Acostumbrados a las excusas y justificaciones sobre el raquítico crecimiento económico promedio en 2% en 30 años, el 2017 será más de lo mismo, pero acentuado. Veamos.

UNO 
Si bien el precio internacional de las materias primas es reducido por la contracción económica mundial a partir de la crisis de 2008-09,  que hasta el tercer semestre de 2015, no habían influido en los precios al consumidor en el mercado doméstico, ahora con la depreciación del peso que acumula casi 20% en este año, estos precios sí han impactado el nivel de inflación por los costos de importaciones.

DOS
Con la decisión acelerada de elevar los precios de gasolinas y diésel a partir del 1 de enero de 2017, se elevarán los precios por el incremento de costos de producción y distribución, a tal nivel que analistas afirman que los precios de la canasta básica subirían hasta 30%.  

TRES
Por los efectos negativos ya conocidos del triunfo electoral de Donald Trump en Estados Unidos, para efecto de reducir la salida de capitales y por tanto la depreciación del peso, así como contener la inflación, en septiembre pasado, el Banco de México incrementó las tasas de interés de referencia al ahorro en medio punto ubicándolas en 4.75%, lo que, a pesar que en nuestro país el diferencial de tasas es escandaloso, ya ha tenido impacto negativo en el costo del dinero, es decir en el crédito al consumo y a la inversión directa.

Estos tres aspectos no vaticinan un entorno económico favorable para 2017, puesto que el País se encuentra en un círculo vicioso, esto es que se incrementan los precios y por tanto se reducirá la demanda, pero además se eleva el costo del dinero y se inhibe la producción y la generación de empleos, aún con salarios flexibles.

A lo anterior se añaden dos posibles decisiones de la nueva administración de Estados Unidos: una especie de “sustitución de importaciones” incentivar la inversión directa en ese País a través de reducción de estímulos fiscales y un agresivo gasto público en infraestructura (“Keynes cabalga de nuevo”) que reduciría las exportaciones mexicanas; además la amenaza de deportaciones masivas de paisanos y/o tarifas impositivas a las remesas, lo que reduciría considerablemente el ingreso de divisas por dicho rubro, las que en este año se ubicarán en más de 27 mil millones de dólares.

Lo que sucede en México es reflejo global: que el libre comercio favorece a unos y afecta a otros cuando éste no es entre iguales;  que las inversiones directas trasnacionales acuden a espacios con menores costos salariales sacrificando empleo en sus países y reduciendo el ingreso agregado en los espacios de destino;  y  que la libre movilidad de capitales especulativos aprecia o deprecia monedas con sus efectos negativos en ambas situaciones, sobre todo la segunda. 

Ante esta situación de estancamiento económico extraña la decisión acelerada de las autoridades de incrementar los precios de energéticos derivados del petróleo. El precio de  gasolina Magna se eleva en 14.2%  (15.99 pesos), el de la Premium en 20.1% (17.79 pesos) y del Diesel sube 16.5% (17.05 pesos). En principio se observa una medida recaudatoria.

Por otro lado, las inversiones privadas en comercialización de combustibles fósiles acudirán a la producción de las seis refinerías de Pemex, así como a los ductos de la hoy a medias paraestatal, lo que implica costos en la cadena producción-distribución, sin embargo se percibe que se estimula esta inversión con precios y margen de ganancia atractivos, es decir –se intuye— que es una decisión en función de acuerdos con el gran capital, aunque se diga que “se generarán empleos bien remunerados”, porque esto induce a  estancamiento económico con aun menos crecimiento, pero cuidado…  socialmente “la cuerda ya está muy tensa”.