A Estados Unidos se le cayó el sistema. Ha sufrido una falla electoral grave que ha impedido declarar un ganador. Si no se remienda, le va a costar la reelección a Donald Trump. La disputa post-electoral en Florida en 2000 entre Bush y Gore, que tardó 36 días en resolverse, palidece en contraste. Esta vez son cinco estados en disputa, todos reñidos por unos miles de votos.

Una de las mayores distinciones que he recibido en mi vida es haber sido presentado por Juan Molinar en el IFE ante una veintena de colaboradores como el “más grande caza-mapaches de México”. La verdad es que dediqué más de 20 años de mi vida a tratar de sanear las elecciones. Y, en mi criterio, la elección de Estados Unidos apesta.

Por ahora la elección está atorada. Los conteos no se han terminado. La ventaja numérica de Trump en los primeros conteos se ha ido diluyendo por un alud de votos por correo que favorecen a Joe Biden. Faltan los votos de los militares en el exterior.

Sin embargo, si alguien cree que Donald J. Trump se va a dar por vencido sin emplear todos los medios legales a su alcance está equivocado. Por esa enjundia y bravura logró en cuatro años lo que otros presidentes no han hecho en ocho.

La democracia es un acuerdo de cooperación que establece una contienda pacífica llamada votación. Cuando se pierde esa cooperación porque alguien actuó de mala fe entonces el caso (en los EU) puede llegar a la Suprema Corte.

En estos momentos Pensilvania aparece con una ventaja de tan solo 19 mil votos para Biden. Hay sin embargo, acciones legales que ya fueron ejercidas porque mediante acuerdos administrativos se cambiaron reglas que incumben al poder legislativo. Al ampliarse el plazo para recibir votos por correo, esto pudiera generar docenas de miles de votos ilegales. Esto no se ha decidido, y la Suprema Corte podría darle reversa.

Lo que hace sospechosa y huele a mala fe orquestada es que los demócratas impidieron la entrada a los observadores republicanos a los conteos de votos. Me recuerda el caso de los priistas en la era del fraude patriótico (1982-1988) que corrían a los panistas para poder presentar resultados a su entero antojo. En 1988 se cayó el sistema y en seguida, el PRI fabricó los resultados como parece que los están fabricando contra Trump.

Cuando llegó la orden judicial para que dejaran entrar a los observadores, los demócratas opusieron recursos legales. Luego pusieron vallas y retiraron las mesas. Los observadores jamás pudieran ver las boletas, ni las firmas, o verificar si los votos por correo cumplían los requisitos formales.

Algo así lo viví en persona hace mucho tiempo. Y cuando no hay transparencia en una elección, el país ya dividido se va dividir más y más. Luego vienen por supuesto personas que se hartan de las discusiones y sugieren que se “conceda” la elección, sin pensar en las consecuencias.

En Chihuahua, en 1986, vinieron maestros entrenados a tratar de disuadirnos de reponer las urnas porque los primeros votantes percibieron las urnas estaban “embarazadas”. Para estos maestros eso no era un problema. Me dijo uno: “Cálmese güerito, ya tendrán oportunidad de interponer sus recursos legales”.

Nos tardamos catorce años, hasta el triunfo de Fox en poder decir que las elecciones se habían limpiado. Este escenario de elecciones opacas es algo que un país como Estados Unidos no tiene porqué tolerar. La ausencia de cadena de custodia de los votos por correo pudiera ser otro criterio valido para generar miles y miles de votos inválidos.

Nadie puede decirse ganador en este momento. Yo ordenaría una auditoría estadística para mostrar que hay decenas de miles de votos de muertos, no residentes, y sobretodo votos que fueron “legitimados” en lo oscurito en lugar de ser descartados como votos nulos.  Tomará al menos un par de semanas para que esta elección se decida en forma definitiva. Estando Donald Trump involucrado, cualquier cosa puede pasar.

javierlivas@gmail.com