como color. Ahora compones una obra y de repente, con la fuerza que lleva explota, hacen su vanguardia ahí dentro, un poco y después regresan a la melodía, que la melodía viene de muchísimo más atrás, más fuerte, llena de sentimiento”.

Algo similar planteó Alejandro Reyes-Valdés en su columna Ricercare “La disonancia en el diván” —publicada el 15 de junio—, donde estableció que tanto la tonalidad en solitario como la disonancia pura no dan lo mejor de sí y que funcionan mejor cuando se utilizan en compañía. La experimentación como un aderezo de las formas clásicas.

Esto es más notorio en la música minimalista, con autores como Philip Glass, Max Richter, Olafur Arnalds y Nils Frahm quienes aprovecharon la ruptura con el pasado y la introducción de nuevos sonidos, nuevos instrumentos y nuevas técnicas que trajo, para infundir la composición tonal de otras cualidades.

En la danza sucedió algo parecido; al menos entre los artistas coahuilenses es normal que los bailarines de ballet, la más pura y clásica forma de la danza occidental, incursionen en las expresiones contemporáneas sin reparo alguno y hasta con interés e ímpetu.

No obstante, las artes visuales parecen no haber salido tan bien paradas de esta explosión de vanguardias, pues la disputa entre la academia y otro tipo de formas artísticas se siente más latente y hasta agresiva.

Estoy consciente de que hay divisiones similares en las otras disciplinas —puristas en todos lados existen—, pero recalco mi percepción de que en las áreas antes mencionadas existe un ambiente más conciliador entre ambas partes.

Es muy probable que el mercado del arte haya tenido que ver con este fenómeno. Pues mientras el trabajo de los serialistas como Schoenberg, o el infame 4:33 de John Cage son poco conocidos fuera de sus ramos, la Fuente de Duchamp, la Caja de Zapatos Vacía de Gabriel Orozco y miles de otras piezas que actualmente circulan por cientos de millones de dólares —sino es que más— atraen la mirada de todos, artistas y espectadores por igual, y producto como somos de la opinión pública nos obligan a elegir un bando, sacrificando en el proceso cualquier oportunidad de conciliación; aunque esta es una hipótesis que desarrollaré con mayor profundidad la próxima semana.

De momento hay que seguir al pendiente de este retorno a lo tradicional, uno en el que la disciplina y el rigor técnico permanecen de la mano con la libertad expresiva y artística que el siglo 20 nos legó.