No muchas veces me han dado ganas de llorar mientras estoy trabajando. Me acuerdo de cada una de ellas. La más reciente fue en junio de este año. En Kavala, Grecia. El ejército me custodiaba para mostrarme caballerosamente la salida del campamento de refugiados sirios e iraquíes que estaba instalado ahí. 

Sólo me permitieron 45 minutos para conversar con Hamid, Daveen, Reezgar, Asmah. Niños todos que huyeron del terrorismo del grupo Estado Islámico pero no alcanzaron a ser recibidos con el estatus de “Refugiado” por Europa. Sólo son “Desplazados”. Viven en territorio griego, en tiendas de campaña, sobre terrenos baldíos, hacinados, con poca comida y menos agua que les ofrecen un gobierno pobre, una ONU que no se da abasto, unos ciudadanos y algunas ONG que hacen lo que pueden. 

A esos niños les pedí que me contaran su historia. Así. Pregunta abierta. Ninguno pudo. Empezaban a hablar y a la mitad de la primera frase las lágrimas les cerraban la garganta sólo de pensar, de recordar las atrocidades del extremismo. A los papás los obligan a ser combatientes o los decapitan. A las mamás las vuelven esclavas y las desaparecen de sus pueblos.

Cuando me escoltaban los soldados porque se había agotado mi tiempo me dieron ganas de llorar. Inevitable. Niños que huyen solos. Miles de kilómetros, miles de peligros. ¿Qué pasa por el corazón de quienes les cierran las puertas? ¿Dónde está el alma de gobernantes, políticos que hacen cálculos electorales a partir de los futuros de niños? 

Niños solos, sí, pero sobre todo familias enteras. Tratando de llegar a Europa, pero no a la Europa pobre que los deja pasar y los suelta a su suerte. Y muchas más familias que quieren llegar a la Europa rica –Alemania, Suecia, Francia– donde, si reciben el estatus de Refugiado, les dan casa, empleo, escuela y clases del idioma local.

El éxodo de millones de sirios, iraquíes, afganos y paquistaníes ha rebasado a las autoridades de las naciones europeas y los organismos internacionales.
Pero sorprende el desdén de México. Parece que nuestro País no se asume en el sitio donde está: la economía número 14 del mundo, el territorio también 14 y la población número 11. 

Y desde que estalló la guerra de Estado Islámico, México ha recibido a 23 sirios, 4 iraquíes, 3 paquistaníes y cero afganos, según cifras de la Secretaría de Gobernación. El gobierno puede ser proactivo. Debe serlo. Es un tema de conciencia.

Es verdad que México no es una potencia económica y que tiene su propio gran problema de migrantes desprotegidos de entrada y salida, pero las condiciones aquí son infinitamente superiores a las de cualquiera de esas naciones. Es verdad que cuando migran, las personas buscan llegar a un sitio donde tengan alguna suerte de red (familia, amigos, conocidos, paisanos que los puedan recibir, cobijar, ayudar), pero México está poblado de descendientes de esta fascinante región del mundo.